Hay algo profundamente falso en la etiqueta de "Nuevas Derechas" que inunda el vocabulario político contemporáneo. Como esos productos que prometen ser "nueva fórmula" cuando apenas han cambiado el empaque, estas derechas venden como innovación lo que no es más que la reedición actualizada de los clásicos del conservadurismo autoritario del siglo XX.
Observemos por un momento el repertorio: odio al diferente, nacionalismo de trinchera, anticomunismo paranoico, golpismo cuando pierden y censura cuando pueden. ¿Nos suena nuevo?
Es el mismo libreto que funcionó desde Mussolini hasta Pinochet, solo que ahora tiene cuenta de Twitter y algoritmos en Facebook.
El odio como marca registrada
Empecemos por lo evidente: el odio programático hacia todo lo que escape de la norma heterosexual, blanca, cristiana y patriarcal. Las leyes "Don’t Say Gay" de Florida son hermanas gemelas de las persecuciones contra homosexuales de los años cincuenta. Los discursos de Trump sobre los inmigrantes que "envenenan la sangre" del país replican textualmente la retórica nazi sobre la pureza racial. Y cuando Bolsonaro declaraba que prefería un hijo muerto a uno homosexual, no estaba innovando nada: estaba recitando el manual de odio conservador de toda la vida.
La diferencia es que ahora estos discursos viajan a la velocidad de la luz por redes sociales, se viralizan, se convierten en memes. Pero el contenido es el mismo: el terror ancestral del conservadurismo ante cualquier cosa que desafíe el orden establecido.
El fantasma comunista que nunca se fue
Y hablando de terrores ancestrales, ¿qué sería de la derecha sin su obsesión anticomunista? Es fascinante cómo logran ver marxistas por todos lados: en las políticas de salud pública ("medicina socializada"), en la educación sexual ("ideología de género"), en las medidas ambientales ("ecocomunismo"), hasta en los programas de comedias nocturnas.
Cuando Trump califica como "radical left" a Joe Biden —un político que en cualquier país europeo sería considerado de centro-derecha—, no está describiendo la realidad: está activando el viejo reflejo pavloviano del anticomunismo. Es la misma técnica que usó McCarthy en los años cincuenta, que emplearon las dictaduras latinoamericanas en los setenta, que Bolsonaro perfeccionó hasta convertir en comunista a cualquiera que defendiera la vacunación.
La patria como bunker
El nacionalismo que proponen tampoco tiene nada de nuevo. Es el mismo nacionalismo excluyente y paranoico que construye la identidad nacional sobre la base del rechazo al otro. "America First", el Brexit, "Brasil acima de tudo": fórmulas que prometen grandeza nacional a través del aislamiento y la xenofobia.
Pero hay algo particularmente perverso en este nacionalismo: se presenta como amor a la patria cuando en realidad es terror a la diversidad. Estos nacionalistas no aman a sus países; los temen. Temen que la inmigración los cambie, que la globalización los diluya, que la modernidad los vuelva irreconocibles. Por eso construyen muros, por eso hablan de "invasiones" y "reemplazos".
Cuando la democracia estorba
Y cuando este proyecto nacionalista-conservador no logra imponerse por las urnas, aparece la tentación golpista. Ahí está Bolsonaro, condenado a 27 años de cárcel por intentar derrocar un gobierno democráticamente elegido. Ahí está Trump, instigando el asalto al Capitolio cuando no pudo aceptar su derrota electoral.
No es casualidad. La derecha autoritaria siempre ha tenido una relación instrumental con la democracia: la acepta cuando gana, la cuestiona cuando pierde. Los golpes de Estado en Chile, Argentina y Brasil en los años setenta siguieron exactamente el mismo patrón: deslegitimar las instituciones, movilizar a los sectores conservadores de la sociedad civil y, finalmente, llamar a los militares para que "restauren el orden".
La libertad de expresión... para ellos
Pero quizás donde más se evidencia la continuidad con el pasado es en su relación con la cultura y la libertad de expresión. Estos mismos sectores que se quejan de la "censura progresista" son los que suspenden a Jimmy Kimmel por hacer chistes sobre Trump, los que prohíben libros en las bibliotecas públicas, los que atacan a universidades por permitir el pensamiento crítico.
Es la misma lógica de siempre: libertad total para difundir sus ideas, censura sistemática para todo lo que las cuestione. En los años setenta quemaban libros "subversivos"; ahora los retiran de las bibliotecas escolares. En los ochenta perseguían a artistas "comunistas"; ahora los cancelan por "woke".
Copacabana como respuesta
Frente a esta continuidad depresiva del autoritarismo conservador, vale la pena recordar que en el encuentro fuera de las pantallas del móvil se sigue construyendo pertenencia. El masivo recital que Caetano Veloso, Gilberto Gil, Chico Buarque y otros íconos de la música popular brasileña dieron en Copacabana es un canto de resistencia.
Ahí estaban, en las arenas de Copacabana, millones de brasileños de todas las edades, y colores, cantando juntos las canciones que definen la identidad cultural del país. No había muros, no había exclusiones, no había enemigos internos o externos. Solo la música de un Brasil plural, mestizo, alegre plantando futuro en contra de la impunidad. Ese Brasil de Copacabana es el antídoto perfecto contra el Brasil de Bolsonaro. Es la demostración viviente de que se puede amar la patria sin odiar al diferente, que la identidad nacional se construye sobre la inclusión y no sobre la exclusión.
La trampa de la novedad
Entonces, cuando nos hablen de "Nuevas Derechas", recordemos que no hay nada nuevo bajo el sol conservador. Son las mismas derechas de siempre, con los mismos miedos de siempre, vendiendo las mismas recetas autoritarias de siempre. La única novedad es su capacidad para adaptar viejos prejuicios a las ansiedades contemporáneas y para usar las nuevas tecnologías para difundir mensajes muy antiguos.
La resistencia a estas viejas derechas disfrazadas de nuevo desde el brillo de sus smartphone y ejércitos de frustrados e insatisfechos bot es seguir cantando en comunidad que “Apesar de você, Amanhã há de ser outro dia”.
Benjamín Oliva
Santiago, 21 de septiembre de 2025.
