El domingo 15 de marzo recién pasado se llevó a cabo una ceremonia religiosa que pasó casi inadvertida para la mayoría de los chilenos: el “Culto de Acción de Gracias y Oración por el Gobierno”. En ella participaron autoridades de los tres poderes del Estado, junto a representantes de las Fuerzas Armadas, de orden y seguridad, acompañando al recién asumido Presidente de la República, José Antonio Kast.
El acto, sin embargo, no es un hecho aislado. Se inscribe en una aspiración histórica de sectores del mundo evangélico chileno: acceder a un estatus institucional equivalente al de la Iglesia Católica, que cada 12 de marzo celebra la tradicional “Oración por Chile” en la Catedral de Santiago como parte de los ritos republicanos.
De esa competencia entre cristianismos nació, décadas atrás, el mal llamado “Te Deum Evangélico”, que adoptó —no sin paradoja— el nombre de un rito católico para disputar presencia en las ceremonias oficiales de Fiestas Patrias. Su origen, sin embargo, no es neutro: el primer Te Deum Evangélico de 1974 se realizó tras un irrestricto y vergonzoso apoyo al régimen de Augusto Pinochet, en un contexto donde miles de chilenos —evangélicos incluidos— eran perseguidos, torturados o asesinados.
Poco se recuerda que ese mismo proceso estuvo marcado por el asesinato y desaparición unos meses antes del pastor mapuche José Matías Ñanco, el 31 de octubre de 1973. Décadas después, esa fecha sería resignificada cuando la presidenta Michelle Bachelet la estableció como el Día Nacional de las Iglesias Evangélicas y Protestantes. La historia, a veces, parece intentar corregirse a sí misma.
Pero también —como advirtió un célebre filósofo— suele repetirse: primero como tragedia, luego como farsa.
Este año, en el contexto de la asunción de Kast, sectores del evangelicalismo conservador parecen haber alcanzado un nuevo nivel de influencia. La ceremonia se realizó en el templo de la Iglesia de Cristo Centro Cristiano Internacional, liderada por el apóstol Billy Bunster, reconocido adherente del mandatario, quien no ocultó su emoción: “esperé muchos años” este momento.
El problema no es la oración. Tampoco la legítima expresión religiosa en el espacio público. El problema es otra cosa: la transformación del líder político en una figura revestida de unción divina.
Lo que se presenció no fue solo un acto litúrgico, sino un gesto teológico preciso. En la tradición evangélica, la unción implica el reconocimiento de un liderazgo escogido para conducir al pueblo de Dios. No resulta casual que el obispo Héctor Cancino apelara a la figura bíblica de Caleb para ilustrar el tipo de liderazgo que encarna el nuevo gobernante.
Se trata, en los hechos, de un desplazamiento peligroso: del ciudadano investido por la democracia, al ungido investido por la voluntad divina.
En ese marco, no sorprende el nombramiento de autoridades religiosas en espacios institucionales como la Oficina Nacional de Asuntos Religiosos, particularmente cuando sus doctrinas promueven explícitamente la idea de “formar discípulos con mentalidad de gobierno para influir en la sociedad”.
Aquí no estamos ante una simple coincidencia entre fe y política. Estamos frente a una teología del poder.
Una teología que sostiene que ciertos actores han sido elegidos por Dios para conducir la historia, y que —en alianza con liderazgos políticos adecuados— pueden preparar el camino para el cumplimiento de las profecías del Apocalipsis. El fin de los tiempos deja de ser metáfora para convertirse en programa de Gobierno.
En esa narrativa, Kast no es solo un presidente: es parte de un destino.
El problema es que estas convicciones no se agotan en el plano simbólico. Durante la ceremonia se hizo referencia explícita al escenario internacional, con ovaciones dirigidas a representantes de Estados Unidos e Israel, acompañadas de declaraciones de adhesión que olvidan la sangre inocente que mancha las manos de los líderes de ambos países. No se trata de gestos inocuos: responden a la misma arquitectura teológica que ubica a estos países como protagonistas de una batalla final entre el bien y el mal.
Así, la política exterior, la religión y la escatología se entrelazan en un mismo relato.
Mientras tanto, en el mundo real, la sangre sigue corriendo en Medio Oriente, y millones de personas sufren las consecuencias concretas de conflictos que algunos interpretan como cumplimiento profético.
La fe, cuando se convierte en certeza absoluta sobre el fin del mundo, deja de ser consuelo y se transforma en justificación del mal.
Y en ese tránsito, el dolor humano corre el riesgo de volverse un daño colateral aceptable.
Frente a esto, quienes aún creemos —y también quienes no— tenemos el derecho y el deber de preguntar: ¿qué lugar le queda a la dignidad humana cuando el poder se ejerce en nombre de Dios?
No olvidemos, que como relata el Génesis, la sangre derramada injustamente clama a Dios desde la Tierra por justicia. Todo, mientras el delirio teocrático de los seguidores de Kast, hace oídos sordos.
