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Pensando al racismo chileno. Por Constanza Ambiado y María Emilia Tijoux

¿Qué le pasa a Chile con la migración? ¿Y qué nos pasa a los chilenos y chilenas con las personas migrantes? Estas preguntas llegan en un momento en que el racismo prolifera en el mundo y que acecha en días cercanos al 30 de septiembre, fecha que buscamos instituir como el día contra el racismo en Chile. Este racismo está presente en comunicados de prensa, de autoridades, y de supuestos expertos que propagan sentimientos antiinmigrantes y anti mapuche, y, en votaciones parlamentarias que siguen asegurando las herencias de la dictadura cívico militar y su política seguritaria de fronteras en el actual orden legislativo. De esta forma, a medida que crecen los discursos de odio racista, se evidencia más la necesidad de hacer presente y pensable al racismo en todas sus formas, en las emociones que provoca y en las tecnologías que implementa. En eso trabajamos hoy en la Cátedra de Racismos y Migraciones Contemporáneas, en mostrar al racismo y develar su violencia a partir de la historia de Joane Florvil.

Buscamos que la sociedad chilena vea al racismo y sus efectos y pueda reflexionar desde si misma sobre lo que implica el ideal de una “raza chilena” que aplasta a sus propios pueblos hasta conseguir la permanencia del racismo. Un racismo que aniquila y destruye a personas y comunidades con el propósito de exaltar a la “nación chilena” como referente de un orden identitario que finalmente empuja a desear la blancura y el desarrollo de Europa. Y debido a dicha búsqueda, los pueblos han sido perseguidos, explotados y acusados de cualquier inexistente crimen.

Por una parte, los discursos nacionalistas antiinmigrantes han estado presentes en buena parte de nuestra historia como estado moderno, alimentados por ideas racistas que siempre aparecen con un cierto tono de veracidad y que también fluyen como sentimientos de odio, desprecio y rechazo que, incorporados en el cuerpo nacional, se expresan cotidianamente. ¿Por qué ocurre esto? Porque además de la naturalización de un racismo que castiga de distintos modos, se le ha dedicado escaso tiempo y poco espacio a una reflexión seria sobre el peso que tiene en la historia de nuestros pueblos y en nuestro caso, acá, en el sur de todo.

Por otra parte, cada día tenemos informaciones sobre cómo el racismo ha atacado y ataca al pueblo mapuche. Ocurrió ayer y ocurre hoy, destruyendo sus comunidades, destrozando sus hogares y atacando cobardemente a las familias. Una cobardía protagonizada por agentes del estado que ocultos bajo ropajes civiles golpean, humillan, asesinan y les niegan sus derechos. Así, la historia de una dominación de ricos y vencedores reaparece a la vez que se justifica para legitimarse con repetidos discursos del gobierno que los medios de comunicación oficiales repiten y difunden.

Hoy, son las organizaciones sociales y algunos espacios universitarios que abren y provocan conversaciones críticas como las que se han dado en la Campaña de 30 en 30, organizada por la articulación de organizaciones migrantes y chilenas por los derechos humanos. Y es que ni al estado ni a los grupos que se alimentan del poder que les otorga la estructura social actual, jerarquizada y absolutamente desigual en acceso a derechos, les preocupan estos temas. Sin embargo, esta despreocupación no es pura indiferencia por los sufrimientos de las personas, sino algo mucho más complejo, más pensado y planificado. Porque el racismo es funcional para gobernar, por tanto, está siempre presente en el estado para mantener fija la atención nacional en el castigo hacia un “Otro”, un enemigo muy útil construido de antemano, que hace parte de una figura forjada históricamente, para evitar ver lo que se ha hecho contra una sociedad a la que hace muchos le privatizaron años la vida. Construir a un enemigo es resultado de un ejercicio político que produce a un: poblador, comunista, terrorista, subversivo, mapuche, migrante “ilegal” o a un migrante o una migrante. Todas figuras que reaparecen según la contingencia política o económica.

Este racismo está arraigado en la historia. Esa que llamamos nuestra pero que nada tiene de propia, pues la educación “para todas y todos” ha incorporado un pasado que oculta o distorsiona las luchas sociales anteriores que han hecho posible las luchas colectivas. Por ejemplo, la empresa de la esclavitud llega desfigurada como cuento lejano, en tiempo y espacio. Como un asunto de otras épocas y de otras latitudes, pues se dice que en Chile no hubo negros, o, no hubo esclavos. Sin embargo, las colectividades afrodescendientes llevan años luchando por su reconocimiento y contra este olvido. ¿Qué sabemos realmente de la empresa esclavista como una empresa capitalista que implicó ganancias inmensas gracias a sus crímenes de lesa humanidad? Busquemos en los vínculos comerciales, en la participación de las elites criollas en el negocio esclavista, y en los discursos que legitimaron la inferiorización de las personas africanas y sus descendientes, al punto de justificar un lugar de aniquilamiento y un desprecio histórico contra la piel negra. O ¿Qué sabemos sobre los colonos invitados por el Estado y las razones para su llegada? ¿Acaso la formación del estado nación chileno necesitaba “mejorar la raza”? ¿Por qué el odio racista contra el Wallmapu? Es necesario pellizcar la historia con fuerza para sacar de ella lo que nos ha educado de modo racista y así entender mejor los actos y discursos que hoy atraviesan este país para maltratar y castigar a los pueblos.

En estos días hemos presenciado declaraciones irresponsables del Colegio Médico de Iquique y autoridades de la Región de Tarapacá sobre personas migrantes que han ingresado al país en el último tiempo y que hoy viven la extrema precariedad. Estos profesionales que afirman representar la preocupación de un gremio y la preocupación ciudadana, llaman -de manera racista- a poner atención en los posibles efectos negativos que la presencia venezolana tendrá en la salud pública y también exigen tener mano dura con ella en la frontera. Lo sorprendente de esta carta, no es solo su marcado racismo al referirse a las personas migrantes como ilegales, sino de manera fascista anticipar escenarios sanitarios catastróficos sin tener evidencia alguna para fundamentarlos. Este no es más que un sucio manejo político de la pandemia y un modo de construir aún más miedo en los chilenos ante “lo que viene de afuera”.

Quizás algunos no lo recuerden, pero durante marzo y julio, fueron cientos las personas de nacionalidad extranjera, principalmente bolivianas, que estuvieron varadas en las ciudades de Iquique, Colchane y Huara, esperando un salvoconducto que les permitiera retornar a su hogar. Los primeros grupos, durante marzo y abril, llegaron a más de 800 personas asentadas en campamentos hechos con retazos de tela a pleno sol, que fueron albergados en distintos recintos municipales de Iquique. Pudieron alimentarse por gestiones de la Municipalidad en un principio y posteriormente a partir del apoyo y solidaridad de agrupaciones migrantes y colectivos de comerciantes bolivianos de la misma zona. Los estados no hicieron nada para mejorar sus condiciones ni para agilizar y asegurar el tránsito hacia sus hogares. Los agolparon en la frontera, a la espera de un paso, de un examen, espera de una respuesta. ¿Dónde estuvo la preocupación del Colegio Médico por la salud pública y por la salud de esas personas varadas en ese entonces? ¿Dónde estuvo la petición al gobierno para hacer mejor su trabajo y dialogar con los gobiernos de la región para dar un seguro viaje a casa y descomprimir lo que ocurría en aquellas ciudades? Estamos hartos de sus discursos racistas, por eso hay que denunciarlos pues sus hablas son peligrosas. No nos hagamos los sorprendidos antes actos de racismo en Chile. No basta con discursos de buena voluntad, ni con acuerdos hechos tras bambalinas para seguir diferenciando a quien se expulsa y a quien no. Tampoco nada sacamos con publicaciones alejadas de la realidad, ni con acuerdos que jamás se cumplen.

El racismo es un sistema potente que tiene múltiples manifestaciones y que atraviesa todas las disciplinas. Hay que sacarlo de su ficción y verlo en toda su plenitud y su barbarie, Y hay que estudiarlo para poner a la “raza” en el lugar que le corresponde, el lugar de la mentira y el engaño permanente. Más allá de las declaraciones de las organizaciones internacionales, desde la crueldad misma de sus crímenes. En su realidad misma.

Ayer se maltrató a las personas peruanas y se ha maltratado a las personas bolivianas y ecuatorianas. Luego se acusó y señaló negativamente a quienes llegaban de Colombia y de República Dominicana. Se ha despreciado a la comunidad haitiana y ahora se maltrata a las personas venezolanas sobre quienes este gobierno hizo tanto alarde de solidaridad. Y qué decir del racismo continuo y feroz contra el pueblo mapuche y otros pueblos ancestrales de estas tierras que buscan recuperar lo robado.

Hoy pensamos en Joane. Y con ella en tantas personas que llegaron a Chile buscando mejor vida para morir por racismo y pobreza. Personas que al ser designadas como “migrantes” se convierten en objeto del racismo, pues se les separa de los extranjeros bienvenidos a quienes muchos chilenos y chilenas se quieren parecer, acercar o invitar. Sus sueños, sus proyectos y sus deseos de mejor vida se ven acribillados por actos y dichos que los minorizan o paternalizan siguiendo la vieja costumbre colonial de pensarlos como inferiores. Pensamos en Joane como pensamos en las mujeres de la migración y en las mujeres mapuche, afrochilenas y trabajadoras de campamentos que levantan la vida paliando el hambre, el frio y la injusticia.

¿Qué es ser migrante entonces, en estas condiciones brutales de vida? Ser migrante es ser trabajador, ser trabajadora, ser una persona llena de sueños como los suyos o los míos, ser un hombre, mujer, joven, es decir, ser una persona que busca sostener a los suyos, educar a sus hijos y tener un lugar en el mundo junto a los demás. Pero ser migrante en Chile es también estar en un constante peligro, en ser permanentemente evaluado, juzgado y acusado de todo y de nada al mismo tiempo.

La Cátedra Racismos y Migraciones Contemporáneas trabaja por develar el racismo en Chile y es a partir del trabajo con la Red de Organizaciones Migrantes y Pro migrantes que hoy se propone el objetivo de examinar conjuntamente un problema arraigado en el corazón y la historia de la sociedad chilena. Un problema convertido en sentimiento cuando se trata de absurdamente “defender la nación” de quienes trabajan para ella, generalmente explotados y maltratados.

Luchar contra el racismo, es luchar por la vida.

• Las autoras coordinan la Cátedra Racismo y Migraciones Contemporáneas de la Universidad de Chile

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