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¿Periodismo o narrativa reductiva? La cobertura de BioBioChile sobre Julia Chuñil y el riesgo de invisibilizar lo esencial. Por Álvaro Ramis

La investigación publicada recientemente por BioBioChile sobre el caso de Julia del Carmen Chuñil no sólo propone una hipótesis periodística controvertida. Hace algo más profundo —y más problemático—: ofrece un ejemplo elocuente de cómo ciertos relatos mediáticos, al simplificar una historia compleja, pueden terminar oscureciendo aquello que dicen querer esclarecer.

El artículo, titulado “La caída de los hijos de Chuñil: la ONG detrás de ‘conspiración activista’ y las pistas en su contra”, organiza su narrativa en torno a una idea central: que la hipótesis de una motivación política o ambiental en la desaparición y muerte de Chuñil habría sido impulsada por una organización civil, y que el eje del caso se desplaza ahora hacia un conflicto familiar marcado por episodios de violencia intrafamiliar. El texto se apoya en antecedentes del proceso penal en curso y en líneas investigativas atribuidas a la Fiscalía, lo que le otorga una apariencia de sobriedad factual difícil de cuestionar en lo inmediato.

Nada de esto es, en sí mismo, ilegítimo. Los medios tienen el deber de informar sobre la evolución de las investigaciones judiciales y de reportar los antecedentes que van emergiendo. El problema comienza cuando ese deber se transforma en un marco narrativo dominante, cuando el énfasis no está en comprender un caso en toda su densidad humana y política, sino en cerrar el sentido de la historia con una explicación que resulta cómoda por su aparente simplicidad.

En este caso, el foco puesto en la supuesta “conspiración activista” desplaza silenciosamente otro conjunto de hechos que no desaparecen por el solo hecho de no encajar bien en el titular. Julia Chuñil no era únicamente una madre ni una figura atrapada en una disputa familiar. Era una dirigente mapuche, una defensora histórica de su territorio y de los bosques nativos, conocida en su comunidad por una labor que, como ocurre con frecuencia en estos contextos, no estuvo exenta de conflictos, amenazas y hostigamientos prolongados.

Organizaciones civiles y familiares han señalado durante meses la existencia de amenazas asociadas a su defensa ambiental, algunas de ellas extendidas por más de seis años, sin que existieran medidas de protección estatales efectivas. Esto ocurrió incluso después de que Chile ratificara el Acuerdo de Escazú, diseñado precisamente para proteger a quienes defienden el medioambiente. Cuando Julia desapareció, fueron esas mismas redes civiles —no el aparato estatal— las que activaron mecanismos de búsqueda especializados, en un contexto marcado más por el silencio institucional que por la urgencia.

El problema, entonces, no reside únicamente en los detalles de la acusación penal o en la eventual responsabilidad de terceros. Reside en cómo el encuadre mediático puede contribuir, aun sin intención explícita, a una narrativa que desliga la violencia contra defensores ambientales e indígenas de sus condiciones estructurales. Al presentar la historia bajo el prisma de una “conspiración activista”, el relato se desliza hacia una discusión sobre credibilidad, excesos o manipulaciones de organizaciones civiles, mientras deja en segundo plano preguntas más incómodas: ¿qué falló en los mecanismos de protección?, ¿por qué las amenazas no activaron respuestas estatales?, ¿qué riesgos implica hoy defender el territorio en ciertas zonas del país?

Este tipo de desplazamiento no es neutro. Produce un efecto moral específico: transforma una vida truncada en un problema de relato, y un contexto de violencia estructural en una disputa de versiones. El periodismo, cuando opera así, no miente necesariamente. Pero elige. Y en esa elección —en lo que se enfatiza y en lo que se omite— se juega buena parte de su responsabilidad pública.

El desafío no es optar entre informar o contextualizar, entre datos judiciales o derechos humanos. El desafío es resistir la tentación de la narrativa reductiva, esa que ordena el caos a costa de borrar las capas más incómodas de la realidad. En el caso de Julia Chuñil, lo esencial no es sólo quién dijo qué, ni qué hipótesis resulta hoy más funcional al expediente. Lo esencial es comprender por qué ciertas vidas, cuando se pierden, parecen necesitar ser despojadas de su historia para volverse narrables.

Ahí es donde el periodismo deja de ser sólo un registro de hechos y se convierte —para bien o para mal— en un productor de sentido. Y es ahí, precisamente, donde conviene detenerse y mirar con más cuidado.

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