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Ondeando otra bandera: fútbol formativo, educación y formación humana. Por Alberto Moreno Doña

En los últimos días, mientras recorría algunos campos de fútbol formativo (esos lugares donde todavía conviven la ilusión infantil, la tierra húmeda y los sueños desmedidos de familias enteras), fui observando las discusiones que surgieron tras la imagen de Lamine Yamal ondeando una bandera de Palestina durante las celebraciones del FC Barcelona luego de conquistar el campeonato de liga en España.

Como ocurre casi siempre en estos casos, las reacciones parecían repetirse siguiendo un libreto conocido de antemano. Aparecieron rápidamente las voces que sostienen que los futbolistas deberían limitarse únicamente a jugar, que no les corresponde intervenir en asuntos políticos, que no poseen la formación suficiente para opinar sobre conflictos complejos o, quizá lo más frecuente de todas, que por ser referentes de niños y jóvenes tendrían la obligación de mantenerse ‘neutrales’ frente a cualquier posicionamiento público. Son discursos que regresan una y otra vez, como si el hecho de dedicarse al deporte implicara, automáticamente, renunciar a la condición de ciudadano.

Personalmente, no tengo dudas respecto de aquello. Creo profundamente que cualquier persona, independientemente de su profesión, oficio o lugar social, tiene el derecho y también la responsabilidad ética de expresar lo que piensa, sobre todo cuando se trata de asuntos vinculados a la dignidad humana, la justicia o la violencia. Sin embargo, más allá de la discusión puntual sobre la legitimidad del gesto realizado por Yamal, hay otra cuestión que me parece aún más importante y que rara vez ocupa el centro del debate: ¿cuán preparados están realmente muchos futbolistas para construir opiniones complejas sobre los temas que atraviesan la vida social y política contemporánea? Y, sobre todo, ¿qué tipo de formación humana están ofreciendo hoy los clubes de fútbol a los jóvenes que pasan gran parte de su adolescencia dentro de esas instituciones?

En otras ocasiones he escrito sobre ciertas debilidades presentes en la formación táctica, técnica o física dentro del fútbol formativo . Pero hoy quisiera detenerme en otro asunto, quizá menos visible y mucho más profundo: una práctica que se ha ido normalizando silenciosamente en distintos clubes de Chile a partir de los quince años y que pocas veces es conocida, discutida o cuestionada públicamente. Muchas madres y padres, aferrados legítimamente a la esperanza de que sus hijos puedan llegar algún día al profesionalismo, terminan aceptando situaciones que probablemente no aceptarían en ningún otro ámbito de la vida de sus hijos.

Conviene comenzar por una verdad incómoda, una de esas cifras que todos conocen pero que pocas veces se miran de frente: menos del uno por ciento de los niños y adolescentes que practican fútbol en edades formativas llegarán efectivamente a convertirse en futbolistas profesionales. Pero la crudeza de ese dato no reside únicamente en la escasa cantidad de quienes logran alcanzar ese destino. La verdadera dureza aparece cuando uno piensa en todo aquello que miles de jóvenes dejan de vivir, postergan o sacrifican mientras persiguen una posibilidad estadísticamente mínima. Porque detrás de cada entrenamiento, de cada prueba, de cada traslado y de cada renuncia cotidiana, existe una vida que también está ocurriendo fuera del fútbol: amistades que se debilitan, experiencias escolares que se pierden, tiempos familiares que desaparecen y formas diversas de descubrir el mundo que quedan suspendidas en nombre de un sueño incierto.

Por eso, cuando se habla de “formación” en el fútbol, quizá la pregunta más importante no debería ser únicamente cuántos jugadores profesionales produce un club. Tal vez la verdadera pregunta sea otra: ¿qué tipo de seres humanos está formando esa institución para enfrentar la vida cuando el fútbol (como sucede en la inmensa mayoría de los casos) deja de ser una posibilidad profesional? Porque educar no puede reducirse jamás a producir rendimiento deportivo. Educar implica preparar a las personas para habitar críticamente el mundo, comprenderlo, transformarlo y también sostenerse emocionalmente cuando los proyectos fracasan o se derrumban.

El problema que quisiera abordar aquí tiene relación con la decisión que han tomado varios clubes chilenos (digamos algunos, para no caer en generalizaciones injustas) de trasladar los entrenamientos a horarios de mañana, coincidiendo directamente con la jornada escolar de adolescentes de quince o dieciséis años. Formalmente, siempre existen argumentos para justificar la medida: establecimientos con horarios vespertinos, sistemas flexibles de estudio o alternativas de nivelación escolar. Pero detenerse únicamente en esas explicaciones administrativas impide comprender lo verdaderamente importante.
Porque el problema no es simplemente un cambio de horario. Lo que está en juego es algo mucho más profundo: la manera en que ciertas instituciones comienzan a reorganizar, lenta y silenciosamente, la vida completa de niños y adolescentes alrededor de un sueño que casi nunca termina concretándose.

La educación obligatoria constituye un derecho universal y una conquista histórica fundamental. Es cierto que ningún club obliga explícitamente a un joven a escoger el fútbol por encima de la educación formal. Pero también es cierto que muchas veces generan condiciones que empujan, casi inevitablemente, a tomar esa decisión. Y allí aparece una tensión ética que rara vez se discute con suficiente honestidad. Porque, en la práctica, muchas familias terminan enfrentadas a dos únicas alternativas posibles: cambiar a sus hijos de establecimiento educacional o incorporarlos a modalidades escolares reducidas, como el llamado “2x1”.

En el primer caso, el costo suele ser profundamente afectivo: abandonar amistades, romper redes de pertenencia, distanciarse de comunidades escolares construidas durante años y comenzar nuevamente en espacios muchas veces pensados sólo para compatibilizar horarios. En el segundo caso, lo que frecuentemente termina debilitándose es la propia experiencia educativa. La escuela deja de ser un espacio de encuentro, descubrimiento y formación integral para convertirse apenas en un requisito administrativo que debe resolverse rápidamente para seguir entrenando.

Así, casi sin que nadie lo note demasiado, la educación formal comienza a ocupar un lugar secundario en la vida de muchos adolescentes. La escuela pasa a ser aquello que ‘hay que cumplir’, pero que ya no emociona, que ya no parece tener sentido, que consume tiempo y energía que podrían invertirse en el verdadero objetivo: llegar al profesionalismo. Y esa idea, aparentemente inocente, termina moldeando subjetividades enteras. Poco a poco se instala la sensación de que estudiar constituye un obstáculo para alcanzar los sueños personales, como si educarse y desarrollarse intelectualmente fueran dimensiones incompatibles con el deporte de alto rendimiento. Y quizá allí radique una de las derrotas culturales más profundas de este modelo. Porque ningún adolescente debería crecer sintiendo que aprender constituye una amenaza para aquello que ama.

Es precisamente en este punto donde emerge una pregunta inevitable: ¿qué responsabilidad social tienen hoy los clubes de fútbol? Porque si una institución ocupa cada vez más espacio en la vida cotidiana de niños y jóvenes, entonces también debería asumir responsabilidades mucho más amplias que simplemente entrenar deportistas. No basta con enseñar disciplina, competencia o rendimiento. No basta con formar atletas capaces de sostener altas exigencias físicas. También habría que formar personas capaces de pensar críticamente, de comprender las complejidades del mundo contemporáneo, de convivir con la diferencia, de defender la justicia, la igualdad y la libertad desde convicciones profundas y no desde simples gestos superficiales reproducidos por el espectáculo deportivo. Tal vez entonces levantar una bandera, cualquiera sea, podría convertirse verdaderamente en un acto consciente, reflexivo y políticamente situado, y no sólo en una imagen fugaz consumida por redes sociales y programas deportivos.

Las consecuencias de todo esto son tan evidentes como dolorosas. Quienes no logren convertirse en futbolistas profesionales, es decir, prácticamente todos los niños y jóvenes que hoy entrenan soñando con vivir del fútbol, deberán enfrentarse, tarde o temprano, al derrumbe de ese proyecto de vida. Y muchos lo harán habiendo debilitado significativamente otras herramientas fundamentales para desenvolverse con autonomía en la adultez. Durante años habrán escuchado que la disciplina, el esfuerzo y el compromiso aprendidos dentro de la cancha bastarán para resolver cualquier desafío futuro. Y aunque esos aprendizajes poseen un valor indiscutible, resultan claramente insuficientes cuando no van acompañados de una formación educativa, cultural y humana sólida.

El problema es que numerosos jóvenes crecieron subordinando su escolaridad, sus vínculos sociales y experiencias esenciales de desarrollo a una promesa de éxito extraordinariamente improbable. Entonces, cuando el fútbol termina (muchas veces de manera silenciosa, abrupta y sin acompañamiento alguno) no sólo desaparece la posibilidad de una carrera profesional. Lo que emerge también es un vacío identitario, educativo y emocional enorme, frente al cual ni los clubes ni el propio sistema parecen estar realmente preparados. Y quizá allí, precisamente allí, se encuentre una de las preguntas más urgentes que el fútbol formativo debería comenzar a hacerse sobre sí mismo. Por eso, quizá ha llegado el momento de ondear otra bandera: la de una educación compleja, integral y profundamente comprometida con la vida de todos los niños y niñas de Chile. La de quienes juegan fútbol y la de quienes no. La de quienes llegarán al profesionalismo y, sobre todo, la de quienes nunca llegarán, pero igualmente merecen construir una vida digna, crítica, autónoma y llena de posibilidades. Frente a esta realidad, los clubes deportivos no pueden seguir guardando silencio. También ellos deben asumir un compromiso ético y social con el bienestar presente y futuro de los niños, niñas y jóvenes que hoy depositan en el fútbol buena parte de sus sueños, sus afectos y su proyecto de vida.

Dr. Alberto Moreno Doña

Universidad de Valparaíso

alberto.moreno@uv.cl

https://albertomorenodona.com/

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