En 2009, tras decidir residir definitivamente en Chile, emprendí una campaña personal de sensibilización sobre los residuos plásticos, los únicos verdaderamente no biodegradables y que contaminan los océanos. Me sorprendía la poca atención que la ciudadanía prestaba al reciclaje en general, y el escaso reconocimiento social de quienes todavía se llamaban cartoneros que, a pesar de vivir recolectando residuos, un oficio valiosísimo a mis ojos, no mostraban interés alguno en los plásticos por su bajo valor y la desfavorable proporción peso/volumen.
Hasta ese momento, yo no había logrado siquiera evitar que mis envases y embalajes plásticos, suficientemente limpios y separados, acabaran como residuos genéricos. El personal de aseo del edificio, a pesar de mis exhortaciones y explicaciones, se encargaba de deshacerse de mis residuos plásticos simplemente tirándolos a la basura. Mi campaña no iba bien tampoco con parientes, vecinos y amigos de todas las clases sociales. Frente al sarcástico comentario “colecciona basura”, entendí que el problema residía en otro lado.
En 2016, con la implementación de la Ley 19.200, de Responsabilidad Extendida del Productor, y la imponente campaña de sensibilización medioambiental que se le asoció, supuse que la necesidad del cuidado de nuestro entorno había empezado su camino. Y que el concepto de reciclar había finalmente llegado a ser percibido como una oportunidad y no como una molestia. En una reflexión retrospectiva, llegué a la conclusión de que, en mis intentos tempranos de sensibilización, hablar de “basura” en una sociedad dividida en rígidas clases sociales había sido o un tema incómodo o el devolver a mis interlocutores a esa sensación de inseguridad, de tener que “reciclar”, conservar, no desechar nada, por si acaso, en un mañana volviera a ser necesario. En efecto, pareciera ser que solo cuando Chile pudo empezar a franquear la pobreza, la sociedad en su conjunto pudo enfrentar el tema y, en cierta medida, abrazarlo y comprometerse. Previamente, el argumento era simplemente tabú.
Sin embargo, en los últimos años, me he llevado la sorpresa de que a pesar de que muchas personas dicen preocuparse por las condiciones de nuestra Tierra, parecen incapaces de relacionar su propio comportamiento con su impacto ambiental: “¡Sin auto no me muevo!”, o “¡Qué importa esa poca basura que produce mi familia!”, o simplemente responden “acá no reciclamos”.
De esta evidente contradicción, surgen preguntas que obligatoriamente tienen que ahondar en aspectos socioculturales y hasta en el inconsciente, para encontrar alguna respuestas. ¿Cómo se conforma la relación que tiene el ser humano con sus desechos? ¿Cómo interpretamos la actitud de los individuos, de los grupos sociales y de la sociedad hacia los temas medioambientales? ¿Es posible medir el impacto sobre el medio ambiente de nuestra propia vida y decisiones?
Empiezo por la última pregunta, la más sencilla: sí, es posible medir el impacto ambiental de cada uno, es decir, la huella de carbono que generan nuestras acciones cotidianas. Navegando en ClimateHero, se puede evaluar las huellas que estas dejan. Sin embargo, para decidir adentrarse en este conocimiento, es necesario al menos tener curiosidad o reconocer la relación de su causa-efecto en nuestra vida personal. Las preocupaciones medioambientales fueron relevadas por tercera vez en 2020 por la Encuesta Nacional Ambiental del Ministerio de Medio Ambiente. Los resultados identificaron la basura y la suciedad en las calles como el segundo problema más mencionado entre los encuestados. Según la encuesta, las personas en Chile se consideraban informadas respecto al medio ambiente en general. Las categorías “informado” y “muy informado” concentraban, sumadas, el 80,7% de la población. Solo el 12,5% se consideraba poco informado y el 6,4% asumió de no saber.
Sin embargo, analicemos los resultados que obtuvo la pregunta: “según su percepción, ¿cuál es el principal problema ambiental que lo afecta a usted?”
Es interesante relevar que, si el 32,8% estaba preocupado por la contaminación del aire, solo el 3,9% por la falta de árboles y áreas verdes que disminuyen su contaminación. Si un 29,7% se preocupaba por la basura, solo el 1,3% por la contaminación por plástico.
Si el problema afecta transversalmente toda la sociedad, en diferentes formas e independiente del nivel educativo, es porque posiblemente tenga raíces culturales y antropológicas y puntos en común no detectables en otros niveles de análisis o de percepción.
El sociólogo Pierre Bourdieu define la relación con el entorno a través de los conceptos de capital cultural y de habitus. El primer término incluye conocimientos, habilidades y disposiciones valoradas socialmente. El segundo está conformado por “disposiciones durables y transportables que integran todas las experiencias pasadas y funcionan como matriz de percepciones, de apreciaciones y de acciones”. Según Bourdieu, el habitus juega un papel crucial en cómo se traduce nuestro propio capital cultural, en una circularidad y reciprocidad constante que, sin embargo, pueden también generar las oportunidades de cambio. ¿Cuál es el habitus más radicado en nuestra relación con los desechos? Generalmente desplazarlos de nuestra vista, o cercanía, lo más pronto posible. Tirarlo a la basura es lo más común, sin embargo, hay quienes los tiran de la ventana del auto o quienes, con una veta más “artística”, los dejan colgando de las ramas de los árboles después de un hermoso día en la naturaleza.
Nuestra relación con los desechos
Mary Douglas define la suciedad como "materia fuera de lugar", una amenaza al orden social. No es intrínseca a los objetos, sino a los que se construye socialmente mediante clasificación. Por lo tanto, lo que consideramos suciedad refleja procesos históricos y culturales de separación y rechazo. En nuestra sociedad del consumo existe la paradoja de que parte de la basura doméstica (léanse embalajes) se fabrica para ser desechada. Según lo que propone Douglas, la pregunta que debemos hacernos entonces es, ¿qué es lo que hacen los desechos "inapropiados" para un cierto orden y cómo se establece ese orden en una sociedad, para que sea cumplido sin ninguna disonancia?
Para tratar de paliar el problema autoinfligido por el consumo y empezar el proceso de reciclaje, se ha necesitado modificar la categoría semántica de las palabras basura o desecho, atribuyéndoles la definición más amigable de residuos y favorecer su recuperación. A saber, se ha debido desplazarlos culturalmente desde la condición de inútiles a útiles: una prueba más de que los desechos son un hito cultural más que una categoría cerrada de materiales. Douglas tiene también una respuesta en relación con el tabú al cual me he enfrentado al tratar de sensibilizar mi entorno. Lo define como un mecanismo para proteger las categorías distintivas del universo, para dar certeza a lo vacilante y reducir el desorden intelectual y social, dado que las cosas ambiguas pueden ser amenazadoras. En conclusión, lo que desafía las clasificaciones universales es considerado tabú y, yo añado, impronunciable.
El tabú social: el espiral del silencio
Para dar una respuesta a este último aspecto, recurro a la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann que define la opinión pública, como aquella que puede ser expresada en público sin riesgo de sanciones, y en la cual puede fundarse la acción llevada adelante en público. De eso deriva que, expresar la opinión opuesta y efectuar una acción pública en su nombre significa correr el peligro de encontrarse aislado. Según la autora, los medios de comunicación de masa son clave en los espirales del silencio, ya que recogen y difunden opiniones mayoritarias. ¿Cuándo se rompe el espiral del silencio? En la opinión de quien escribe, en el momento en que un poder independiente impone su agenda de comunicación, creando una nueva tendencia, lo que motiva a los medios antes silenciosos a competir para informar.
Un caso emblemático es lo que sucedió con los residuos plástico antes y después de 2018, año en el cual se dio el momento de quiebre con la decisión de China de prohibir las importaciones de esos residuos a su territorio, un hito que se tomó la agenda de la prensa mundial. Según un artículo de 2018 del The Guardian, lo más sorprendente del movimiento anti-plástico fue su rápida expansión. Destaca que, hasta 2015, año en el cual ya se conocía casi todo sobre los problemas inherentes al material, la gente no mostraba tanta preocupación y muy pocas personas tomaban medidas concretas al respecto. La decisión de China provocó una ola que alcanzó el mundo entero y rompió el tabú, decenas de artículos salieron también en Chile sobre el argumento. Sin embargo, es de sentido común darse cuenta de que los residuos nos sobrepasan. Aunque los desplazaremos, volverán cerca. Hagamos un ejercicio, miremos una góndola de cualquier punto de venta masivo: cada uno de los productos frente a nuestros ojos, tarde o temprano, se transformará en un residuo, un enorme volumen de residuos. Esos residuos, si no son realmente reciclados -es decir en su esencia material, se transformarán en basura. Basura que, tal vez, alcanzará las calles, convirtiéndose en la segunda preocupación ambiental de la ciudadanía chilena.
20 de agosto de 2025
