El investigador y autor de “Cuando el crimen reza” profundiza en los espacios de la fe y el dogma del crimen organizado en busca de los ritos y cultos que impulsan a las bandas de la región. Un credo del hampa que “asume una función anestésica que reduce la culpa, normaliza y vuelve cotidiano lo que antes era impensable”, explica.
El fenómeno del crimen organizado en América Latina ha dejado de ser un asunto estrictamente policial para transformarse en un enigma antropológico y cultural que desafía las fronteras de lo académico. En Chile, esta urgencia ha permeado la esfera investigativa apuntando las últimas convocatorias del concurso de las Becas Chile hacia temáticas relativas a políticas de seguridad como áreas prioritarias junto a la Inteligencia Artificial. Esta respuesta institucional frente al fenómeno del delito ya no solo se manifiesta en los titulares de la crónica roja, sino en una compleja red de motivaciones, fe y gobernanzas paralelas, estima Pablo Zeballos, el autor de "Cuando el crimen reza" (Catalonia). Investigador de campo y especialista en estructuras delictivas, el experto propone mirar bajo el sustrato del crimen organizado en busca de los ritos y cultos que impulsan (y protegen) a las bandas de la región.
Zeballos aborda un concepto revelador al que denomina la "narcorreligiosidad", una especie de fe institucional que es a su vez estrategia de supervivencia y que, señala, nace en los márgenes cuando las instituciones humanas como la justicia, la policía, la salud pública fallan en proveer seguridad. Ahí el criminal busca en un ser superior la validación necesaria para enfrentar una vida marcada por la muerte inminente, estima. "En mi opinión, la primera idea que debemos tener presente al hablar de crimen organizado es que se trata de un fenómeno dinámico, adaptativo y fluctuante. Es como un virus, un “organismo vivo” que aprende, muta, se ajusta al entorno, detecta vacíos y los explota. Por eso, cuando hablamos de “gobernanza criminal” en Chile, no podemos pensar en una etapa única, lineal o homogénea", plantea.
Describe que hay zonas donde la criminalidad adquiere una característica oportunista y violenta que la hace muy visible en los medios lo que le permite, al mismo tiempo, anclarse y consolidarse en espacios selectivos. "Las economías ilícitas pasan a ser sistemas estables con redes de protección y cobro. Emerge una micro-gobernanza donde el Estado no desaparece, pero su presencia es intermitente o reactiva. Esa fragilidad permite que estructuras criminales administren parte del orden cotidiano", agrega respecto de como este panorama se va fortaleciendo.
• De acuerdo a su investigación el crimen organizado se concentra en el lucro y el control territorial. ¿En qué etapa de la “gobernanza criminal” se encuentra Chile hoy?
En una transición desigual, donde distintos territorios viven dinámicas completamente diferentes. Hay zonas donde la criminalidad organizada aún opera de manera oportunista y depredatoria, con expresiones violentas visibles, episodios intensos y de alto impacto mediático. Pero al mismo tiempo —y esto es lo más relevante— comienzan a consolidarse espacios donde el crimen organizado entra en una fase de anclaje territorial más selectivo. ¿A qué me refiero con esto? A que ciertas economías ilícitas dejan de ser eventos aislados y pasan a convertirse en sistemas medianamente estables con rentas sostenidas, rutinas criminales, redes de protección, mecanismos de cobro, control de flujos, y en algunos casos, capacidad de influir en el entorno inmediato. En estos lugares emerge una lógica de micro-gobernanza, allí el Estado no desaparece, pero su presencia se vuelve intermitente, frágil o reactiva; y esa intermitencia es suficiente para que estructuras criminales administren parte del orden cotidiano. Me parece más realista —y conceptualmente más pertinente— hablar de gobernanza extralegal. Esto porque las estructuras criminales no reemplazan completamente las funciones del Estado formal, sin embargo, son capaces —en ciertas zonas— de regular la vida cotidiana de comunidades sometidas. Lo hacen, por ejemplo, definiendo quién entra y quién no, quién y que puede vender, quién puede denunciar, qué se castiga, qué se tolera y qué se impone como norma. Y aquí aparece el punto más delicado, ya que en algunos territorios esas lógicas pueden operar incluso con mayor eficacia funcional que el Estado, especialmente allí donde la institucionalidad ha mantenido una ausencia prolongada o una presencia intermitente. Se instala entonces una dinámica perversa pero profundamente funcional ya que en esos espacios, el crimen organizado o la estructura dominante puede comenzar a ser percibida por parte de la comunidad como quien entrega respuestas inmediatas a necesidades concretas —crédito, “protección”, justicia y castigo, empleo, orden—. De esta manera, más allá del horror inicial que toda organización criminal impone, se va abriendo un terreno cultural y moral extremadamente difícil de revertir.
En la descripción de estructuras criminales que cuentan con sus propios ritos y cosmovisiones, existe desde su perspectiva, a nivel local, un perfil propio y característico del crimen organizado chileno?
Basado en la investigación de campo, existe un perfil local que ha ido mutando con rapidez y que hoy avanza hacia algo más híbrido, incluso sincrético. El punto de partida, por supuesto, es que “crimen organizado” no significa lo mismo para todos, ya que puede definirse desde lo jurídico, desde lo académico, desde los medios o desde el debate político. Pero sin entrar en esa discusión, lo que sí es evidente es que la delincuencia chilena y sus formas de asociatividad han experimentado transformaciones profundas en los últimos años, no solo en su morfología, sino también en su operatividad. En el país, las estructuras delictuales están variando en múltiples aspectos, por ejemplo en su asociatividad de una forma más bien familiar con fuerte identidad barrial, a redes más flexibles, donde lo central ya no es la pertenencia familiar, sino la funcionalidad y la experticia y eso es lo que genera pertenencia y luego identidad, allí es donde el componente ritualistico, cultural sirve para posicionarse y diferenciarse o también imitar.
Este giro ha reconfigurado los códigos tradicionales del hampa chilena y ha coincidido con una consolidación abrupta del narcotráfico no solo como economía principal, sino también como mecanismo de movilidad social, estatus y reconocimiento dentro del mundo criminal y el narcotráfico incorpora mucho de esas condiciones ritualisticas, devocionales, espirituales.
Ha podido reflexionar sobre cómo esta "nueva mística" y sus símbolos de devoción influyen, por ejemplo, en el reclutamiento de jóvenes, de jefas de hogar envueltas en economías ilícitas como forma legítima de supervivencia o -incluso- la fuerza institucional que se acerca a esta realidad?
Ese es precisamente el objetivo de esta investigación: tratar de plantear esa duda pero de una manera simple, ¿Qué tan importante es el plano simbólico en la atmósfera donde opera el crimen organizado?, yo estoy convencido de que no es un adorno, ni un folclor delirante para una anécdota curiosa de periódico como se ha analizado simplemente muchas veces. Para muchas estructuras criminales —consolidadas o en expansión— lo simbólico funciona como mecanismo de adhesión, protección, identidad, pertenencia y legitimidad.
Esa nueva mística o identidad que defino como narcorreligiosidad incorpora ritualismo, partitivas devocionales, amuletos, santos populares, estética digital, códigos, opera como un verdadero lenguaje emocional que protege psicológicamente, fortalece la pertenencia o permite franquear códigos morales, volviendo tolerable lo intolerable, entre otros efectos funcionales. Para un joven que entra al mundo criminal, el símbolo del grupo o el símbolo religioso que adopta —o que le imponen— no es necesariamente superstición y en muchos casos se vuelve una narrativa justificadora que le dice “esto soy”, “esto valgo”, “esto me cuida”, “aquí pertenezco”, “aquí gano respeto”, al punto que en estructuras criminales consolidadas como la mafia italianizante existe el “bautismo” cuando eres aceptado e ingresas a ellas. Por ello, los cruces en que se vinculan las estructuras de crimen organizado con las comunidades más vulnerables, a mi juicio, se han estudiado poco, o al menos se han abordado de manera convencional, sin una mirada más abierta.
Una función anestésica del fervor
En el imaginario de estas creencias y cada vez más en la cultura popular transmitida por los noticieros y los ritos propios del crimen organizado (narcofunerales, memoriales, mausoleos, etc) las comunidades presionadas por la precariedad y el abandono abrazan también estos espacios simbólicos de lo antisocial. Para Zevallos, lo simbólico también cumple un rol decisivo: “Se generan puntos de encuentro devocionales y, en ese espacio, la fe y el ritual pueden asumir una función anestésica, reduciendo la culpa, normalizando y volviendo cotidiano lo que antes era impensable. No porque exista una adhesión moral plena, sino porque se instala una ética de la necesidad: “no es bueno, pero es lo que hay… es lo que Dios me puso para salir de aquí o de esto”, explica.
Dice que ha apreciado en terreno cómo de manera esporádica se da un cruce con policías y soldados desplegados en estos entornos hostiles, quienes, entre el riesgo, la fatiga moral, la presión económica o la sensación de abandono institucional, se ven apelados por narrativas devocionales y prácticas religiosas que pueden convertirse en una promesa de identidad, pertenencia o incluso protección.
Hoy el gobierno se refiere en términos que abarcan también a la seguridad como "una batalla cultural". Cree que es un espacio de enfrentamiento de ideas con nuevos nuevos enfoques y metodologías? Hablar de “batalla cultural” en seguridad, puede tener sentido si se aborda desde una mirada analítica y no desde la trinchera política. Mi premisa es que la cultura ha adquirido un peso creciente en la criminalidad. Por décadas, la sociología explicó el delito principalmente por causas estructurales como la desigualdad, pobreza, exclusión. Sin negar eso, hoy debemos preguntarnos si en la atmósfera donde opera la delincuencia y el crimen organizado pueda tener aspectos de una cultura en expansión, con estética, lenguaje, códigos, prestigio y modelos aspiracionales que ya no están confinados a la pobreza o la marginalidad; es evidente que ha penetrado capas medias y hasta sectores altos de la sociedad. Un indicador visible es cómo el coa y el lenguaje surgido desde las cárceles se ha ido normalizado en la vida cotidiana e incluso en la disputa política en nuestro país.
Por eso, si entendemos la seguridad como disputa cultural, esto no se resuelve solo con más patrullaje, más penas o más cárceles. Lo cultural es disputa por el sentido, qué se admira, qué se tolera, qué se justifica, qué se calla. El crimen organizado entendió algo clave creo yo, si domina la narrativa local centrada en el quién “protege”, quién “manda”, quién es el enemigo, gana parte del territorio sin disparar un tiro. Esto obliga a nuevos enfoques y metodologías que incluyan inteligencia territorial y sociocultural, análisis de símbolos, etnografía aplicada, lectura de redes digitales, interrupción del reclutamiento y prevención que entienda a los jóvenes no como “riesgo”, sino como capital social en disputa, porque si estructuras del crimen organizado buscan explotar economías ilícitas en el tiempo requiere al menos dos factores corrupción y reclutamiento temprano de niños, niñas y adolescentes.Dónde debe actualizar metodologías y conocimientos la investigación de lavado de activos en tiempos donde el ecosistema comercial ya forma parte del crimen organizado de manera enquistada? Pienso aquí en las bandas y métodos importados desde China a Chile, recientemente, por ejemplo.
