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Pensar la salud transversalmente en los programas presidenciales. por Susana S. Gómez

Cuando hablamos de salud, se debe necesariamente transitar de la idea del “completo estado de bienestar” propuesto por la OMS, a una manera más integral y amplia de comprenderla. Así, el “estar bien” de las personas y colectivos, involucra a la comunidad y a los territorios y, por lo tanto, a los procesos históricos y sociales en donde estos cobran vida. De igual forma, hablar de salud es también abordar los determinantes sociales que repercuten en afectaciones diferenciales a ciertas poblaciones y/o colectivos, cuestión que ya abordó Laurell (1981) como el proceso social de la salud-enfermedad.

Dicho esto, me parece que un primer punto para pensar la salud en Chile, ante el panorama actual pre elecciones presidenciales, tiene que ver necesariamente con el fortalecimiento del sistema público, el cual viene arrastrando una crisis cruda y profunda, tanto para las trabajadoras y trabajadores como para la población en general. Hasta ahora no ha sido posible garantizar el acceso y atención de calidad, sobre todo en los ámbitos de la salud oncológica y mental, esta última, lamentablemente, comprendida usualmente desde un sentido estrictamente biomédico y psicofarmacológico. En relación a esto último, además, el camino a tomar debiese caracterizarse por un enfoque comunitario y que coloque énfasis en el mejoramiento de las causas estructurales que causan el sufrimiento o malestar subjetivo.

En esta línea, y por lo que en un inicio me referí a la comunidad, los territorios y los procesos históricos y sociales, es impensado avanzar en una mejor salud mental y salud pública en general, si no se piensa en aspectos tales como la educación pública, la justicia reparatoria en DDHH, las artes, la cultura y el territorio. Aunque bien se podrían nombrar muchos otros ámbitos, me interesa detenerme en estos cinco dado que son pocas las oportunidades en que aparecen vinculados a la idea de salud. En este sentido, una educación pública fuerte, comprometida, de calidad y no sexista, por ejemplo, sentaría las bases para la construcción de un presente y un futuro en donde puedan abrirse mayores posibilidades para una convivencia social y comunitaria más armónica, disminuyendo también las brechas que afectan en el día de hoy a niños, niñas y niñes que estudian en establecimientos públicos.

A la misma vez, una justicia reparatoria en DDHH, aportaría a relevar y resguardar la Memoria histórica que tantas veces ha sido desplazada e incluso negada por los poderes hegemónicos en Chile, repercutiendo en una mayor sensación de justicia y protección colectiva. Esto permitiría hacer frente a las consecuencias que ha tenido el trauma histórico (Bordas et al, 2014) heredado de la dictadura civico militar y de sucesos más recientes como el despliegue militar y policial en contra de la población en el denominado estallido social. Las artes y la cultura, en tanto, van de la mano con el sentido creativo, reflexivo, crítico y por tanto transformador de nuestras realidades. Ambas son cruciales de nuestra constitución como seres “senti pensantes”, al llevarnos a reflexionar críticamente e imaginar otras formar de estar y vivir en el mundo.

Finalmente, ante un contexto amenazado por el cambio climático y las consecuencias de una lógica capitalista-colonial depredadora de la cual nos han venido advirtiendo los Pueblos Originarios desde hace décadas, hablar de salud es hablar hoy en día de zonas de sacrificio, de polución ambiental y de la devastación que han ocasionado las forestales, sobre todo en territorios Mapuche. Una idea de salud que contemple el territorio debería considerar, por tanto, la existencia de mecanismos que posibiliten la descontaminación, la recuperación de los ecosistemas, y por sobre todo, una relación con estos que coloque otras formas de vida como los ríos, bosques nativos y animales que allí habitan, en el centro.

Luego de este sucinto recorrido, hago una invitación a revisar y analizar las propuestas programáticas presidenciales en salud, aplicando esta perspectiva integral, teniendo presente la urgencia que esto supone. Pensemos en la arquitectura que conforman los programas de Gobierno, ¿Aplican una mirada transversal en términos de salud?; ¿Es una perspectiva integral?; ¿Apuestan por abarcarla en su complejidad?

Susana S. Gómez
Mg. en Salud Pública Comunitaria y Desarrollo Local
Doctoranda en Estudios de Género, Universidad de Granada, España

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