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Países pobres y más encima, corruptos. Por Lucio Cañete Arratia

Hay preguntas cuyas respuestas parecen tan obvias que casi nadie se detiene a formularlas. Una de ellas es: ¿por qué la corrupción es más frecuente en los países pobres? La respuesta intuitiva —porque hay menos controles, menos educación o más necesidad— suena convincente. Pero, como muestran R. Fisman y M. Golden en un subcapítulo de su libro Corruption (Oxford Press, 2017), esa explicación encierra algo más profundo.

Los autores parten de un dato revelador: la cartografía de la percepción de la corrupción en el planeta es casi un espejo del mapa mundial del ingreso per cápita en cada país. Las zonas más claras del mundo —América del Norte, Europa y Oceanía— son también las más ricas. Las más oscuras —África, Asia y Medio Oriente— coinciden con las regiones de menores ingresos. A primera vista, parece que la pobreza y la corrupción van de la mano. Pero ¿quién engendra a quién?

El dilema del huevo y la gallina

Fisman y Golden observan que esta correlación no se limita a la escala de los países, sino que se repite al interior de muchos de ellos. Dentro de una misma nación, las provincias más pobres suelen ser también las más corruptas. India, por ejemplo, muestra ese patrón casi perfecto. En este país asiático, salvo excepciones notables como las regiones administrativas de Kerala o Himachal Pradesh, la corrupción y la pobreza van de la mano en todo el resto de su territorio. Entonces, se refuerza la gran interrogante: ¿la corrupción causa pobreza o la pobreza causa corrupción?

Durante el gobierno de Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier en Haití, en los años setenta y ochenta, el dictador vendió de manera mañosa una línea férrea estatal de 150 kilómetros y, al mismo tiempo que hacía crecer su cuenta bancaria personal en un banco suizo, permitió que las vías fueran desmontadas y exportadas. Ese país perdió no solo un medio de transporte, sino la posibilidad misma de iniciar el desarrollo. Según esta visión, la corrupción fue la causa de la pobreza.

Sin embargo, se puede argumentar que la escasez de recursos humanos y materiales para brindar una buena educación a la población haitiana disminuyó las capacidades contestatarias del pueblo y permitió el ascenso y la consolidación política de “Baby Doc”. Según esta otra visión, la pobreza fue la causa de la corrupción.

Una simbiosis armónica

Si la corrupción es más frecuente en los países pobres, no es porque en ellos haya un déficit de ética o un superávit de tentaciones, sino porque la pobreza y la corrupción se necesitan mutuamente para sobrevivir. La pobreza crea condiciones que son aprovechadas por los corruptos, y la corrupción destruye las oportunidades que merecen los pobres.

Ciertamente, el universo es más complejo, y en él la corrupción no es la única causa de la pobreza, como tampoco esta última lo es, por sí sola, de la corrupción. Sin embargo, la evidencia científica muestra que, a nivel de países, ambas se facilitan recíprocamente.

Para combatir la corrupción se necesitan, entre otros bienes, sistemas de supervisión que escasean en el escenario de pobreza porque no hay plata para destinarla a tal control. Para combatir la pobreza se necesitan, entre otros bienes, servicios públicos que son deficitarios en el escenario de corrupción porque la plata asignada a ellos se pierde en sórdidos sumideros.

Fin a la eterna circularidad

Por ahora, Chile no es pobre según cualquier estándar de medición del bienestar, pero de acuerdo con esas mismas métricas frías y objetivas, muestra una corrupción evidente. Así, debido a la mencionada simbiosis corrupción-pobreza lo más probable es que nuestro país comience, ya sea en todo o en parte, a empobrecerse y de manera simultánea, a acelerar su corrupción. Lúgubre panorama.

Para evitar que ambos males se refuercen mutuamente, el ciudadano común y corriente debe, como primer paso, convertirse en un autodidacta para proveerse de todo aquel conocimiento que la pobreza y/o la corrupción le han privado. Dicho conocimiento le permitirá prescindir de cualquier “político salvador” o de la tramitación de una “nueva legislación”, recursos poco confiables en un sistema ya contaminado. Con ello tendrá el poder para exigir probidad en su entorno inmediato, para luego ir escalando a niveles superiores, haciendo que caer en la corrupción sea tan mal negocio como caer en la pobreza.

La corrupción y la pobreza son una pareja de amantes ocultos: se buscan, se protegen y se las arreglan para seguir juntos. Romper esa romance exige ciudadanos que dejen de ser sus cómplices.

Lucio Cañete Arratia
Facultad Tecnológica
Universidad de Santiago de Chile

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