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¿Obedecer ciegamente al pueblo? Por Juan Pablo Cárdenas S.

La historia parece demostrarnos que no siempre o, más bien, muy pocas veces los pueblos tienen la razón. De otra manera las guerras y otras graves aberraciones cometidas en contra de la humanidad no podrían haberse ejecutado. En el siglo XX, considerado el más cruel y violento de todos, millones de seres humanos fueron condenados a la muerte, a la esclavitud, a los campos de tortura y exterminio, como a los caprichos de los más tenebrosos dictadores, a menudo en nombre de sus propios súbditos o incluso pretextando la voluntad de Dios.

Prácticas como la Inquisición, la discriminación racial y tantas otras aberraciones fueron alentadas y vitoreadas por los pueblos. De forma que el nazismo, sin ir más lejos, se sabe que alcanzó masiva adhesión ciudadana, de la misma forma que varios tiranos de nuestro Continente se alzaron y enseñorearon apoyados por las masas jubilosas. Ejemplo sobran y no vale la pena rememorarnos.

De esta manera es que nos parece equivocado cuando los gobernantes y los políticos en general echan por la borda sus idearios políticos a fin de “obedecer la voluntad de sus pueblos”. Lo peor es que con ello siempre presumen de adoptar una conducta democrática, como si ello consistiera en desdecirse e incumplir de sus promesas ante las mayorías circunstanciales, como si las grandes transformaciones no hubieren resultado siempre de la visión profética e, incluso, del voluntarismo de líderes políticos y sociales.

Nuestros Padres de la Patria hasta murieron en la incomprensión y el repudio de sus naciones. Un Martin Luther King fue repudiado hasta por la propia población negra estadounidense, así como los reconstructores de la Europa de la posguerra tuvieron que exiliarse y bregar muchos años para conseguir el apoyo popular, ensoberbecido tantos años por los triunfos y crímenes de Hitler, Mussolini y Stalin.

En varios medios de prensa hoy en Chile se critica cuanto se alaba el cambio operado entre el Boric candidato y el Boric presidente. El hecho que ayer haya abogado por controlar los despropósitos cometidos por las policías y hoy se asuma como su gran patrono desde el Estado. Por el hecho de haber alcanzado a indultar, como lo había prometido, a algunos presos del Estallido Social y ahora su gobierno convenga en que no va a seguir ejerciendo esta facultad presidencial. Que cercanos colaboradores suyos hayan proclamado su superioridad moral en relación a los gobernantes de la Concertación y Nueva Mayoría, y ahora representativas figuras de los gobiernos anteriores se hayan incorporado a los primeros cargos del Ejecutivo, desplazando a aquellos que forman parte de los sectores de izquierda que realmente ganaron las últimas elecciones presidenciales.

Quizás si en la congruencia que se debe tener entre lo que se prometió y se hace posteriormente sea donde radica el verdadero liderazgo y aplomo de estadista de los gobernantes. En la capacidad de convencer a sus naciones, impedir que éstas se rindan a los sectores retardatarios, se amedrenten por sus campañas de terror y conspiración golpista. A imponerse sobre los aviesos propósitos de la prensa adicta a los que se oponen desvergonzadamente a la justicia social, a la posibilidad de una reforma tributaria efectiva, a una redistribución certera del ingreso nacional, como a implementar una economía y relaciones internacionales que velen por los intereses del país, sin arrodillarse frente a las potencias hegemónicas y las empresas transnacionales.

En este sentido nuestra propia evolución política e institucional nos puede dar luces respecto de un mandatario como Gabriel González Videla que llegó a La Moneda en brazos del pueblo y de los partidos de izquierda para terminar sirviendo a los sectores más pudientes y reaccionarios, confinando en campos de concentración a los comunistas y otros. Todo para completar su período presidencial, aunque a la postre resultara sindicado como un gran traidor. ¿No son mucho más dignos que él otros correligionarios suyos que impulsaron reformas como la educacional y el desarrollo de una empresa estatal tan señera como la Corporación de Fomento de la Producción?

Pude ser que lo sucedido a Salvador Allende haya inhibido a quienes después de Pinochet gobernaron en el constante miedo a que los militares abortaran su gestión, dejando de realizar un cúmulo inmenso de compromisos asumidos ante el pueblo. Ante ellos no cabe duda que el gobierno malogrado de la Unidad Popular sembró ideas y esperanzas que hasta hoy se mantienen vigentes y radican en la conciencia popular. A pesar de que hoy nuestra población esté acosada por el temor, la delincuencia y fenómenos como el narcotráfico, que justamente se incoaron en los gobiernos timoratos y la descomposición moral de la posdictadura.

Si después de la actual administración triunfa la más extrema derecha se deberá fundamentalmente a la debilidad y el zigzagueo de quienes nos gobiernan. Por su falta de consistencia y consecuencia. Ciertamente, la democracia no consiste en ir consintiendo con los estados de ánimo circunstanciales, las mentiras y la propaganda multimillonaria de quienes son refractarios a los cambios y siempre alentados desde el exterior. Lo democrático es respetar la voluntad electoral, pero para cumplir después con lo comprometido.

Más nos vale la derrota que las defecciones.

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