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No se culpe a nadie. Por Rolando Poblete Melis

En un texto escrito en la década del noventa del siglo pasado, Norberto Bobbio, uno de los grandes intelectuales de la política italiana, se preguntaba acerca de la diferencia entre la izquierda y la derecha. Una de las principales distinciones que señalaba Bobbio era que la izquierda se define por su aspiración a reducir las desigualdades sociales, mientras que la derecha las acepta como naturales, inevitables y fruto de un orden social casi inmutable.

Cabría preguntarse si esa distinción sigue siendo válida en nuestro país, especialmente ahora que la izquierda ha vivido una derrota estrepitosa, no a manos de una derecha dialogante y democrática, sino a manos de una derecha vociferante que en su pensamiento y práctica expresa todo lo contrario.

Hay dos elementos de análisis para intentar responder esa pregunta: el primero es que la izquierda abandonó la lucha por la superación de las desigualdades estructurales, instalándose en el campo de lo cultural y la defensa de identidades individuales y fragmentadas por sobre procesos colectivos. La discusión acerca de la pobreza, por ejemplo, dejó de ser un tema país y, como corolario, un ámbito de intervención decidido por parte del Estado para reducirla. Los pobres siguen existiendo y, de hecho, si tomamos en cuenta la nueva metodología de medición son casi un 23% de la población. En definitiva, salvo un par de consignas medio vacías, poco y nada sabemos de lo que piensa la izquierda y de aquello que es constitutivo de su proyecto de país.

El segundo elemento es lo mismo, pero al revés. Es decir, no es que la izquierda haya abandonado la lucha por la igualdad, sino que la propia sociedad es la que dejó de lado el ideal igualitario, buscando la distinción y abrazando aquellas retóricas centradas en el individualismo que destacan la capacidad de cada uno para superarse, para ser mejor, más productivo, más capaz, es decir, el poder de poder, como diría Byung Chul Han. Ejemplos hay de sobra: la tajante oposición al fondo solidario de pensiones, la defensa de la segregación escolar, el desprestigio y desconfianza de los instrumentos tradicionales de lucha colectiva como los sindicatos, partidos políticos, juntas de vecinos, etc.

La convicción que subyace a esa lógica es que, si el desarrollo es individual, y se concreta en el mercado, lo que se esperaría del Estado es que garantice las condiciones para alcanzarlo. Así, su reducción a una “cuestión de policía” es fundamental para que las personas logren sus proyectos personales, incluso a costa de sus derechos fundamentales, como han mostrado diversas encuestas cuando develan los niveles de apoyo de la población frente a afirmaciones como que “un gobierno autoritario sería más eficaz para solucionar el problema de la seguridad”.

Lo mismo la libertad económica y la reducción de las trabas –impuestos, restricciones ambientales, condiciones laborales, indemnización– que emanan de un orden social que la izquierda defendió y que hoy incomoda.

Esa es la retórica que ha instalado la derecha y que la sociedad ha abrazado casi con entusiasmo, derrotando incluso en el plano cultural a la izquierda. Sin embargo, el “poder de poder” choca con la fuerza de una realidad que se impone cuando aparece una enfermedad catastrófica, la pérdida del empleo o la sensación de indefensión frente al mercado. Entonces, otra vez surge la necesidad de tener un Estado protector que corrija las desigualdades. El problema es que será demasiado tarde luego de los años que vienen en que el espíritu de igualdad –que alguna vez encarnó el ideal colectivo– quedará relegado, casi como una reliquia de tiempos pasados, a los libros de una historia que ya nadie querrá contar, ni menos escuchar.

Rolando Poblete Melis

Académico

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