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Pacífico-fiction. Por Ricardo Espinoza Lolas

… a Slavoj con “cariño” …

Cuando leo a Žižek, por ejemplo, sus análisis de cine, como los actuales de Indiana Jones, Barbie, Oppenheimer, no puedo dejar de pensar en lo que hace y cómo lo hace y para qué lo hace. En verdad, es siempre lo mismo, le gusta provocar al lector con su típico análisis de “contenido” que lo retuerce hasta estrujarlo al máximo, un análisis de lo que cuenta tal o cual film y en ello devela la lógica que está detrás, que siempre, obviamente, es la misma, por lo demás, una lógica ideológica que da de sí lo pulsional de cada uno y nos vuelve en capitalistas neuróticos (es casi como lo que hacen los antropólogos estructuralistas con los mitos, como Levi-Strauss y tantos lacanianos de lo simbólico). En esto radica, por años, el éxito de sus análisis (por ejemplo, desde The Matrix o Titanic) y, a la vez, su permanente fracaso en el tiempo y que hoy se agudiza de modo exponencial (¿será la edad que ya tiene el esloveno que en la propia lógica capitalista, que él rechaza abiertamente, luego la usa necesariamente para repetir el éxito acumulado de años y de este modo ganar y ser exitoso como un sujeto pensador en el mundo-mercado-nación y así sentirse bien consigo mismo?). Por una parte, fideliza a sus lectores de años que buscan y buscan lo mismo de su decir, a saber, desde el chiste vulgar de turno que se repite, una y otra vez, hasta la inversión dialéctica de lo que se propone para escandalizar al “buen” lector que se cree un “alma bella” no capitalista. Y, por otra parte, lo que hace Žižek con el cine, el caso de su análisis de Barbie, causa tedio y se vuelve añejo, porque en realidad no aporta nada de nada a lo que se quiere debatir respecto, por ejemplo, del capitalismo y patriarcado actual (pues, aunque él no lo quiera se vuelve en un pensador predecible y, por ende, del establishment); y lo que es peor, el film que analiza desaparece ante la lógica disparatada y desordenada, a lo Kusturica, del pensador esloveno que ya sabemos a dónde nos llevará: siempre conocemos de antemano el final del chiste (y eso es el fracaso de todo cómico, no olvidemos al pobre Arthur Fleck del Joker de Todd Phillips, 2019). Sin embargo, el cine no cansa y nunca deja de mostrarnos “algo”, aunque sea un film mediocre, en su materialidad visual, nos permite abrir nuestro aparentemente cerrado y colonizado inconsciente. Y si el film es una Obra de Arte nos estará siempre abriendo nuevos modos creativos de ser en medio de lo real junto a un Otro.

Me recodaba a Brandon ver la actuación de Benoît Magimel en Pacifiction de Albert Serra (2022), en los detalles corporales de su actuación, por ejemplo, sus desplazamientos, su modo de caminar, sus silencios y miradas prolongadas etéreas, esa inquietante ausencia de diálogo que taladra el plano a lo Antonioni, en sus movimientos corporales como en algunos films de Welles, ya cuando se muestra interpretando a su protagonista De Roller sobrevolando en una pequeña avioneta la isla o, en la noche, en la lancha en medio del mar nocturno que se lo va a engullir o, “surfeando” en la ola diáfana a plena luz del día que todo lo mueve e inseguriza, en esos juegos erotizados y queer con su Mahu, en su modo de comer y beber y de vestir y de pronunciar ciertas frases, en esos primeros planos y medios planos de él en medio de un todo brutal y abierto. Es un Marlon Brandon que se actualiza, nuevamente, en su amado Tahití con una no-historia de imagen y sensación sonora que nos lleva a lo profundo de nuestras tinieblas del presente que nos constituye.

El mismo personaje de De Roller junto con el de Shannah, que expresa magistralmente Pahoa Mahagafanau, el Mahu de la isla, es clave en lo que no se cuenta en el film, porque es una historia como las de Lynch en Mulholland drive (2001) o explícitamente Blow Up de Antonioni (1966), es decir, una no-historia interiorizada de lo humano que se da en la expresividad de los cuerpos (de cómo se entrelazan entre sí), en un imagen y sonoridad única (también entrelazadas) en la polinesia radical, para indicarnos eso tremendo que somos y no somos a la vez, así, como por ejemplo, lo nuclear mismo que allí aconteció a la vista de todos sin ser visto del todo (1966-1996). Y esto es algo que en un análisis de “contenido” no puede ser visto y con ello no se ve lo que expresan esos personajes de De Roller y Shannah en medio de esos planos y escenas que en sí mismos están fabricados de modo externo y muy preciso en su materialidad y que así nos perturba, porque el “contenido” no existe en el film, ni en ninguna Obra de Arte, sino solamente en el medio mismo de lo fílmico que lleva dentro de sí a sus personajes, puestas en escenas, fotografía, localidades, monólogos, diálogo anacolutos imposibles a lo Tarantino, luminosidades y efectos sonoros, a saber, como una ola en el crepúsculo polinésico de una bomba atómica que no llega y que no llegará porque en el fondo es un film sobre lo humano en y desde lo real mismo.

Todavía cierta teoría crítica no puede ni detenerse en cómo se construye un plano fílmico, de cómo esa imagen se articula con una sonoridad en la experiencia misma que se actualiza en cada uno de NosOtros que asiste ante ella. Y es allí mismo donde el arte, en general y, el cine, en especial, en estos días tiene mucho que decirnos, pero en su propio modo de hacerlo. La experiencia en conjunta del film, con uno mismo que asiste ante él, es lo interesante de ver y no denunciar el “contenido” aparentemente “objetivo” que se usa para generar tal o cual efecto inconsciente en NosOtros de la ideología que nos quiere colonizar el “coco” como capitalistas neuróticos extremos.

Una ola enorme entre otras olas y todas ellas bailando al son de una luminosidad dionisíaca para expresar al humano en medio de lo real; y ello, en y por sí mismo, no se puede lo real controlar ni domar de forma alguna, es como ver un submarino que no es o, ver un asesinato en un parque de Greenwich que tampoco es, o que es lo mismo, no sabemos si es o no es (Antonioni juega hasta el cansancio con esto, mejor incluso que el joven Hitchcock de Rebecca, 1940), como lo que ocurre, también, en todos los films de Kubrick, porque la verdad no está en juego en el arte, menos en lo films, sino el sin sentido de la experiencia de lo humano en medio de lo abismal de lo real, que como una perturbación atómica, nos recorre los huesos y nos abre la piel. Y eso no solamente se expresa ante NosOtros en un cine determinado, incluso también en un computador o teléfono móvil, sino que uno mismo es esa construcción; y uno mismo se siente, en parte, estando en esa ola y, a la vez, escapando radicalmente de ella para sobrevivir de algún modo con cierto dispositivo que nos subjetive y seamos, de esta manera, solo videntes del plano escena, que es lo que le sucede a Žižek, cuando ve un film. Él siempre está intentando dominar y clausurar el film que ve; y con ello lo real mismo se le clausura y él mismo como humano se nos vuelve en un sujeto “espinoso” bien aburrido como todo sujeto espinoso y poroso que somos, pero en el arte, y en el cine, lo que está en juego es la experiencia de hacernos reflexionar y, a una, crear una nueva subjetividad en la experiencia misma de la obra que nos abre en canal nuestro cuerpo inconsciente. Y, en definitiva, no sabremos cómo nuestro cuerpo estará determinado de modo claro y distinto (lo espinoso llega muy tarde); es la llegada de lo real en cada uno de NosOtros. Y a eso le teme Žižek y tantos pensadores actuales. Muchos hablan de lo real, pero nunca dejan de tratarlo imaginariamente como lo simbólico.

Un largo final de un film que no termina y Serra y su equipo se muestran ellos mismo como lo deinón, dicho en griego con mi querida Antígona de Sófocles, ante cada uno de NosOtros, esto es, con eso “monstruoso” de la experiencia de lo real que nos constituye de forma abierta y que la propia estructuración moderna del yo, junto a su Estado nación, se va totalmente al carajo, porque ahora experenciamos con De Roller y su Mahu, y todos los personajes del film, que habitamos en ese vació material, en esa noche, en esa luz oscura, con esa música y canción, en ese mar abierto nocturno que nos sumerge y nos configura abiertamente más allá de lo bueno y lo malo. Este arte de lo real es lo que le teme el filósofo “clásico” Slavoj Žižek y luego no sabe qué hacer ante el arte, pues lo perturba en sí mismo y no le deja tranquilo con su propia fórmula sexual neurótica obsesiva determinada de ser un sujeto europeo moderno y patriarcal. A Žižek le sucede con el cine lo que le pasó a Hegel y los hegelianos con Antígona, a saber, no saben cómo vivir su experiencia con ella y actualizarla a sus propias vidas. El cine nos muestra lo que somos, esto es, animales sexuales y mortales constituidos en tejidos socio históricos en el mar abismal y oscuro de una materialidad que no se deja atrapar como los antiguos “dragones y titanes” de los mitos iniciales. Ante eso el filósofo se vuelve en un pequeño niño timorato que no sabe moverse en la tragedia de lo humano, esto es, ser “lo más monstruoso de entre todas las cosas monstruosas”. Y en eso mismo monstruoso, que no se deja determinar nunca, del todo, debemos alegremente vivir los unos con los Otros, en un devenir Mahu que nos perturba, pero nos da libertad para habitar y bailar en medios de los mares que intentaron perder a Odiseo.

Polignano a Mare, 28 de julio de 2023

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