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Palabra. Por Ricardo Espinoza Lolas

“En el principio era la palabra” dice algún texto sagrado escrito, obviamente, por un humano de su tiempo, de algún tiempo determinado y tatuado en su piel. Ese “principio” debe ser entendido como “inicio” y no como “origen”: esto es lo fundamental y hay que tenerlo claro para poder vivir en estos tiempos de capitalismo desatado y enfermizo. Y con esto me refiero a algo bien sencillo (pero no por eso menos importante), a saber, que el origen siempre funciona como un “pistoletazo del absoluto”, o sea, como algo que opera por fuera de la vida misma y, además, y es lo peor, opera con la pretensión “soberbia” de fundar nuestras vidas en lo que son y cambiarlas: imperfectas, finitas, contingentes. Si un principio, una palabra, quiere fundar como principio debe ser fundando de modo precario, poroso, por hacer, abierto, y siempre en el movimiento mismo de eso fundado: y esto es lo expresa el inicio. La palabra como inicio es un gesto de amor, pero de Amor con mayúscula y no de cualquier cosa que se llame amor hoy en día. Un Amor en el sentido de estar con el otro en el cuidarse diario de co-penetración y solamente allí acontece una experiencia en conjunto, una experiencia de inicio. El principio como inicio invita a que las palabras estén siendo en esa experiencia diaria que nos acompaña y que nos actualiza los cuerpos como mediaciones en distancia que dan de sí algún tipo de baile afirmativo: desde la cama, la que sea, a las calles ya empíricas como virtuales.

No queremos grandes palabras (con sus grandes y aburridos relatos), sino que queremos y buscamos palabras iniciales que retornan y actualizan nuestros deseos, en medio de la radical finitud de nuestra existencia, y así podamos caminar a diario unos con otros con nuestros cuerpos monstruosos y diferenciales que no se dejan atrapar por origen alguno. Las grandes palabras ya no nos dicen nada porque son cómplices de relatos que ya no construyen con cada uno de nosotros en lo que somos, sino que se nos imponen desde fuera como un origen al que hay que retornar y serle fiel, pero no es así, pues no hay lugar de retorno y vivimos en la intemperie y sin abrigo alguno y laberinto que nos estructure. Por ejemplo, cuando le decimos a alguien que lo amamos, no es un momento original, sino que es uno inicial, así como hoy o, mañana o, en la tarde, etc., siempre se da ese amor que en su inicio nos constituye desde ese otro que se nos actualiza en la experiencia del vivir en la precariedad de lo que somos. Un te amo como origen es otro engaño que no dura ni mientras se dicen esas palabras. No se trata de que te amaré toda la vida, sino de que te amo hoy y eso implica que construiremos una vida que retorna como inicio hoy y mañana.

Amar, si es que acontece, es siempre un inicio: una palabra inicial (como lo es la amistad). Y, a veces, pienso que todo amor fracasa cando lo que se nos impone es un origen y al cual se nos pide sumisión y rigidez identitaria; es lo típico de la neurosis (los neuróticos no aman, solo traicionan su propio inicio porque lo tratan como origen: no pueden ni follar). El amor no va de orígenes con palabras pomposas, pero sí de inicios, como las palabas de los matices y sutilezas. Y cuando el amor se da es como susurros de palabras que nos estremece el cuerpo y nos lo vuelve vivo y la sexualidad se nos sale por los poros. Y por eso nos acariciamos con palabras y gestos, porque nos inicia y nos toca por dentro y por fuera y así decimos: ¡Te amo!... ¡T’estimo!… ¡Ti amo!... son palabras que se dicen y se deshacen en su inicio y, en ello mismo, nos constituyen nuestros cuerpos mortales.

Las palabras de amor son palabras de sexo porque nos inician y así volvemos a florecer los unos con los otros en medio de cuerpos sudorosos y extáticos en su intimidad. El sexo es un tipo de palabra que nos acopla inicialmente y debe ser una de las experiencias más intensas y sensibles del humano en medio de lo real. Un acoplamiento de cuerpos que en tanto tal, y con toda la imperfección que ello conlleva, nos expresa que Sí es posible la relación sexual, porque es un acoplamiento de inicios (si lo fuera de origen el sexo sería imposible y esto es lo que no entiende el psicoanálisis y los que se desesperan en amar en la inmediatez de la palabra origen: solo es otra trampa). En el sexo que puede ser alegre hoy o, mañana o, en la tarde o, en cualquier momento, sin la necesidad estúpida de que sea una reproducción del origen (y que nos pierde y nos entristece), es en donde podemos vivir a gusto en la propia intemperie de nuestra finitud. El sexo nos cala los huesos y nos muestra que el animal humano si se acopla imperfectamente vive a gusto, aunque sepa y sienta que no es perfecto y de eso se trata: ¡Ama la imperfección del otro y la tuya propia! Y si es así, a lo mejor, el amor se nos dará como el inicio que siempre llevamos dentro sí en algunos instantes de nuestras vidas que nos posibilita cambiarlas y asumir nuestras decisiones.

Los poetas saben de palabras y viven entre ellas y esas palabras iniciales de sus poemas son siempre invitaciones a expresar las materialidades y contingencias de las que somos partes de modo inexorable. Los poetas se mueven como rápidos y sigilosos lobos entre las palabras. Y allí se quedan a vivir, allí aman, allí sufren, allí son. Si pueden, mis lectores, estar junto a un poeta vuestras vidas adquirirán una dimensión de inicio que les dará fuerzas para dar un paso adelante. Es tiempo que nos demos un tiempo, en medio del capitalismo, y aprendamos de ellos a saber vivir y saber morir, esto es, a ser dionisíacos, humanos de inicios y bailarines en medio de cuerpos sonoros que se expresan en las liturgias de las palabras cuando nos amamos y follamos. Las palabras poéticas son iniciales y por lo mismo dionisíacas y nos posibilitan y permiten vivir a pesar del nosotros mismos y nuestros miedos neuróticos laberínticos.

Si un poeta los toca, con sus palabras, en la vida que llevan es muy posible que la soledad en la que viven, y el laberinto que habitan para evitarla, ahora se vuelva acompañada y la necesidad del laberinto, por tanto, se disuelva y podamos reiniciar nuestras vidas de zombis en las que hemos estado siendo. El poeta y su palabra debe ser uno de los cuerpos que nos arropan por excelencia y nos cuidan de caer en la trampa de la inmediatez que nos damos para ser fieles a un origen que nos ideologizó desde antes de nacer. Solo los poetas nos dan la mano para seguir adelante en el inicio de cada día y así intentemos, por ejemplo, amar.

Un 18 de septiembre chileno (Fiestas Patrias) no es palabra poética, de inicios, de amor, de sexualidad; es tan sólo otra palabra de origen que intenta celebrar algo así como un Chile que se nos inventó para que no cambiara en nada decisivo, pero sabemos que no es así, porque la palabra, por ejemplo, “11 de septiembre” es nuestra palabra de inicio que nos indica en la vida misma del chileno un acontecer que nos perfora y nos abre los unos a los otros a constituir un país vivo que asume y lleva dentro de sí su dolor, pero que podría abrir “las alamedas” de un país por construir y cercano a nuestros cuerpos (y esto no es la palabra del “18 de septiembre” que simplemente reproduce un pasado que nos fuerza a vivir enajenados en lo que no somos y se nos inventa para atraparnos en la inmediatez de un Chile tristemente capitalizado bajo la égida de una palabra origen).

Hoy, por lo menos yo en mi vida (y espero que Ud. en la suya), intento que mis palabras sean de inicio, de poesía, de amor, de un Chile que en su diario vivir asume lo que es, de un NosOtros que se reinicia en un viaje, conversando con un amigo, desayunando en Barcelona, acariciando un perro, escribiendo en Polignano a Mare, estando abarloado con otro diferente y que en esa precisa diferencia acontezca lo que soy…

Palabras de inicio llevan dentro de sí lo que somos y lo que queremos ser….

Sao Paulo, 14 de septiembre de 2023

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