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Pasó un 13 de mayo. Por Álvaro Vogel Vallespir

Desde que tenemos memoria sabemos que siempre ha temblado en Chile, se habla además de un promedio de un terremoto cada 10 años. Sin embargo, la mayoría de los movimientos sísmicos han caído en el olvido por su escasa magnitud o porque ya nos parece común sentirlos debido a que vivimos en la zona tectónica más dinámica del planeta y lo reiterativo se hace costumbre. Con todo, hay algunos terremotos que han pasado a ser Hitos, es decir, marcan un antes y un después. Estos acontecimientos, tienen en común que el recuerdo de las personas que vivieron en medio de estos enjambres sísmicos está presente mediante el recuerdo oral, las imágenes, testimonios, fotografías y los daños físicos aún presentes en nuestra tierra, por lo tanto, son acontecimientos significativos.

Este artículo tratará de revivir el terremoto de mayor magnitud en la era colonial, “El terremoto Magno” y de paso analizar brevemente el origen popular de la devoción del “Cristo de Mayo”. Quizás también pensar si aún se conservan estos recuerdos en la memoria y si la procesión del Cristo sigue estando relacionada con una costumbre o simplemente con los años puede caer en el olvido.

  • La mayoría de las fuentes sobre este gran temblor están en Santiago (eclesiásticas, actas de cabildos, libros y relaciones). No obstante, su intensidad cercana a los 8.5 grados, tomando en cuenta las escalas modernas de medición, lo encasillan como un terremoto que abarcó una magnitud territorial en la macrozona centro sur del país. Ciertamente, fue el más fuerte del periodo en cuestión. Muchas personalidades de la colonia asociaron su epicentro con las tierras australes del país, aunque no tenían las nociones que hoy existen en sismología.

Santiago, en 1647, cumplía 106 años de historia. Ya no era la típica aldea de chozas de paja que albergó a unas 500 personas, tras un siglo contaba con calles, casas de piedra, techos con tejados al estilo colonial, murallas de adobe, acequias, plazas y un largo etcétera. Los edificios más compactos eran de 2 pisos, que en su gran mayoría coincidían con iglesias de las distintas órdenes que contaban en ese entonces con sendos paños de tierra adyacentes. No existe la cifra exacta de personas que vivieron en lo que hoy es nuestra capital. Podríamos contar de doce a quince mil individuos sin considerar los alrededores y caseríos dispersos. Empero, luego del movimiento telúrico mueren entre un 20 y un 30 por ciento de la población, sumando los daños colaterales que vendrán después – heridos y epidemias sin control–.

No hay duda de que los aldeanos de ayer ya estaban acostumbrados a una seguidilla de movimientos telúricos y contaban con algún grado de experiencia, por eso llama la atención que no pusieran tanto énfasis aún en construcciones antisísmicas que para los tiempos que corrían ya existían. No obstante, el Reino de Chile no se caracterizó por poseer grandes recursos económicos y, por ende, en el fondo, seguía siendo una región precaria del sur del mundo. La antesala de la catástrofe fue un lunes cualquiera de otoño, cielo despejado, una extraña jornada hábil, sin santoral en específico. Había otros días del año que no tenían un “Santoral”. En general, los criollos durante la colonia eran bastante más supersticiosos que hoy y no faltaron los que asociaron el terremoto como castigo por no dedicar aquel lunes de mayo a un Santo.

La luna se podía apreciar por las calles de Santiago; aun así, sus angostas alamedas se iluminaban con sendos velones de sebo que eran encendidos en el ocaso del día por personas altas que serán con el paso de los años los futuros serenos o guardafaros. La ciudad, en comparación con lo que conocemos hoy, era más pequeña que “Santiago centro”. Veamos: el límite norte fue el río Mapocho, en el caudal que reconocemos hoy, un accidente natural que marca y divide la ciudad.
Hacia el sur, la cañada –el brazo seco del Mapocho o segundo caudal– que podía cambiar de nombre, pero en general se denominaba en los planos como la cañada de San Lázaro o de San Francisco. Por el oriente tenemos la actual calle Mac Iver, a escasos metros del cerro isla Santa Lucía – antes huelen- y finalmente en el sector occidental la calle Teatinos. Todas estas avenidas confluían en la plaza de armas, que fue el punto neurálgico de la ciudad, tenía dos entradas: acceso sur – hoy avenida Santa Rosa – y la otra por la chimba. En definitiva, era una ciudadela pequeña, sin salida al mar, que contaba con limitados caminos, pero, aun así, fue el corazón donde Valdivia empezó todo aquel sábado 12 de febrero de 1541.

La mayoría de los habitantes que pernoctaban en sus casas se encontraban durmiendo o reposando, y de pronto, sin aviso previo, comenzó el movimiento infernal. Algunos afirman que el terremoto duró tres minutos y otros dicen que quince; lo que sí está claro es que fue a las diez y media de la noche. Aquella jornada marcará un antes y un después en la historia colonial de Santiago pues marcó una inflexión para los ciudadanos, debido a que estuvieron al borde de abandonar sus hogares para siempre con rumbo a Quillota.

Luego del miedo y la sorpresa vinieron las reacciones de todo tipo —hasta hoy, cuando tiembla, no sabemos muy bien cómo comportarnos—. Se dio una actitud fortuitamente espontánea pues, los sobrevivientes comenzaron a congregarse en la plaza de armas. Al llegar, se percataron de la verdadera magnitud de la catástrofe. La Catedral, uno de los edificios más sólidos, estaba en el suelo; solamente quedaron algunos arcos a la vista asemejándose a un esqueleto de ballena. Varios clérigos buscaban ostias en medio de lo que quedaba del sagrario, pidiendo perdón a Dios. La iglesia de Santa Ana, a unas cuadras de distancia, se destrozó completamente, llenando la plaza del mismo nombre con cuantiosos escombros. Había una pequeña capilla San Saturnino (no la actual) que no tuvo mayores daños, pasando a ser un símbolo de devoción y ejemplo de que los milagros existían. Los gritos de auxilio y de dolor venían de todas las direcciones, la vorágine se encontraba desatada tal como Odiseo lo experimentó en la isla de Eolo.

La Iglesia de San Francisco tuvo un diferente azar, pues era una de las construcciones más sólidas de América y con técnicas de edificación antisísmica. No obstante, el segundo piso y la torre se derrumbaron como un castillo de naipes, no así la primera planta, construida de piedras labradas y firmes vigas de roble. Por causas del destino, Fray Pedro Ortega recibió el desmoronamiento de la torre mientras rezaba solitariamente; fue encontrado sin vida veinte días después en medio de los restos materiales; según los testigos, su cadáver estaba casi intacto. De peor suerte, Pedro de Moraga, quien al no apreciar por dónde caminaba producto de las densas nubes de polvo, murió decapitado en el vano de una ventana. Debió ser un espectáculo dantesco, pues, pese al miedo, la gente se turnaba para ir a observar su cuerpo y comentar su desgracia.

Otra heroica vecina, doña Ana de Quiroga, pasó el terremoto completo entrando y saliendo de su casa, pues se dio maña de sacar a 8 de sus 9 hijos. Cuando estaba sacando a su último retoño, el más pequeño, ambos murieron aplastados, aunque gracias a su temperamento, el apellido Quiroga quedó asegurado por varias generaciones. Sería enorme tarea enumerar cada personaje en particular, pero cerraremos esta suerte de homenaje con el caso de una niña sin nombre de 5 años (en las fuentes denominada “La esclavita”) que fue la única mujer que perdió la vida en aquel fatídico 13 de mayo en el convento de las Agustinas. Las religiosas que la cuidaban lograron arrancar.

En la esquina de lo que hoy son las calles Estado y Agustinas, la Iglesia de la orden de los Agustinos colapsó ya que era de construcción un tanto más ligera que la de los discípulos de Asís. El templo en cuestión estaba emplazado en la propiedad de la Quintrala. Sin embargo, en un costado, el enorme crucifijo de madera policromada esculpido en Perú por encargo a un artesano presumiblemente del Cuzco, quedó intacto con la salvedad de que la corona de espinas se desplazó hasta el cuello. Esta imagen de un Cristo mestizo fue un regalo a la ya mencionada Catalina de los Ríos para el día de su comunión. Ahí nace la devoción al Cristo de Mayo con peregrinación anual y, salvo raras excepciones, se ha postergado esta procesión de su figura por las calles de Santiago. la primera vez que el señor de mayo fue sacado de la mencionada iglesia fue horas después del terremoto. Los frailes aquella noche caminaron descalzos entre las ruinas hacia la catedral.

El sentimiento general de culpa fue tan efusivo que se celebraron varias misas y se registraron en menos de un mes 200 matrimonios para normalizar concubinatos y amoríos. Como sabrosa anécdota, antes de morir, la Quintrala, para aplacar sus múltiples culpas – que en realidad fueron malos tratos y asesinatos – dejó pagado en dinero una suma considerable para que los Agustinos dijeran su nombre en la misa de las doce a perpetuidad, además de ceder sus terrenos a la misma orden.

Los días posteriores constituyeron una dura prueba, al sacar entre los escombros unos seiscientos muertos y contar cinco mil ciudadanos damnificados. largas eran las filas de personas en la plaza de armas para confesarse y recibir alimentos. Otro dilema no menos notable era conseguir vino a buen precio para el uso doméstico. Las liturgias fúnebres fueron interminables y con premura sepultaban a los deudos; así y todo, las enfermedades infecciosas producto de la descomposición de los cuerpos se propagaron aumentando el calvario. La reconstrucción no fue de inmediato, en parte porque la gente quería irse de Santiago generando tensos debates. Al final se quedaron, pues no contaban con los recursos, y mediante “vaquitas” y limosnas lograron tres meses después tímidamente levantar las primeras casas.

Finalmente, no estuvo ausente una serie de mitos populares que alimentaron los rumores fantasiosos de aquellos días, quizás buscando una justificación o explicación ante tanto castigo tectónico. El primero fue tan vago como asombroso, se contaba boca a boca que una indígena había parido tres guaguas y una de ellas habló vaticinando el escabroso pronóstico telúrico. El mismo cuchicheo, en todo caso, se registró en el terremoto del 3 de marzo de 1985, cuando una recién nacida deforme afirmaba “Más feo será el 3 de marzo” como réplica a una enfermera que había dicho “Qué guagua más fea”. No ahondaré en lo jocoso de estas situaciones, pero la gente de antaño y los de hoy suelen vivir de chismes. Otra mujer indígena – según las fuentes – vio bolas de fuego en el cielo, diablos peleando y parlando a viva voz en la cordillera de los Andes. El mismísimo obispo de Santiago, Gaspar Villarroel, señalaba que imágenes, cruces y vírgenes habían rotado sus caras y expresaban muecas de dolor. Con todo, se realizó una nueva procesión con tres de las figuras de mayor devoción en aquellos años: el Cristo de Mayo, La Virgen del Socorro (que trajo Pedro de Valdivia en la montura de su caballo) y el San Saturnino esculpido en madera. Eso sí, quienes iban a la procesión debían ir azotándose las espaldas con rosetas que provocaron el martirio de los frailes y sacerdotes. Un último detalle, la comitiva comenzó a las diez y media de la noche.

Álvaro Vogel Vallespir. Historiador.

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