Los objetos —cosas, cultura material, cultura visual, materialidades, arte; llamémoslos como queramos— cargan con una densidad que no es siempre aparente. Hay una especie de hechizo, con el que algunos de ellos nos encantan. Esta “magia” de las cosas nos afecta a todos, de formas particulares, a veces únicas, con mayor o menor intensidad. Y es precisamente esa afectación la que se hace presente en el libro-objeto, libro-talismán, libro-quimera de Francisca Márquez (2026).
Conviene partir por el gesto que, a mi juicio, sostiene todo este libro. En la introducción, la autora señala que Objetos de memoria es “una invitación a pensar los objetos no solo como vestigios, sino también como ficciones materiales, prototipos de mundos posibles, nodos vibrantes en la trama de la vida urbana”]. Sin embargo, el libro hace algo todavía más radical: invita a pensar con los objetos, entendiéndolos como compañeros de historias, o incluso, de la Historia.
Pensar con los objetos implica atravesarlos, rodearlos —como sugiere la propia autora—, escudriñar tanto su materialidad como los contextos que los activan y reactivan. En ese recorrido, el objetivo no es necesariamente saber más sobre los objetos en sí, sino comprender algo más profundo: cómo nos relacionamos con la memoria, con el tiempo y, en última instancia, con nosotros mismos. Se trata de un ejercicio antropológico que remite a las etnografías clásicas interesadas en las prácticas materiales como vía para comprender dimensiones profundas de la vida social. Podría hablarse, en ese sentido, de una propuesta materialista que entiende que la vida social se ejecuta en un entorno densamente poblado de objetos, capaces de activar y movilizar memorias y deseos.
Ese desplazamiento queda particularmente claro en una de las preguntas que plantea la autora: cuando el objeto se desprende de su materia, ¿cómo puede esa arcilla fragmentada o ese polvo arenoso seguir siendo llamado vasija? Aquí se abre un problema fundamental: qué papel juega la materia en la definición o existencia de un objeto, qué agencia tiene, qué hace. Es una pregunta ontológica, una reflexión sobre el ser. Muchos arqueólogos y arqueólogas probablemente discreparán, pero podría decirse que ahí reside también una dimensión central de la arqueología: además de producir discursos coherentes y consistentes sobre el pasado, es una forma de filosofía con las cosas, una disciplina heurística y material. En Objetos de memoria, Francisca Márquez desarrolla una mirada que podría calificarse como arqueológica, ya presente en trabajos anteriores sobre ruinas urbanas o sobre la visualidad del Estallido Social.
El libro dialoga con debates contemporáneos sobre materialidad, agencia y nuevos materialismos, donde la materia deja de concebirse como soporte pasivo para pensarse como proceso, como fuerza que transforma y afecta. En Objetos de memoria, la arcilla, el polvo, el plumavit o el incienso operan como agentes que desestabilizan categorías y devienen en pulsos materiales cuyos efectos la autora intuye y despliega como evocaciones o ecos de distintos tiempos.
Una preocupación en la obra de Márquez es la ciudad, y ello se refleja con fuerza en este libro. La ciudad latinoamericana aparece marcada por ruinas, restos y escombros, pero estos fragmentos no son tratados como residuos, sino como elementos valiosos, incluso bellos. No se trata de una provocación estética gratuita. En ciudades atravesadas por la desidia, la violencia o la mercantilización total del espacio, la ruina emerge como una porfía del pasado, pero también de lo abyecto. Más allá del romanticismo, lo ruinoso recuerda que habitamos espacios densos, complejos y contradictorios.
En este contexto resulta clave la reflexión sobre el “ritual de la museificación”, especialmente en el capítulo dedicado a los enseres y a la Villa San Luis. La museificación aparece como promesa: la idea de que convertir algo en patrimonio garantizaría su cuidado, su permanencia, su sentido. Sin embargo, podemos también preguntarnos por qué ese ritual sigue siendo tan deseado y qué tipo de redención se espera del museo, del archivo o de la vitrina. Muchos de los objetos que la autora interroga forman parte de circuitos de valor y de intercambio donde la patrimonialización institucional no alcanza —o no alcanza del todo— a operar.
En ese marco, adquiere fuerza la noción de contramonumento, utilizada para analizar ejercicios de arte y memoria en Bogotá y las esculturas talladas en madera ubicadas al poniente de la Plaza Dignidad/Italia/Baquedano durante el Estallido Social. Los objetos que aparecen en Objetos de memoria no monumentalizan el pasado; en lugar de clausurarlo, lo mantienen abierto, incómodo, molesto. Awayus, globos oculares, cornisas o narcosouvenirs se activan para contar otras historias y evocar memorias desplazadas.
La relación contemporánea con los objetos se inscribe, como ha planteado Byung-Chul Han, en una condición hipercultural marcada por la desespacialización y la eliminación del aura. En este régimen, las cosas se desprenden de su lugar, de su tiempo y de sus contextos rituales, y se disponen en una yuxtaposición simultánea donde el “aquí y ahora” se vuelve repetible y pierde su singularidad. La hipercultura, señala Han, no es tanto una pérdida como otra forma del ser: una hiperpresencia donde lo distinto se acumula y se vuelve disponible.
Lo interesante es que Objetos de memoria no niega esa condición, pero tampoco se instala cómodamente en ella. Los objetos que Márquez convoca —escombros, talismanes, falsos históricos— conservan densidad, fricción, resistencia y aun arrancados de su lugar original, siguen produciendo afectación y distancia. En un mundo hipercultural que promete cercanía absoluta, estos objetos, vistos con los ojos de Francisca, reinstalan la demora y obligan a una mirada cuidadosa.
La inestabilidad se traduce en una experiencia de lectura que puede heterotópica y heterocrónica. En el libro coexisten tiempos dispares, memorias superpuestas y escalas que no encajan del todo. Se configura así un bricolaje, una red de relaciones que conecta un carcaj ariqueño de hace dos mil años con calcetines zurcidos en los años setenta o con un museo novelesco en Estambul. Márquez construye, sin temor, su propio museo.
Como todo museo, sin embargo, en este también habitan espectros. Más allá del capítulo dedicado al siluetazo y a esos espectros que circulan en Buenos Aires para recordar a los desaparecidos de la dictadura, la condición espectral atraviesa todo el inventario. Muchos de estos objetos son presencias ausentes: aparecen porque algo falta, porque algo fue destruido o silenciado. Esto se vuelve especialmente evidente en el capítulo sobre el sonajero y el paisaje sonoro de la revuelta: un espacio polifónico y heterocrónico donde conviven canciones de los años setenta, consignas actuales e imaginarios visuales diversos. La revuelta emerge allí como un carnaval de objetos y signos del pasado y del presente, cargado de una promesa de futuro que, por ahora, permanece suspendida… ¿otro espectro?
En este recorrido por la memoria y los contramonumentos, la autora introduce en el capítulo sobre el plumavit la noción de “falsos históricos”: fachadas patrimoniales y escenografías del pasado que operan como contranarrativas engañosas. Como escribe Márquez, estos “cuestionan las narrativas sobre lo auténtico y el origen incontaminado en la construcción y legitimación de los Estados-nación”. Son, además, dispositivos ideológicos: puestas en escena que buscan tranquilizar y mantener, a costa de la verdad, un determinado status quo que favorece sobre todo a las élites y sus casonas decimonónicas. La referencia a Debord y a la sociedad del espectáculo resulta aquí inevitable.
Y, sin embargo, a pesar de estas imposturas, violencias y omisiones, el libro despliega una belleza inesperada que surge de la atención, del cuidado y de una forma muy precisa de mirar. En el capítulo dedicado al incienso, por ejemplo, el tiempo aparece como olor. Esa imagen —el tiempo-olor— no es una metáfora ni una teoría, sino una experiencia vivida: el tiempo se vuelve cosa, humo. Es en esa mirada afinada y paciente donde Márquez logra que el tiempo pase solo por la mente, sino también por el cuerpo.
Tal vez la mejor forma de cerrar sea pensar el propio libro como un objeto. Objetos de memoria funciona como una quimera, en el sentido propuesto por el antropólogo Carlo Severi: un híbrido hecho de evocaciones, fragmentos e imágenes que no se unifican del todo, pero que activan la memoria precisamente por esa condición compuesta. Un inventario poético, un museo portátil, casi un almanaque. Como escribe José Santos-Herceg en el epílogo del libro, el lector puede “saltar de una cosa a otra al azar o por capricho, y abrir nuevas relaciones intuitivas”, ensayando su propia curaduría.
“[Un talismán] materializa los espacios de tránsito donde se cruzan el aquí y el allá, lo vivido y lo imaginado, lo propio y lo ajeno”. Al recordar los objetos de algunos colegas, Márquez parece estar describiendo también su propio libro: un cruce de tiempos, espacios y devenires que no conduce a una conclusión, sino que sostiene un desplazamiento atento, sin prisa y, afortunadamente, sin una meta predeterminada. Ahí reside, quizá, su mayor potencia. Objetos de memoria no busca cerrar sentidos ni ofrecer respuestas definitivas; permite, más bien, que los objetos —esos restos, esas ruinas, esos fragmentos— sigan trabajando en y con nosotros, alojándose en la memoria y activando resonancias que persisten mucho después de haber cerrado el libro.
Felipe Armstrong B., Curador jefe. Museo Chileno de Arte Precolombino
