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No hay memoria sin arte. Cuando “C.A.D.A” imagen se vuelve un texto en Lotty Rosenfeld. Por Juan Alejandro Henríquez

Ha emprendido el vuelo una grande, Lotty Rosenfeld (1943-2020). El recuerdo latente de su obra nos invita desde distintas ópticas a leer nuestro presente.

Como artista visual, nos invita a abrir los ojos y a sentir lo que miramos, pero también nos llama a denunciar lo que vemos. Como cofundadora del C.A.D.A, nos invita a pensarnos desde la colectividad y dejar con ello los egos de la individualidad, tan propios del sistema neoliberal. Como colaboradora en Fluxus, nos invita a escuchar la causalidad. Como parte de “Mujeres por la vida”, nos invita a no darnos por vencidos, pero también a dejar atrás el patriarcado que nos consume y mucho más.

En una permanente poética de la imagen, su obra siembra memoria y dignidad. Interpela, se rebela y devela. Provoca, especialmente, el espacio de lo público. Cómo no conmovernos con sus intervenciones artísticas, aquellas donde la imagen (una vez más) se vuelve un texto con profundo sentido y significante. No se escribe sólo con letras, ni se habla sólo con palabras (ni se dice sólo con lengua de señas), también se comunica (¡y de qué forma!, a veces) con las imágenes y éstas se vuelven textualidad a través de su discurso.

Hoy vivimos en el silencio de las pantallas, en el mutismo virtual y en el apagón de los rostros. En la que buscan sea una distancia social y no sólo física. Donde es conveniente apelar a la actual constitución para acallar la nueva que se acerca. ¿Por qué no hacemos mejor un “zoom” (el de lo astronómico) para mirar de cerca cada partícula del virus de la desigualdad, la injusticia y lo indigno?

Pues bien, si el silencio y la distancia prima, entonces que la imagen tome la fuerza que nunca ha perdido. Que las cruces en las calles se vuelvan parches oculares, se tornen porcentaje de nuestro dinero, se transformen en atención digna en la Salud, se conviertan en gritos de #justiciaparaAntoniaBarra y (re) aparezca la idea de una educación que sea crítica y reflexiva (por qué no filosófica, de algún modo).

“He insistido en mi trabajo sobre la circulación de los discursos con que se ordena a los cuerpos individuales, haciéndolos políticamente sumisos” decía Lotty en una entrevista (2019). Políticos son también los discursos poéticos de los textos simbólicos del registro y de la imagen. Políticos, pero no sumisos. ¿Quién ordena, hoy, sobre los cuerpos individuales? ¿Por qué todavía puede hacerlo? ¿Para qué y para quiénes los sigue ordenando?

Si se apreciara, socialmente, más el arte, lograríamos una memoria colectiva para la dignidad. El registro performativo tiene impacto en la cultura y la transforma profundamente. Ejemplos tenemos por doquier, ya podemos afirmar que NO hay MEMORIA sin ARTE.

Lotty Rosenfeld y sus representaciones de una sociedad deseada, más todavía no alcanzada, son una invitación a seguir el legado de una milla de derechos y una milla de justicia.

Juan Alejandro Henríquez Peñailillo
Profesor de Filosofía
Autor de www.filopoiesis.cl

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