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Palantir en el Cono Sur: disputa global, capital y democracia. Por Javier Zúñiga

La posible llegada de Palantir Technologies a Chile y Argentina, marcada en Chile por la supuesta reunión del Presidente de la República con Peter Thiel, impulsa una discusión que excede ampliamente el problema técnico de la seguridad pública, la modernización estatal o la exploración de nichos de inversión privada. El nudo de la situación involucra y revela una transformación más profunda del capitalismo contemporáneo y una disputa creciente respecto del lugar que ocupará la democracia en la nueva era del capital digital.

Durante décadas, las grandes empresas tecnológicas se presentaron como fuerzas modernizadoras asociadas a inversión, innovación, conectividad y apertura global. Silicon Valley aparecía ligado a un imaginario de globalización digital, libre circulación de información y expansión de mercados interconectados.

El presente comienza a configurar otro escenario. Una parte de las élites tecnológicas estadounidenses ya no se limita a impulsar procesos de innovación económica. Busca intervenir activamente en la reorganización política, cultural y estratégica del capitalismo contemporáneo. En torno a figuras como Peter Thiel convergen plataformas digitales, inteligencia artificial, infraestructura de datos, capital financiero y sectores vinculados a defensa y seguridad. Allí emerge una fracción del capital global con proyecto histórico propio y creciente influencia sobre las disputas geopolíticas del presente.

Una parte de estas corrientes diagnostica que la democracia contemporánea perdió capacidad de dotar de dirección política a la sociedad, debilita la innovación tecnológica empresarial y limita o estanca la capacidad estratégica de las élites. La democracia aparece a sus ojos como una práctica crecientemente concebida como una estructura –o a veces hasta como un dogma- incapaz de responder a la velocidad de la competencia intercapitalista mundial, los procesos de automatización y la nueva economía digital. Por lo mismo, el problema adquiere profundidad histórica porque estas visiones ya no circulan solamente en espacios marginales de internet o pequeños grupos intelectuales. Por el contrario, hoy circulan entre redes empresariales, fondos de inversión, plataformas tecnológicas y sectores políticos con influencia directa sobre el poder estadounidense.

La discusión, por lo tanto, exige mirar más allá de la adopción o no de determinadas herramientas tecnológicas (como las que ofrece Palantir). Lo que comienza a desplegarse en esta coyuntura es, en cambio, una disputa entre proyectos de sociedad, formas de organización política y modos de comprender la relación entre tecnología, poder y democracia. Por cierto, habría que agregar, si las autoridades de este país, sobre todo las electas, comienzan a acercarse a estas nuevas corrientes de poder, supone todo un problema político, para nada neutro o únicamente técnico.

Silicon Valley y la reorganización del poder global

La expansión de empresas como Palantir, aunque también otras como las ligadas a Elon Musk, Sam Altman y otros, ocurre en medio de una reorganización de las relaciones de fuerza globales. La competencia tecnológico-militar entre Estados Unidos y China, la inteligencia artificial, la automatización militar y el control estratégico de los datos empujaron a sectores de Silicon Valley hacia una relación cada vez más estrecha con aparatos de defensa, inteligencia y seguridad, principalmente de EEUU.

Por lo mismo, el actual ciclo político estadounidense expresa parcialmente esa transformación. El vínculo entre sectores tecnológicos y el entorno de Donald Trump constituye una de las expresiones más significativas de este nuevo escenario. Figuras como JD Vance, vicepresidente de EEUU y figura ligada íntimamente a Thiel, condensan precisamente esa convergencia entre capital tecnológico, discurso proyectual, competencia geopolítica y crítica a las democracias contemporáneas.

Esta última dimensión revela una diferencia importante respecto de otras derechas globales. El ecosistema político-cultural articulado alrededor de Thiel posee una agenda programática y estratégica mucho más amplia que el nacionalismo tradicional o las guerras culturales conservadoras o la defensa acérrima de lo que desde los ochenta se conoce como neoliberalismo. Desde Palantir, y en particular en palabras de Alex Karp, director de la empresa, se articulan proyectos vinculados a inteligencia artificial, automatización, infraestructura digital, competencia militar, plataformas de datos y reorganización del orden mundial, y todo ello articulado sistemáticamente en la práctica de la empresa, en su Manifiesto y en sucesivas conferencias públicas.

Por esa razón, el acercamiento de sectores de la derecha latinoamericana a este ecosistema tecnológico posee implicancias que superan ampliamente el ámbito económico. En Chile, figuras como Johannes Kaiser, sectores cercanos a José Antonio Kast (y quizás este mismo) y referentes liberales asociados a José Piñera, observan con interés este nuevo paradigma político-tecnológico impulsado desde Estados Unidos.

La pregunta que podemos hacernos al respecto adquiere entonces una dimensión estratégica: ¿Qué tipo de relación comienza a establecerse entre América Latina y estas nuevas élites tecnológicas globales? ¿Qué visión de sociedad acompaña ese vínculo? ¿Qué efectos tiene sobre la vida social y la vitalidad democrática?

Peter Thiel y la crítica a la democracia

Thiel y Karp expresan una concepción relativamente coherente sobre el futuro del capitalismo, el papel de las élites tecnológicas y el agotamiento de las democracias contemporáneas. Durante años, Thiel sostuvo públicamente que libertad y democracia dejaron de avanzar juntas y es preciso propiciar dinámicas que lleven a su separación más rotunda. Diversas corrientes filosófico-políticas asociadas a la llamada “ilustración oscura”, de las que los directivos de Palantir son asiduos lectores, consideran que las democracias contemporáneas erosionan la vitalidad del cuerpo social, ralentizan la capacidad de innovación y debilitan la conducción estratégica de Occidente en el marco de las disputas con China, Rusia o Irán. La expansión de derechos, las mediaciones institucionales y los mecanismos deliberativos aparecen frecuentemente concebidos como límites frente a los nuevos desafíos del capital y la disputa por la hegemonía global. Incluso, yendo más lejos, caricaturizan lo que a sus ojos es una religión de lo políticamente correcto bajo la figura de “La Catedral”, lo cual cristaliza a su parecer todos los males del mundo moderno.

Estas ideas articulan complejamente elementos libertarios, neorreaccionarios y escatológicos o milenaristas. En ellas conviven discursos sobre decadencia occidental, crisis civilizatoria, automatización, teología, vitalismo filosófico, competencia capitalista y reorganización radical de las estructuras políticas contemporáneas.

La importancia histórica de este fenómeno radica en que estas corrientes de pensamiento poseen capacidad material para proyectar su visión del mundo. No se trata solamente de intelectuales o comentaristas digitales. Se trata de empresarios con enorme capacidad financiera, redes globales de influencia, vínculos con organismos estratégicos con potencia militar y capacidad efectiva de intervención política. Insistimos en este punto entonces: la vinculación económica con los mismos, desde Chile, Argentina o Latinoamérica, lleva inevitablemente a estos países a esta emergente órbita de influencia.

Una fracción proyectual del capital

El carácter de este fenómeno adquiere todavía mayor relevancia en tanto que esta fracción del capital tecnológico no se limita a administrar el orden existente: actúa políticamente para transformarlo. Este rasgo es crucial para entender ciertos giros de la política mundial. A diferencia de otros sectores empresariales transnacionales cuya prioridad consiste en estabilizar mercados o preservar condiciones generales de acumulación de capital, esta nueva élite tecnológica impulsa activamente proyectos de reorganización de la vida social, con impactos en lo económico, político, cultural, securitario y militar. No es, pues, una simple continuidad a nivel de comportamiento de las clases capitalistas estadounidenses.

Además, en torno a estas corrientes aparecen propuestas experimentales, prototípicas que, sin duda, apuestan por ampliarse. Así, se han realizado tentativas en torno a ciudades privadas, comunidades digitales soberanas, automatización intensiva, nuevas formas de gobernanza algorítmica y reemplazo parcial de instituciones políticas tradicionales. Conceptos como los “network states”, o un régimen político dirigido a la manera que un CEO eficiente dirige una empresa, expresan parte de ese horizonte político-cultural.

Nos encontramos así frente a una fracción del capital global que posee proyecto, capacidad de articulación ideológica y voluntad de conducción histórica. Una fracción de las clases capitalistas que posee un diseño económico y a la vez la voluntad de intervenir en una transformación integral de los regímenes políticos -pese a todas sus falencias- anclados en la democracia. El capital digital –que algunos, como Yanis Varoufakis, han llamado tecnofeudal- deja de operar exclusivamente como fuerza económica y comienza a actuar crecientemente como actor económico-político-cultural con horizonte estratégico propio.

La expansión del capital digital no reorganiza únicamente sistemas de seguridad o infraestructuras de datos. También transforma relaciones laborales, formas de extracción de valor y vínculos entre sociedad y naturaleza. La automatización, la inteligencia artificial y las plataformas digitales participan crecientemente en procesos de flexibilización laboral, vigilancia sobre trabajadores, concentración energética y expansión de infraestructuras materiales de enorme escala que presionan aún más las dinámicas extractivistas ya existentes en la región. Los centros de datos, la minería asociada a tecnologías digitales, el consumo energético de la inteligencia artificial y la extracción de minerales estratégicos forman parte de una nueva reorganización material del capitalismo contemporáneo. La clase trabajadora y el conjunto de la sociedad ingresan así en un escenario marcado por nuevas formas de subordinación algorítmica, división internacional del trabajo y administración digital del mismo.

Precisamente por eso, las tecnologías digitales no deben comprenderse únicamente como instrumentos de dominación acabados. Constituyen también un terreno de disputa sobre tiempo de trabajo, democratización tecnológica, planificación económica y ampliación de capacidades colectivas.

Seguridad, datos y expansión global

La expansión de Palantir hacia América Latina debe comprenderse dentro de esa dinámica general. La empresa trabaja sobre infraestructura crítica de información y sistemas capaces de integrar enormes volúmenes de datos provenientes de organismos públicos, redes digitales, movimientos financieros y plataformas de seguridad, entre otros nodos de información. En ese sentido, la importancia de Palantir no reside únicamente en el desarrollo de software avanzado. La empresa participa activamente en la construcción de nuevas arquitecturas de decisión basadas en procesamiento algorítmico, interoperabilidad institucional y análisis predictivo.

La trayectoria reciente de la empresa de Thiel y Karp muestra con claridad el lugar que ocupan dentro de la arquitectura estratégica estadounidense. La compañía mantiene vínculos históricos con organismos de inteligencia, fuerzas armadas y agencias de seguridad de Estados Unidos. Sus plataformas han sido utilizadas por el Departamento de Defensa, organismos policiales y agencias migratorias como el ICE, particularmente en sistemas de vigilancia, seguimiento de personas y operaciones de control fronterizo. Diversas investigaciones y reportes también situaron a Palantir como actor relevante en operaciones militares asociadas a Israel, sobre todo después de octubre de 2023, y en sistemas de inteligencia vinculados a los recientes conflictos con Irán.

Mirado así, su actividad adquiere una dimensión político-militar porque las guerras contemporáneas comienzan a integrar crecientemente inteligencia artificial, análisis predictivo y automatización de decisiones militares. El procesamiento algorítmico de datos participa hoy en tareas de identificación de objetivos, coordinación logística, vigilancia y planificación estratégica. La distancia entre la adopción de determinada plataforma tecnológica, su uso por los aparatos militares y su rol en la conducción geopolítica se vuelve cada vez más estrecha.

La expansión de estas empresas hacia América Latina ocurre precisamente mientras consolidan su inserción en las disputas hegemónicas globales del presente. Ese contexto obliga a observar con especial atención cualquier incorporación de estas plataformas a sistemas estatales sensibles dentro de la región. El presidente Javier Milei en Argentina y probablemente el propio presidente José Antonio Kast de Chile, podrían estar llevando estos países, con la justificación de modernizar la política de seguridad interior, hacia tensiones geopolíticas y militares que involucran no solo a sus gobiernos, sino a toda la sociedad.

El riesgo es que Chile comience a ingresar gradualmente en ese terreno, del cual es complejo salir, menos aún en el breve plazo que dura cada gobierno (cuatro años). La eventual instalación de proyectos asociados a estas plataformas, junto con la creciente cercanía ideológica entre sectores de la derecha chilena y el ecosistema impulsado por Thiel, obliga a observar el proceso con atención y seriedad. ¿Qué tienen que decir sobre este tema el Congreso, las organizaciones de la sociedad civil, la ciudadanía en general? ¿Cómo construir contrapesos sociales y políticos a la hora de tomar este tipo de decisiones, de consecuencias tan estratégicas para todo el país?

Pensar la tecnología fuera del marco distópico

La discusión sobre inteligencia artificial y capital digital exige además una aproximación crítica capaz de escapar tanto de la fascinación que produce la innovación tecnológica como del pánico distópico, que inmoviliza.

Las tecnologías no constituyen sujetos históricos autónomos. Los algoritmos, los datos y las plataformas digitales no poseen voluntad propia ni operan al margen de las relaciones sociales que los organizan y condicionan. El capital digital expresa relaciones de producción, estrategias empresariales y proyectos políticos concretos.

Por esa razón, en términos sociales y políticos la discusión no puede reducirse a un rechazo abstracto de la inteligencia artificial o de las nuevas tecnologías. El problema central radica en quién organiza esas capacidades tecnológicas, bajo qué relaciones sociales funcionan y al servicio de qué matriz productiva y proyecto social operan.

La izquierda, los movimientos sociales, el mundo académico crítico y las corrientes emancipatorias enfrentan hoy un desafío importante. Una crítica puramente distópica o conspirativa corre el riesgo de transformar las tecnologías digitales en fuerzas todopoderosas y terminar anulando la propia capacidad de acción política. El miedo o la incomprensión tecnológica pueden producir parálisis precisamente en el momento en que estas transformaciones exigen mayores capacidades de organización, reflexión estratégica y disputa democrática.

La problemática exige por tanto una aproximación materialista y desprejuiciada. Si bien las tecnologías digitales pueden profundizar mecanismos de control, desigualdad y concentración de poder, también podrían orientarse hacia formas distintas de organización social. Es necesario admitir la posibilidad de bifurcación frente al fatalismo distópico. La automatización y la inteligencia artificial podrían, por ejemplo, contribuir a reducir jornadas laborales, fortalecer derechos sociales reonociendo de mejor manera necesidades y características de la población, ampliar capacidades públicas y democratizar acceso a conocimiento e infraestructura tecnológica.

El problema aquí planteado no reside, pues, en las tecnologías en sí mismas, sino en las relaciones sociales que las subordinan a determinadas formas de acumulación y poder.

Democratizar el mundo digital

La discusión sobre Palantir abre finalmente una pregunta: ¿Cómo defender y profundizar la democracia en un contexto donde sectores crecientes del capital consideran que las mediaciones democráticas representan obstáculos frente a la necesidad de innovación, productividad y la competencia por la hegemonía global, entre otros factores? La defensa de la democracia adquiere de esta manera un contenido concreto, toda vez que involucra transparencia sobre contratos tecnológicos, protección de datos sensibles de la población y mecanismos robustos de fiscalización pública sobre plataformas utilizadas por organismos estatales.

También exige construir formas efectivas de democracia digital. La ciudadanía necesita conocer cómo operan los sistemas algorítmicos utilizados en seguridad, inteligencia y administración pública. Las instituciones de Estado y organismos civiles requieren capacidades reales de auditoría tecnológica. Las universidades públicas y centros de investigación deben, por otro lado, participar activamente en la discusión sobre inteligencia artificial, plataformas y datos. Así mismo, los partidos políticos, organizaciones y movimientos sociales deben incorporar estas preocupaciones, transversalizándolas en su quehacer y visiones programáticas, pues ya son ineludibles.

La situación obliga además a fortalecer capacidades tecnológicas públicas y desarrollar infraestructura digital bajo principios democráticos. El debate sobre inteligencia artificial comienza a transformarse también en una discusión sobre derechos sociales, organización del trabajo, distribución del conocimiento tecnológico y los modos en que estos cambios afectan o abren la posibilidad de repensar nuestras matrices productivas.

Durante años, estas discusiones permanecieron confinadas a círculos especializados. Hoy, en cambio, comienzan a convertirse en uno de los grandes problemas políticos del presente. Las plataformas digitales participan crecientemente en disputas electorales, sistemas de seguridad, infraestructura estatal y conflictos geopolíticos globales.

En suma, la expansión de Palantir hacia América Latina constituye una señal temprana de esa transformación histórica. El desafío consiste en comprender el proceso antes de que las decisiones estratégicas ya hayan sido tomadas sin debate público, sin transparencia democrática y sin participación efectiva de las sociedades que deberán convivir con estas nuevas formas de poder.

Javier Zúñiga, Doctor en Historia Pontificia Universidad Católica de Chile

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