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NosOtros y Chile, una reflexión de Sábado Santo. Por Ricardo Espinoza Lolas

A veces es necesario reflexionar algo en medio de tanto ajetreo de una vida que nos consume a diario en medio de un capitalismo salvaje y tóxico que no nos da tregua. Y más allá de ser creyente o no (en mi caso no lo soy), en este Sábado Santo si tenemos algo de tiempo, junto al dios muerto que todavía no ha resucitado, es decir, en la soledad más radical en donde la finitud de la vida se impone, pensemos en torno a Chile, esto es, en torno a lo que somos en nuestra intimidad.

¿Qué nos sucedió como pueblo que ya no podemos escucharnos los unos a los otros? Todo se ha vuelto diálogo de sordos. Y no solamente en la esfera de lo político, sino que es expresión de todas nuestras relaciones personales entre nosotros mismos. Es posible que lo que nos pasó fue algo tan simple como que ya no podemos amar y lo único que podemos hacer es capitalizarnos entre sí. El vínculo que nos acontece, esto es, el modo de ser de unos con otros es la estricta capitalización. Y sabemos que esto no es posible o que no debiera ser posible o que debiéramos dejarlo, pero seguimos construyendo el vínculo de ese modo, sin embargo, nos damos cuenta de que de eso debiéramos salir radicalmente, salir de eso modo laberíntico de ser. Y lo sabemos porque de alguno modo tenemos cierta “distancia” para darnos cuenta hasta de lo peor de nosotros mismos. Es como si fueran dos lógicas que operan entre sí de alguna manera: una es una lógica de la distancia y la otra de lo inmediato. Porque cuando nos movemos en la distancia estamos a distancia incluso de nosotros mismos para poder literalmente no hacer nada: es el acontecimiento de lo real como distancia constitutiva, pero cuando estamos sumergidos en lo inmediato no dejamos de generar todo ámbito de negocio de unos con otros (de don y contra don, como diría algún antropólogo): un negociar ya entre nosotros, ya entre cada uno consigo mismo y lo otro, cualquier otro. Solamente al parecer en la distancia lo real nos acontece como un cierto instante de libertad en donde al no esperar casi nada se nos puede ofrecer algo por hacer o, mejor dicho, algo por crear de alguna forma. El amor va de eso, de eso real como distancia que nos posibilita asumir lo que somos, animales mortales que caminamos sin saber a dónde dirigirnos, y en esto unos con otros, al constituirnos como tal nos tocamos, nos pulsamos, y, a veces, nos ponemos a caminar juntos hacia algún lugar por construir.

Ese animal que de hecho somos, y que lo somos mortalmente, se da entre todos NosOtros, unos a otros nos pulsamos y así nos constituimos, esto es, nuestra sexualidad en sentido pleno. Es probable que los chilenos no nos toquemos corporalmente para no dejar de capitalizar, porque amarnos entre NosOtros no es tarea de suyo inmediata, sino que es algo que debemos hacer, que nos surge desde esa distancia que somos. Aunque se tenga sexo por sexo por la razón que sea, por plataformas tipo Tinder u otras, lo que ahí se da, es la inmediatez del capitalismo chino a lo TikTok, o sea, no ocurre nada de nada: solo inmediatez y vacío. Es difícil tomar distancia de la inmediatez en que nosotros mismos hemos devenido, a saber, como mercancías en el mundo mercado en el que vivimos para sobrevivir con algún tipo de “éxito” en el reconocimiento capitalista. Es muy difícil no dejar de acumular inmediatez y con ello somos como sedimentos de tanta basura que nos engrasa cada día más y más para ser partes del engranaje capitalista. Sin embargo, la buena noticia es que NosOtros de suyo no somos capitalizables radicalmente aunque nos comportemos como borregos mercantiles.

Es claro que el mantra de Žižek que repite una y otra vez, desde su amigo Jameson, que no es posible imaginar el fin del capitalismo es un juego para provocar discusión a ciertas filosofías de “izquierdas” que están totalmente perdidas en el laberinto capitalista, pero no puede ser cierto que vivamos en un sistema totalmente cerrado por ser en sí mismo totalitario, esto no se lo cree nadie, aunque nos comportemos como siervos voluntarios del capital de hecho nunca lo somos, pero aunque nos comportemos en nuestras prácticas de modo tan estúpido y queremos ser siervos por alguna u otra razón: o porque hubo en Chile un Golpe de Estado que nos determinó como siervos, o porque estemos sujetos inevitablemente a cierto dispositivo que nos constituye desde la autoridad y la servidumbre tan típico de la hacienda y de algunos de sus secuaces como Portales, o porque nos regula una constitución hecha al decir arbitrario de Guzmán y de una ideología fanática conservadora y liberal extrema, a pesar de todo esto (y otras variables naturales e históricas) no estamos cerrados a nosotros mismos, porque estamos siempre a la distancia de todo otro y por eso somos, en verdad, un NosOtros abierto.

Algunos pueblos no aman en el sentido de estar sujetos a las fuerzas del capitalismo, pero de alguna forma aman porque les acontece un otro a la distancia de sí mismos. Un otro que, a veces, es uno mismo en tanto que otro, pero no como otro en y por sí mismo, sino como otro que en la propia materialidad de nuestros cuerpos se nos abre plásticamente (no existe un gran otro, es el gran error de las izquierdas y de los románticos), esto es, en un materialidad socio-histórica. Entonces es posible pensar e imaginar que los chilenos pueden amar y de hecho sí aman de alguna forma y que, por lo tanto, no está todo perdido, sino todo lo contrario, está todo por disputar. Y ¿cómo lograrlo?

En verdad, es difícil la repuesta y no puedo no pensar en Marx cuando entiende la ideología, en el siglo XIX, como un problema de no saber lo que se hace y por eso se hace, o sea, la ideología es sería un problema de “conocimiento”. Y el esloveno, en pleno siglo XX, Slavoj Žižek corrige y actualiza a Marx y ve que la ideología se trata de un problema que sabiendo lo que se hace y, a pesar de ello, se hace. Luego la ideología no sería un problema de conocimiento sino de “práctica”. Si Marx en el fondo es un metafísico de su época, Žižek es un analista de la suya. Y si esto hubiera cambiado en este siglo XXI y no se trata ni de conocimiento, ni de práctica, sino de otra cosa. Ni de saber la “verdad” de lo que se hace para que no se vuelva a hacer, ni de una práctica inconsciente que me estructura como un modo de vida verdadero. Entonces ¿de qué se trata?

Aunque se sepa lo que se hace o no se sepa se hace igual, porque no tiene ninguna importancia el estatuto del saber, pero tampoco el de práctica de vida, sino que la ideología sea una mera estabilización que estructura nuestra propia mortalidad en toda su finitud y carente de sentido que es, y que por lo tanto, la ideología se comporta, al inicio, como un modo aleatorio de bailar y que funcionó, por alguna razón, en el propio vació que nos constituye, podríamos dar con una cierta salida al problema del amor, de poder amarnos los unos a los otros en tanto que un NosOtros. Si es así, se trata de activar nuestros cuerpos, de performarlos de alguna forma entre sí para que nuestras prácticas abran y no repitan esa pulsión mortífera que nos lleva a realizar lo que atenta contra cada uno y contra todo otro, el que sea. Y si este poder amarnos fueran esos pequeños detalles de la vida que cada uno sabe cuáles son (no hay receta alguna a priori) y desde ellos se nos actualizan los cuerpos y se acoplan dando de sí una lógica de la amistad y del intentar construir con el otro algo para todos, aunque falle.

Viña del Mar, abril de 2023

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