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Nuestra educación inicial en crisis. Por Arturo I. Castro Martínez

La educación inicial es aquella que se desarrolla durante la primera infancia (etapa distribuida desde el nacimiento hasta aproximadamente los seis años). Esta etapa es fundamental, ya que en ella se produce uno de los períodos de mayor desarrollo cognitivo, social y físico en niños y niñas. A través de experiencias de aprendizaje adecuadas a su edad, se favorece el desarrollo de habilidades cognitivas, emocionales y físicas, así como procesos clave como la adquisición del lenguaje, la memoria y la socialización. Lo que se aprende y se estimula en estos primeros años, tiene efectos que acompañan a las personas a lo largo de toda su vida.

Un deuda educativa

Según cifras oficiales, la cobertura de la educación inicial en Chile ronda el 50 - 54%. Si bien, esta realidad no se evidencia en las áreas urbanas de las grandes ciudades, es en los sectores más empobrecidos y en el mundo rural dónde la atención a la educación inicial se ve mayormente deteriorada. Se hace aún más problemático, cuando tomamos en consideración que acá se convive con otras dificultades, cómo la deserción escolar, una oferta educativa disminuida (a veces inexistente) y una mala distribución de recursos, todos elementos que con efectos inmediatos en temas de calidad, intensificando brechas que favorecen la disparidad en educación. Es el año 2026, y estos antecedentes nos permiten decir que en Chile, la desigualdad educacional inicia antes de los seis años, acrecentando el espiral de la pobreza, no siendo una situación nueva; ya en los inicios del siglo XX, Gabriela Mistral describía a la educación inicial como una necesidad. Según sus propias palabras, “toda reforma educacional es vana si no se atiende primero a la infancia.” La escritora mostraba su preocupación frente a un fenómeno que nunca fue erradicado del todo, debido al desinterés por parte de las autoridades de turno.

Para quienes trabajamos en educación es normal evidenciar las falencias del sistema, sus efectos en las trayectorias escolares, cómo la deserción, repitencia o el desequilibrio en el desarrollo académico de nuestros estudiantes, situación aún más violenta con aquellos que poseen alguna necesidad educativa especial o viven situaciones de precariedad económica y social.

En Chile tenemos una deuda con la educación inicial. No hemos priorizado realmente esta etapa en ninguna de las últimas reformas educativas, lo que ha perjudicado enormemente el desarrollo de generaciones completas de niños y niñas. Esto podría adquirir una mayor gravedad en el presente, considerando el “recorte” presupuestario dado a conocer por la administración presidencial entrante en materia educativa. Se estima que sería una reducción aproximada de $524.000 millones de pesos en el MINEDUC, una cantidad enorme de dinero que va a afectar directamente en infraestructura de establecimientos educacionales ya deteriorados, en disminución de planes de integración escolar, en medio de una creciente demanda por este tipo de programas. Se estima, que ese monto es comparable a 36.000 profesores fuera del sistema.

Una educación inicial universal y equitativa

Todo indica que debemos avanzar hacia la universalidad en el acceso a la educación inicial, lo que se relaciona con un aumento en inversión pública para este fin, con énfasis en zonas rurales y de alta vulnerabilidad. A esto debemos sumar el fortalecimiento en la formación y mejoras sustanciales en las condiciones de trabajo para las y los profesionales de la educación. Si no hacemos los cambios necesarios, no terminaremos con la desigualdad social, condenando a perpetuidad a un segmento de la población a la pobreza.

Una infancia desprotegida

Estos últimos días hemos presenciado como la violencia nuevamente se ha tomado nuestras aulas de clases, poniendo el riesgo la vida de comunidades escolares completas. Situaciones de este tipo, pueden ser cada vez más recurrentes si no se generan programas socioemocionales dirigidos a niños y niñas desde su primera infancia, contradictorio en un presente dónde se habla abiertamente de reducir recursos en materia educativa, en vez de hacerse cargo de una deuda que debemos categorizar como estructural y con efectos transversales para un país en vías de desarrollo.

En síntesis, la realidad de la educación inicial en Chile da cuenta de una crisis profunda que no solo impacta el presente, sino que también condiciona el desarrollo futuro del país. La limitada cobertura, la desigualdad en el acceso y la escasa prioridad que se le ha otorgado a este nivel han permitido que las brechas educativas se originen desde la primera infancia, perpetuando inequidades sociales difíciles de superar. En lugar de mejorar, las recientes decisiones en materia de presupuesto amenazan con agravar aún más esta problemática, debilitando un nivel que debería constituir el pilar del sistema educativo. Como ya se advertía hace más de un siglo, descuidar la infancia implica hipotecar el desarrollo de toda la sociedad. Por lo mismo, saldar esta deuda no puede seguir postergándose: se necesita un compromiso político concreto, inversión sostenida y la convicción de que una educación inicial de calidad es fundamental para avanzar hacia un país más equitativo.

Arturo I. Castro Martínez

Profesor y Licenciado en Historia, Geografía y Ciencias Sociales, especialista en Historia Contemporánea y Mundo Actual de la Universidad de Barcelona.
Magíster en Dirección y Liderazgo para la Gestión Educacional ©.

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