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No pude evitar preguntarme. Por Camilo Carrasco Medina

O el habitar cis-hetero NY-ventero, de la cuircidad chilena contemporánea.

Si los setenta fueron desenfreno, experimentación y psicodelia en la isla grandota del norte, los noventa fueron aceleración, consumo y exceso. Todo, mucho. Lo cual, claro, la hizo una época brutal en términos políticos y sociales, el paso de un milenio a otro fue tan telúrico que sus réplicas político-sexuales aparecen aún con relativa vigencia, y sin una clara retirada, postulo. Claro, que la historia y la geografía siempre hacen de los procesos, suyos, y les adaptan y se adaptan con ellos. Claro que la sexualidad del neoiorc original en el dosmilveintialgo no será el mismo que la de una pequeña hacienda dentro de una antigua colonia, por pensar en mi ciudad, por ejemplo, en momentos iguales.

Pero, las condiciones de colonia, la interculturalidad y un fenómeno ya discutido en los noventas como uno al cual prestar atención en el venidero milenio, como el género (como área de observación desde las ciencias sociales, con una especie de prima hermandad de la sexualidad, si queremos) cuando se ponen en la mesa donde se despliegan líneas de tiempo, expanden mapas y se levanta la mirada, ayudan a situar la teoría y su aplicación o constatación tangible. Claro que ignorancia he de confesar sobre un proceso territorialmente distante de mi y cronológicamente diferente de mí, poco se puede conocer estudiando incluso por parte de las mentes más estudiosas, por cierto, que la experimentación es un abordaje que, por inmersivo, contiene más información.

Afortunadamente, dentro de las aceleraciones de los noventas estadounidenses (occidentales, imperiales, de las coronas y potencias regentes culturalmente para mí en Chile, si se quiere) que pueden disfrutarse (en su propio territorio, por cierto, y en algunas colonias que reciben más afirmaciones producto de comportarse “mejor”) en mi imaginario es la tecnología. Claro que hay que reconocer privilegio en tener en el bolsillo un dispositivo que cueste más que ochenta quilos de pan, en condiciones de pobreza inter dimensional tan burda como la chilena (con formas de esclavización post-modernas como la exclusión territorial y el desplazamiento y transporte diario forzoso por remuneración, dígase, por comer).

Mientras se producían series y películas que resultan objetos y rituales de culto hasta la actualidad en un lugar que (claro, a costa de los mismos que en todos lados) podía producir las obras que resultarían de exportación (entre otras, por su rol de potencia de industria creativa) y que se llevarían traslosmares, u, “overseas”, también los valores puestos en la composición y ejecución de las obras que se exportaren. Hasta hoy, usted puede ir a una peluquería y pedir un corte “Rachel”, en alusión al personaje de Jennifer Aniston en la serie “Friends” entre el año 1994 y 2004. Incluso, recibir una contrapregunta respecto de la temporada de la serie que usted tiene en mente.

Como ya he dicho, con la exportación de las estéticas también viajaron los valores y postulados de quienes, en rol de autoría o performatividad, forman el imaginario cultural colectivo colonizado internacional, en un mundo globalizado (que significa más una diversificación de las coronas y potencias autorizadas para ejercer presión y dominación sobre las distintas colonias, principalmente) que accedía a la información sobre un proceso de desarrollo y globalización en avanzada que demandaba una mimetización, tanto, con el momento diversificador, como con las culturas que fuéranse tornando hegemónicas. El vivir en un mundo, tomar noticia de aquello, y habitar así, como este dicta.

Procesos como la spanglishación de importantes porciones de la conversación en Latinoamérica (que pudiese alguien desprender desde allí, que tanto como depender de los estadios de acceso y privilegio como el dominio de la lengua inglesa, depende de una intención política, o no) por cierto demoran, y pueden apreciarse hoy como el resultado de esos años, digamos veinticuatro, por decir un número. Entonces, ¿podemos preguntarnos respecto de importaciones en términos socio-sexuales, o aún más, formas de habla, comunicación, relacional?

“Esa generación está completamente a bordo de la experimentación sexual. Todos los jóvenes se están volviendo bi(sexuales) -
-Entonces, si todos los jóvenes bi saltan de un risco, ¿también lo harás?
-Soy Trysexual, i´ll try anything once / probaré todo, una vez.”

Lo anterior es un diálogo entre Samantha Jones (Kim Catrall) y Carrie Bradshaw (Sarah Jessica-Parker) en un episodio de la tercera temporada de Sex in the City, en 1998. Serie tan de culto que ha sido revisitada con recientes críticas al rol de la protagonista en sus decisiones y comportamientos relacionales aplicándoseles las nuevas narrativas y conceptos en términos de prevención de la violencia, y neologismos como la “toxicidad”; y un re alce de la ya icónica y celebrada Samantha Jones, vanguardista personaje y excelsa interpretación de Kim Catrall de una mujer abiertamente sexual, fabulosa y mayor que su grupo de amigas en los late nineties.

Si bien el personaje de Catrall se reivindicó mucho durante la emisión del programa y en los años posteriores, también aplicadas estas nuevas necesidades de referentes y referencias (o mas bien, desde nuevas generaciones y enfoques generacionales) hoy ha surgido una nueva defensa de un personaje al ser tan abiertamente opositivo al régimen heterocisalopatriarcal y su censura de la sexualidad femenina en un momento de interpelación crítica, y tan seductor que haga que cualquiera que le vea pueda fantasear con la divina aparición del deseo de Samantha Jones por sí; personaje que cuenta con una mística tan propia como su discurso, “un mal besador no es negociable”, “si yo fuese un tipo me habría sacudido la mano, comprado un escocés y entregado la llave de una oficina” (en respuesta a una no contratación a razón de su vida sexual).

Según Ms.Mojo en voz de Rebecca, “ella celebra la sexualidad y sensualidad femenina en toda su gloria y no se disculpa por poner su placer primero. Es de mente abierta, se adueña de su cuerpo y estimula a otras personas a pensar de forma más libre. Junta eso y es difícil sorprenderse de que tenga una vida íntima satisfactoria. También nos enseñó que nada es más vital que el amor propio- no, no sólo físicamente – y lo importante que es cuidar esa relación”.

“Y no me vas a juzgar, ni tú ni la sociedad” diría, viéndose nunca un día más allá de los treintaicinco.

El hoy contemporáneo nos presenta varias discusiones y resoluciones propias de su tiempo, de la insostenibilidad de prohibiciones y censuras como las del divorcio y el aborto, la paulatina asunción de sensatez desde fanatismos que han sostenido cadenas frente a las cuales surgen los movimientos de liberación, como los feminismos, los movimientos de diversidad y disidencia sexual, relacional y de género; las reivindicaciones territoriales y ecológicas; y presenta una nostalgia propia de la inestabilidad de nuestros tiempos.

Frente a lo desconocido, convulso, el refugio instintivo es lo conocido y las formas en las cuales las personas pueden moverse. De allí la iteración de normas sociales, tanto como la búsqueda de referentes de antigüedad, conocimiento y confort. La diversificación de posibilidades de consumo de la industria audiovisual contemporánea no tiene capacidad de adoctrinar como piensan las alas conservadoras del debate público, creo, pues, al entrar en contacto con el contexto, es este el que reafirma o niega valores y conductas, por ende, el que “adoctrina” o tendría capacidad de hacerlo. Lo que, si hace al ofrecer mayores posibilidades de consumo, es diversificar el acceso a narrativas, ideales y por ende referentes y referencias, en tiempos, creo que pudiésemos coincidir, convulsos, al menos. La búsqueda de referentes no es un asunto exclusivo de las juventudes, así como el aprendizaje no lo es de las infancias, como se ha pretendido. Las individualidades incorporan, desechan y performan información, valores y formas de habitar los contextos en los que se desenvuelven, y que demandan estas adaptaciones, siempre. Dentro de tantas las definiciones de inteligencia que se han esgrimido, la mas llamativa siempre se me hace la de la capacidad de adaptación, y lo que eso supone sobre conceptos como la de “forma de vida inteligente” y la relación con las otras especies, por ejemplo.

“When i was very Young, nothing really mattered to me, but making myself happy, I was the only one
Now that I´ve grown, everything´s changed, i´ll never be the same, because of you /
Cuando era muy joven, nada me importaba realmente más que hacerme feliz, sólo yo existía
Ahora que he crecido, todo cambió, nunca seré igual, a causa de ti.”
Madonna – Nothing Really Matters

Este 2024 la Reina del Pop, Madonna, abrió con la canción recientemente citada su multitudinario concierto gratuito en la playa de Copacabana en Rio de Janeiro, Brasil, frente a algo así como dos millones de personas. Además de la vigencia de su Majestad, por cierto que con ella y su posicionamiento cultural se mantienen vigentes (y disponibles en carpeta para salir a legitimarse cuando la historia lo habilita) valores, estéticas y reivindicaciones sociales, políticas, sexuales y de género que han sido la tónica del discurso político de la artista: censurada por su oposición a la guerra, criticada por su oposición al lgbtiqanb+odio y, por cierto, cuestionada por su narrativa desobediente con el mandato censor sobre su cuerpo y su sexualidad.

Evidente resulta la posición de vanguardia cultural de esta “bailarina que hace canciones”, como se ha auto identificado, y con ella, habilita con esta herramienta mediante, la posibilidad de evaluación respecto delavance, desmantelamiento e instalación de valores desde que son proclamados por parte de los cuerpos que ocupan las posiciones de vanguardia en distintas esferas. La reivindicación de los derechos trans, y el acceso a medicinas, información y trato digno para la comunidad seropositiva, son asuntos que se han sostenido desde nichos políticos hasta que alguna apertura permite que se infiltre la discusión a los espacios y esferas públicas y así, pueda problematizarse en búsqueda de un nuevo o nuevos pactos, donde lo público en perspectiva reparatoria y de cuidados pueda hacerse cargo de lo que ha invisibilizado y postergado, civil, administrativa, política y económicamente. Pudiese sostenerse, en reverencia cariñosa, que es gracias a estas posiciones de vanguardia, los cuerpos que los ocupan y su dureza, intransigencia e insumisión al sostener narrativas y discursos, que así su vigencia aguarda el momento del salto felino para el salto a la apelación a la decencia y la conquista de la dignidad.

La Reina aludió a ambas mediante su arte y composición escénica en la primera hora de su show

“Open your heart, i´ll make you love me, it´s not that hard /
Abre tu corazón, te hare amarme, no es tan difícil.”
Madonna – Open your heart

La revisita de la historia con la paulatina incorporación y desaprendizaje de valores, por parte de las sociedades y individualidades parece condición sine qua non de la permanencia de las mismas, con distintas orientaciones atencionales y niveles de profundidad, tan diversos como son las culturas, sociedades e individualidades.

Desde distintas escuelas del estudio del comportamiento humano puede verse esto como una pugna, pulsión, intercambio, negociación, contradicción o dominación; como una forma relacional de una entidad que contiene individuos, o de individuos que componen, o no, estructuras y dinámicas relacionales y comunicativas, como asuntos y momentos parcelados y deshistorificados, o derechamente, como procesos, normas y acontecimientos sociales y por ende políticos.

Así como cada quién puede enfrentarse a sí en la revisita del sí mismo, del comportamiento, las formas relacionales y los “cómo me hace sentir el cómo hago sentir a otrx” (u otras premisas y sugerencias de las escuelas neófitas en la legitimidad del discurso y debate públicos, como son terminologías asociadas a la “responsabilidad afectiva” derivada, creo, de la proposición del “legítimo otro” en términos educativos” propuesta por Ajagan, et al) u otras formas de incorporación al espacio de legitimidad, dignidad y consideración del sujeto altero, otrora otredad, como ahora un cuerpo respecto del cual pueden (o deben) tomarse precauciones de bienestar, cuidado y buen trato; las sociedades, la historia y los grupos humanos pueden enfrentarse al simísmo en los términos que estime conveniente, al poder individualizar las conductas (pudiendo patologizar, incluso, por exceso de casuistica) o entenderlas como fenómenos dotados de historicidad y, por ende, dignos de una revisión y reflexión científica.

De allí, las decisiones ideológicas pueden dictar el nivel de involucramiento del sujeto en las dinámicas que encuentra disponibles, el cuestionamiento con que les enfrente y las decisiones performativas que emana de ese proceso reflexivo que, nuevamente, tan diverso como personas, grupos y tales, existen.

Esas decisiones no están ausentes cuando no se explicitan, y constituyen un corpus que guía al cuerpo en su cohabitar, teniendo así incidencia en sí, en su cuerpo y corpus, y en los de las alteridades otrora otredades que encuentre en su cohabitar en lo público, común, compartido, con que interactúa, ya de forma innegable desde todas las ciencias. No es sostenible hoy individualizar y aislar al sujeto siquiera para su observación, ya que su contexto aporta información, además de suponer una deshonestidad intelectual, como propongo que son las evaluaciones estandarizadas en contextos escolarizados, como un ejemplo.

La búsqueda de referencias ideológicas distintas a las normativas, esta revisita histórica, va modelando nuevas formas de interacción ya que relegitima asuntos liberadores, en ocasiones, en los corpus simbólicos de las personas, así como relegitima asuntos normativos en actos que, creo, son evidencia de reacción y nada más, la defensa de la zona del confort y pavor al desequilibrio cognitivo que conduce a los aprendizajes y desaprendizajes.

De allí que, colonias como la nuestra, con intelectualidad y esfera cultural dinamitadas por un proceso dictatorial y levemente apenas restaurada en términos estéticos por la administración de la obra dictatorial por parte de los gobiernos democráticos, y altamente comprometida con los procesos de globalización e inter subjetivización consecutivos de la anterior, importe dinámicas y posturas, estéticas y normativas.

Difuminada como el trazo de la spanglishificación en Latinoamérica, también es observable una pigmentación cultural que pareciese hacerse desde nuestro país, un epicentro de importación cultural habilitado interdimensionalmente para recibir estas importaciones, con estructuras habilitantes para este recibimiento e incorporación, con sujetos educados en forma coherente con esta habilitación, con estructuras ordenadas como receptáculo para estos valores y dinámicas. De allí que podamos ver, en los procesos de proposición ideológica en que se embarcan los grupos históricamente silenciados, reivindicaciones de piezas artísticas históricas también reivindicativas o, al menos, que hacen alusión a estos nuevos contenidos ofrecidos al debate público en cuanto la convulsión lo permite. No son sólo importaciones treintañeras en términos políticos, como la trasnochada lectura neoliberal de la teoría queer post-genérica, cuasi tecnocrática y pos-humanista de los cuerpos que puede hacerse en una madrugada como la nuestra (como otras lecturas acomodaticias o estáticas de otras teorías, por cierto), una habilitada para leerla como un corpus ideológico para relegitimar antiguas y tradicionales formas de cosificación de los cuerpos antimasculinizados, por ejemplo; la despolitización propia de la incorporación mercantil de las estéticas propias de las reivindicaciones históricas; o derechamente una aceleración de la transposición de las formas del consumo y el mercado a las dinámicas relacionales y de los afectos.

Pudiesen constatarse, por ejemplo, degeneraciones de los postulados ideológicos y artísticos de los noventas como fuere la reivindicación de la androginia como espacio legítimo para el habitar de la belleza frente al lente de la moda, el cine y otras artes, convertida en la instalación de elementos andróginos (como accesorios de un juguete Barbie Doll) como adornos en el sujeto objetificado, para la exaltación y consecución del deseo como bien poseíble, de consumo, como prenda, generalmente, deseo de consumo que, al venir del varón heterosexual-cisgenérica-alorelacional y socioeconómico-racialmente aceptable, sujeto consumidor cuya primacía exclusiva y excluyente como depredador portador de deseo, parece incuestionado en este esquema, sostiene incuestionada la tradicional réplica patriarcal de la división sexual hasta en términos jurídicos de nuestro país y su historia. La instalación (con denuncias y críticas divergentes contemporáneas y paralelas a dicha instalación), del aprendizaje de mecanismos relacionales propios de la interpretación fanática de la idea del consumidor frente al universo consumible, que permite que emanen conceptos como el “consumo de cuerpos” para referirse a la frenética compulsión sexual depredatoria de acumulación de encuentros, aventuras y sujetos objetificados deseantes de mí que “hago míos”, poseo; O de estandarizaciones de consumo como barrera prejuiciosa para la interacción humana, que operan como mediadores del proceso de interacción afectiva propia de los grupos humanos, deshumanizándolas y acercándolas más a una selección de producto en una app de despacho de alimentos, o la góndola de un supermercado.

El disfraz con que puede adoptarse una estética activista, posterior al breve momento de resalte del activismo como forma de quehacer y habitar el cuerpo de los últimos años (que ya manifiesta coletazos de reacción), en función de la consecución de bienes personales, como una trayectoria o reputación (por espurias que fueren) en perspectiva de currículum vitae y no de transformación de la realidad, como dictare la idea del activismo para quienes ostentamos una intención (también trasnochada, por supuesto) transformadora y sucedani-revolucionaria.

La performance de la heterocisalonormatividad como late motiv del quehacer cuir marika latinoamericano, chileno digamos, despunitivizado y desestimada una intencional complicidad con un régimen que le otroriza por réditos personales, por miserables que fueren, resulta también en un proceso adaptativo, simbiótico de incorporación de cuerpos y corpus a una estructura y narrativa en proceso de hegemonía (no como algo estático), y viceversa. La adaptación, en este caso, por la sobrevivencia, la posición o una sensación de seguridad (o privilegio, incluso como mecanismo adaptativo para la sociedad competitiva neoliberal tardicolonial masculinista heterocisalopatriarcalmente normada y valóricamente post-humanista de hoy) puede inconcientizarse y hacerse como se hace el quehacer de caminar alerta para sobrevivir la calle, la noche, la cuadra, esa vez.

Así los sujetos (diversamente objetificados y, en el estadio actual del desarrollo de la sociedad del consumo, también diversamente adrede, aquello) perpetúan, reproducen y delegan su poder a las estructuras que, de diversas formas, constriñen y limitan su existencia. No siempre esta decisión tiene un corpus ideológico deliberado, y no siempre esta definición política tiene materialización en lo común, o siquiera lo íntimo. La preferencia por los cuerpos objetificados para su consumo, establecidos vigentes en alguna tendencia / moda, o valorización favorable, pudiese entenderse como una reproducción normativa que pudiese cargar o no una intención política y constituir así una praxis política, en un espectro conductual que contiene entre muchísimas otras al deseo y la discriminación, en términos de relación sexual entre corporalidades sexuadas en una sociedad sexista.

La suposición de ficticias legitimidades promovidas por esferas de permisividad de las estructuras propias de la superestructura heterocisalopatriarcal, como son el mercado y sus valores, la familia de institución cristianizada, la administración pública del estado y su paulatina incorporación de cuerpos para desactivar reclamos de los pares de estos y las comunidades a las que pertenecen, u otros sucedáneos de legitimidad como la posibilidad de ofertarse en una dinámica de e-commerce sexual de deseo light y amor con aspartamo, pueden situar al sujeto en una posición de (diversamente consciente) funcionalidad a la estructura a la cual se adapta, respecto de la cual ha llevado adelante un proceso de aprendizaje e inserto en la cual decide, o debe, desenvolverse. Por cierto que la aplicación de un abordaje crítico diversifica las posibilidades, sin embargo, sería negacionista de las teorías del poder, desconocer que entre los mecanismos de sostén de las estructuras hay formas coercitivas, constrictivas, normativas, punitivas y persecutorias en función del cumplimiento de las normas dictadas por las estructuras y superestructuras regentes en el tablero en que el individuo habita.

Reconocer al sujeto como uno inserto en una sociedad normada por estas estructuras y superestructuras interseccionalizadas en los cuerpos sobre los cuales rigen, establece la posibilidad, entonces, de que el cuerpo opere en esas reglas, así reproduciendo; por ende, es asunto de observación en la apuesta preventiva de la violencia, que las individualidades reconozcan su posición en el organigrama literario – social desde el cual se les lee y permite o habilita, así, para replicar violencias, sostener inercias, ocupar espacios y con ellos reproducir o transformar. Esto es tan líquido como proponen las teorías noventeras vigentes hasta hoy (entendiendo a las décadas como algo menos parcelado que la descripción habitual de las ciencias positivizadas) y se ha ironizado respecto de una supuesta evaporación hacia un estado gaseoso de las interacciones, incrementada la desechabilidad y fragilidad de la interacción entre los cuerpos advertida en antaño, por ende, es un proceso variable en el cual los cuerpos ocupan posiciones de acuerdo a las lecturas que de sí son hechas, tanto como las decisiones que (pudiendo decidir o no, también espectralmente) tome, las performances en que se embarque y los discursos y narrativas que sostenga.

Sin esa posibilidad, no sería posible, tanto, la reproducción de un sistema a través de decisiones de sujetos beneficiados por ese régimen (sumados, por supuesto, a los mecanismos coercitivos y de sostenimiento de la dominación) como la idea o posibilidad del desmantelamiento de las mismas. La hiperindividualización de nuestros días también es una oportunidad para buscar la aplicación de las teorías de utopía juvenil, en términos político-sociales, en las terminologías y condiciones de comportamiento e interacción del sujeto decidido a ejercer una praxis respecto de los discursos que sostiene. Es decir, la habilitación de la idea de la “performatividad” como posibilidad de ejercicio humano, en conjunto a las teorías educativas que evidencian la posibilidad del aprendizaje y sus mecanismos como una operación del ser humano, por ende, la incorporación de información y un quehacer con ello, es sustento de todos los intentos, creo, de transformación de las formas de interacción entre las personas humanas, desde la abolición de la esclavitud hasta la decisión de no tocar un cuerpo ajeno sin consentimiento en un vagón de metro, en una tarde de una sociedad hipersexualizada, sexuada y sexista.

Claro que tienen manifestaciones sociales de masas, macroeconómicas, político-administrativas e intelectuales (en tanto al resultado y al discurso que acompaña los procesos), sin embargo, pregunto, ¿no son también esas transformaciones estructurales de la performatividad de un cuerpo que, en un contexto dado y normado, decide (o no) replicar o no dicha norma, por ende, no es también, una relación entre los cuerpos? Entonces, o más que “entonces”, pasa el tiempo, y, la barbarie se mascara y desenmascara constantemente como un asunto casi inherente a la conformación de las sociedades y la energía desprendida del roce y la interacción entre los corpus y los cuerpos que habitan las sociedades.

Mientras las reforma aparece como un mecanismo “razonable” de desbarbarizar, la revolución se almacena como un producto con fecha expirada, una herramienta defectuosa; la intelectualidad se dispone (por sobrevivencia alimentaria, en ocasiones, no puede decirse que nunca) al statu quo (sino al avance de la dominación normativa regente) y las artes permanecen siendo un cuartito de disfrute con el cual cada vez menos apartamento – habitaciones cuentan; la negociación propuesta por la regencia que administra la relación entre los cuerpos resulta insuficiente e ineficaz para adaptarse, siquiera, a una intención declarativa de mejor convivir. En términos político administrativos, sociales, científicos, filosófico-intelectuales, erótico-sexuales, e incluso económicos, la incorporación es hecha con una puesta en valor en primer, segundo, y tercer lugar del bienestar del sistema al cual se incorporan estos cuerpos como legítimos, desconociendo que, para poder ordenarse, el sistema requiere que estos se ilegitimen.

La humildad propuesta por Pedro Cid en su libro Masculinidades para el abordaje de los asuntos de género, también, en este juego de trasposición entre narrativas mercantiles, políticas, sexuales, educativas, psicológicas, puede ser un requisito para una sociedad que quiera mejorar su convivir con cada vez más cuerpos leídos como legítimos y por ende sujetos de derechos. Pudiésemos decir que el hombre cisgénero, heterosexual (o heteronormado), blanco euro-aceptable, solvente, corporalmente hegemónico, fuerte y atractivo y, por ende, competitivo en el patriarcado, es el sujeto de derechos del patriarcado. El resto de los cuerpos, al ser una estructura jerarquizada de forma piramidal, habitan distintos niveles de legitimidad dadas en función, siempre, de la cúspide. Así, en momentos líquidos, se mueven y dinamizan de acuerdo a lo que demande la cúspide, en términos de deseo, desprecio y permiso para habitar el espacio público, etcétera.

Directamente contrario a la competitividad que exige la historicidad de nuestro momento, de hegemonía sino auge de los valores del mercado y el patriarcado (este último, como rey sin ropajes, sin embargo, coronado y reinante) pudiésemos entender una actitud humilde desde la cual se incorporasen cuerpos, narrativas, y lecturas distintas, nuevas, disidentes, qué deci.

Sin embargo, el surgimiento de un neo - romanticismo en torno a la libertad, creo, supone una oportunidad respecto de las reivindicaciones históricas que algo tienen que ver con ella. Las reivindicaciones se han, mayoritariamente, basado en libertades, también. De amar, de respirar aire limpio, de transitar el espacio público, de ser sexual e inofensivo, de vivir además de trabajar, de crear, de tener manos descansadas, aunque sea medianamente, para hacer, ser, arte, o el amor, ambas, en todas sus expresiones.

La pretensión de una clase dominante mas no dirigente en un momento de crisis orgánica gramsciana, ó de contradicción y crisis cuasi permanente, si se quiere, de putrefacción de los regímenes y sus estadios tardíos, de continuar dominando a través de una ya no dirigencia, diversificados los valores de las clases populares y las masas (tan diversamente como pudiere ser en nuestros días, globalizados y digitales) no puede sino producir inconsistencias en las formas de convivencia dentro de los regímenes que rigen los cuerpos pertenecientes y legitimados por esta clase dominante. Así, se ven fortaleciendo los aprietes coercitivos para la reproducción de sus modelos, mientras se transparenta lo ficticio de estos medios, e ilegítimo y fracasado de sus modelos.

Una crisis habitacional inusitada, protagonizada por jóvenes, nacidos en un auge del conservadurismo familiarista alrededor del hecatómbico Y2K y los años que le envuelven (en nuestro país, el retorno al a democracia y el acomodo del sistema de mercado crediticio al modelo resultante de la dictadura en un momento globalizador y beligerante) cohabita con una crisis relacional producida por la inserción de narrativas poli-estructurales, críticas del régimen mononormado; sumadas a prácticas y narrativas críticas, a su vez, de la reproducción familiar, desde las disidencias relacionales tanto como sexuales y de género, e incluso corrientes del pensamiento reaccionarias a la emergencia climática) en un precioso baile de contradicción que solo pudiese disfrutar alguien lo suficientemente devoto de la observación de las sociedades y las personas, y lo suficientemente autodestructivo para mirar la escena fumando cigarrillos.


Esta columna corresponde a un adelanto, un capítulo, de un libro del autor que está por publicarse en las próximas semanas.

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