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Patético. Por Odette Magnet

Me miro al espejo del pasillo. Ahí está mi cara como un mapa de líneas caprichosas, algunas finas, que nacen del mentón y suben y bajan, giran, y se disipan hacia mis pómulos. Otras son profundas, porfiadas, que me alertan de que ahí se quedarán hasta el fin de mis días. Son las huellas que nacieron lejos de la patria, en el largo exilio que hoy parece tan remoto, casi vergonzoso. Un mapa del dolor silencioso, solitario. Si contengo la respiración y cierro los ojos puedo escuchar cómo caen los copos de nieve en mi calle, en mi barrio de Berlín. El cielo gris, espeso, parece el lomo de un elefante. La nieve aún limpia, acumulada en las aceras, me recuerda ese postre, la leche nevada, que hacía mi madre durante mi infancia. La tarde caerá temprano y las ventanas se volverán azules de frío como lo hacían bajo la lluvia en el sur de Chile.

Tengo la cabeza blanca, el pelo recogido en una cola de caballo ochentera. Un día, camino a comprar el pan a la vuelta de la esquina, tuve la certeza de que no habría retorno y deseché la idea de viajar al terruño, a despedirse de los amigos y la familia, volver a las raíces y todas esas pendejadas. A estas alturas, la patria es un accidente, la bandera tricolor y el himno nacional me dejaban impávido. No puedo entender cómo la gente se emociona con esas cosas.

Patético.

Después de treinta años, sólo regresé una vez. Nunca más. La añoranza de haber perdido algo que, en realidad, nunca tuve. Dicen que esa es la nostalgia. Cuando no me quedó una hebra de pelo negro, dejé de hablar mal el alemán a propósito y a partir de entonces me definí como un berlinés. Ich bin ein berliner. No, no quiero morir en Villarrica, a orillas del lago o mirando el volcán en tierra araucana. Cuando aterricé por esos lados me sentí profundamente extranjero, flanqueado por una indiferencia alucinante, con ribetes autistas. Nadie de mi familia me preguntó nada, tampoco mis amigos. Podía percibir que el pasado los incomodaba y cualquier referencia a la dictadura era interrumpida por algún carraspeo. O alguien prendía la tele. Los parientes se decían apolíticos, gente de trabajo. Mi tío, hermano de mi mamá, tenía un taxi que manejaba el día entero y su esposa un mini market en la casa.

Mis padres murieron y no alcancé a llegar a los funerales. Cuando le pregunté a mi tía Ema cómo habían sido los últimos días de mi mamá -tenía un cáncer óseo avanzado-me dijo m’hijito, no hablemos de cosas tristes, si vienes por tan poco tiempo y mejor pásame la ensalada de tomate. Estábamos almorzando y a mi primo Jorge, al lado mío, le temblaba la pierna izquierda mientras hablaba. No sigamos con la letanía de los derechos humanos, dijo, o con las viejas bailando la cueca sola. Este país está cagado, los políticos se masturban con la nueva constitución, los jubilados viven con pensiones de mendigos, todos corruptos. Apruebo o rechazo, hasta cuándo con la misma huevá.

 Tan amargado, Jorgito- interrumpió la tía Ema- y además picante. Menos mal que nos quedan los juegos panamericanos, Chile se las juega todo o nada, y ya se viene el litio, el cobre del futuro.

Nunca debí volver a Chile, pero son errores que uno comete cuando está lejos y te llenan la cabeza de leseras. No milité en ningún partido, solo participé en un par de marchas en apoyo a la Unidad Popular. Yo quería ser futbolista profesional, pero entré a Derecho. Mi papá, carabinero, descorchó un par de botellas de champán para el Golpe y nos aseguró que en uno o dos años las Fuerzas Armadas devolverían el poder a los civiles. Mi madre dijo entonces que, al fin, sus oraciones habían sido escuchadas, alabado sea el Señor. Al año siguiente, a comienzos de julio, me interceptaron cuando salía de la facultad, camino a casa. Anochecía. Un par de civiles se bajaron de un auto sin patente y me empujaron al interior de un Peugeot azul. En cuestión de segundos me pusieron una capucha. No me acusaron de nada, sólo me preguntaban por las armas. Me torturaron harto, pero no quiero hablar de eso porque me pongo a vomitar. Estuve un año en Villa Grimaldi y Tres Álamos. Un día de septiembre, me expulsaron del territorio nacional, como dicen los milicos. Terminé en un pequeño pueblo en la RDA. Después de la caída del bendito muro me instalé en Berlín, la ciudad de las posibilidades ilimitadas, como dice el slogan. Aquí he sido casi feliz. Pude reinventarme. Entré a estudiar Ingeniería e Informática en la Universidad Técnica de Berlín y, luego, me contrató una firma de tecnología avanzada. Ganaba buena plata, llevaba una vida plácida, veía harto fútbol.

Ahora, jubilado, estoy en los descuentos. Hay noches que regresan los fantasmas de cuando estuve preso, desaparecido. Paso días encerrado con una estufa que prendo y apago en forma intermitente en mi pequeño estudio cerca de Alexanderplatz. A veces me acerco a mi laptop y lo prendo. Me trago el vértigo y escribo sobre mi niñez, la vida en el campo. Me invade una tristeza tan profunda que me duele la piel, la nostalgia de las fechas crueles que se guardan en la memoria como habitaciones sin ventilar.

Patético.

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