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Para que las instituciones funcionen. Por Juan Pablo Cárdenas

“Dejemos que las instituciones funcionen” repiten como papagayos muchos políticos chilenos cada vez que nuestra integridad democrática es cuestionada por algún disparate gubernamental, legislativo o judicial. Acto seguido, siempre a los mismos les resulta conveniente comparar a nuestro país con lo que sucede en otros, sin reparar en que “el mal de muchos siempre sirve de consuelo a los tontos”. En entrevistas de prensa es recurrente que quienes ofician en la política sean compelidos a declarar a qué país sería bueno asemejarnos en materia institucional. Con cuál de los diversos sistemas que rigen los estados quisiéramos parecernos. Y, por supuesto, en esto ya se ha hecho moda destacar la solidez de las instituciones de los países bálticos y de las naciones europeas occidentales.

Sin embargo, bien sabemos que el gobierno del “pueblo, por el pueblo y para el pueblo” es mucho más una ficción que algo que se pueda medir realmente. Al mismo tiempo, es claro que también resulta absurdo condenar a todas las dictaduras cuando la historia nos demuestra que entre ellas hemos tenido de todo: gobernantes perversos, como bien inspirados. Incluso tiranos con un enorme legado reconocido y hasta venerado por las naciones. Es cosa de visitar a la Francia de Napoleón, la Roma de los césares o la Rusia de Pedro el Grande. Comprobar, allí mismo, en Moscú cómo Stalin todavía es más apreciado por el pueblo que el mismo Lenin.

Ni qué hablar del mérito transversal que le reconocemos en nuestro continente a Bolívar, San Martin y O´Higgins, insignes republicanos y combatientes que también fueron dictadores y hoy los hemos hecho Padres de la Patria. La multitudinaria presencia popular en los funerales de Fidel Castro nos habló de que su figura ha sido inmortalizada muy por encima de la de presidentes de la república considerados democráticos y que condenaron a sus pueblos al hambre que hoy padece Argentina o la pobreza que crece en Centro América y el Caribe. Las pancartas de Perón siguen portándose en las movilizaciones sociales, tal como un día el mismo Bukele podría ser elevado a los altares del pueblo.

Una suerte, hay que agradecerlo, que no le acompaña a Pinochet, aunque tampoco ello podemos descartarlo del todo. A juzgar como involuciona la conciencia social y moral de tantos en Chile. Lo efectivo es que entre los latinoamericanos crece la desconfianza respecto de la democracia, y el llamado fascismo recobra bríos en Europa y otros continentes. Los seres humanos comunes y corrientes llegan rápidamente a la convicción de que la tan reputada democracia es pasto tierno de la corrupción de aquellos políticos y partidos que asumen su representación. Que los jueces venales les han dado aliciente a las más graves violaciones de los Derechos Humanos como a la delincuencia organizada. Que los grandes empresarios (dícese ahora emprendedores) nunca han dejado de practicar el cohecho y la inicua explotación de sus trabajadores. Lo que se prueba en cada elección, las que siempre se señalan como una “fiesta democrática”, para que el pueblo elija a sus inciertos representantes. Los que una y cien veces, después, abjuran de sus promesas e, incluso, cuando han advertido que sus ideas van a refundar el país para darnos un régimen institucional más participativo que representativo.

Se busca, además, identificar a la democracia, con la paz y la prosperidad del mundo. Cuando es cada vez más evidente que sus principales adalides con los que siembran el mundo de armas y guerras y hacen del conflicto entre las naciones su principal negocio y forma de ingreso. ¡Qué duda cabe que Estados Unidos, Israel y sus potencias aliadas son las que hoy financian y alientan, por ejemplo, el genocidio en la Franja de Gaza!

Quién podría dudar que la riqueza que ostentan los países desarrollados proviene de la mano de obra barata y esclava, como de los recursos naturales de las naciones tercermundistas y pobres. Qué bochornoso futuro democrático nos ofrecen los candidatos presidenciales de la llamada primera democracia del mundo, donde compiten un corrupto y libidinoso como Trump, con un perturbado y ambicioso Biden, que alienta las controversias internacionales con armas y millonarias sumas de dinero que bien podrían tener un destino humanitario en su propio país donde los pobres aumentan a la par con la concentración de la riqueza.

Y nuestros pueblos, ¿deben ponerse a esperar que las instituciones funcionen? Cuando ahora en nuestra pretendida democracia saltan a diario los escándalos los asaltos al erario nacional que deben cuidar y bien administrar los políticos. ¿O cuando tenemos jueces y fiscales que dejan en libertad a los cabecillas de los más tenebrosos carteles del crimen? ¿Cuándo los legisladores ponen a dormir urgentes iniciativas sociales y convienen veloces acuerdos para favorecer a las isapres y las AFPs, cerrando acuerdos comerciales con los más sombríos empresarios pinochetistas que se hicieron dueños de las minas y propiedades vilmente cedidas por la dictadura?

Sin embargo, los cabecillas o caudillos de nuestro Estado “de derecho” se atreven a denunciar la paja en los ojos de Venezuela, Cuba y otras naciones sin sacudirse de las vigas que enceguecen su vista y conciencia.

¿No parece más justo alertar la desobediencia civil, la movilización popular y su estallido como el remedio más efectivo en favor de la justicia y equidad tan proclamadas? ¿No convendría más que nuestras autoridades visitaran y alentaran acuerdos con los países que hemos sido arrasados por el ultracapitalismo, el neoliberalismo y neo colonialismo? ¿En vez de asistir a esos invariables besamanos a los mandamases y monarcas del Viejo Mundo?

¿No sería mejor que los movimientos populares y partidos de izquierda atenuaran tanto interés en aquellas elecciones que no conducen a nada o a más de lo mismo, poniendo sus acciones realmente en una justa rebelión que alce de nuevo las banderas de la educación democrática, la distribución del ingreso democrático, la justicia democrática, la salud universal, la economía y la previsión solidaria? En un país que deje de traicionar y humillar a su nación originaria y libere a su hermoso territorio y reservas naturales de la codicia transnacional. Es decir para que, por fin, las instituciones realmente funcionen.

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