“La inclusión educativa de las personas mayores no es un beneficio accesorio, sino un imperativo social y ético. Las universidades y otras instituciones educativas de nivel superior tienen la responsabilidad de generar y desarrollar oportunidades que reconozcan el potencial de este grupo etario”
El envejecimiento de la población mundial representa uno de los cambios en términos demográficos más profundos del siglo XXI. Según Naciones Unidas, en el 2050 más del 16% de los habitantes del planeta será mayor de 65 años, lo cual significará y generará presiones muy significativas sobre los sistemas de salud, seguridad social y todos los modelos de integración social y económicos que existen (Naciones Unidas, 2023). Por tanto, frente a esta realidad resulta insuficiente el enfoque actual tradicional centrado en la dependencia o el riesgo. Se requiere una nueva perspectiva que reconozca a las personas mayores como sujetos activos en la sociedad con capacidades plenas, derechos y roles sociales.
En este sentido, la Organización Mundial de la Salud (OMS) en el 2022 desarrolló un Marco de Política de Envejecimiento Activo, donde lo define como “el proceso de optimizar oportunidades para la participación, la seguridad y la salud con el único fin de mejorar la calidad de vida a medida que las personas van envejeciendo” (World Health Organization, 2002). Este marco se integra sobre principios fundamentales tales como la equidad de género y cultura, el enfoque de curso de la vida, la atención a los determinantes sociales de salud, entre otros. Se presenta, además una política pública multidimensional, intersectorial e integradora con el motivo de enfrentar los retos del envejecimiento global.
Desde la mirada académica, esta propuesta cumple una doble función, primero es la de enmarcar e instalar el envejecimiento activo dentro de debates teóricos sólidos, como las teorías de la actividad, curso de vida y capacidades, que permiten comprender su evolución conceptual y aplicación práctica. En segundo lugar, conectar ese conocimiento con la misión social de la universidad y en particular en los términos de inclusión, diversidad y equidad de género.
El análisis del envejecimiento activo permite constatar que este concepto ha transitado desde versiones limitadas, centradas en la enfermedad y la dependencia, hacia un camino de comprensión más integral que lo reconoce como un proceso dinámico vinculado a la participación social, el aprendizaje continuo, la garantía de derechos y la equidad de género. Esta evolución teórica y práctica ha sido posible gracias a la incorporación de enfoques tales como la teoría de la actividad, el intercambio social, la continuidad y el curso de vida, los cuales otorgan marcos explicativos sólidos para llegar a comprender la diversidad de trayectorias de vida y la heterogeneidad de la vejez en el siglo XXI.
En el plano de los factores determinantes, se reafirma que la salud física y mental, la educación continua, la accesibilidad del entorno y la participación social constituyen pilares ineludibles para alcanzar un envejecimiento activo y saludable. Sin embargo, la evidencia muestra que en América Latina aún persisten brechas estructurales significativas que condicionan estos factores, particularmente en contextos de pobreza, género, ruralidad y desigualdad digital. Lo anterior, exige que las políticas públicas y las instituciones de educación superior asuman un rol activo en la reducción de estas inequidades, llegando a garantizar oportunidades efectivas de inclusión y bienestar.
Las iniciativas universitarias revisadas demuestran que la academia no solo puede ser un espacio de formación profesional, sino que además un agente de transformación social. Las experiencias investigadas confirman que el vínculo entre la universidad y la comunidad se fortalece cuando se promueven instancias de co-creación, extensión y diálogo horizontal, donde las personas mayores dejan de ser receptoras pasivas para transformarse en protagonistas de su propio proceso de envejecimiento y de formación permanente.
Finalmente, reafirmamos que la inclusión educativa de las personas mayores no es un beneficio accesorio, sino un imperativo social y ético. Las universidades y otras instituciones educativas de nivel superior tienen la responsabilidad de generar y desarrollar oportunidades que reconozcan el potencial de este grupo etario, asegurando que continúen aportando conocimientos, experiencias y liderazgo a la sociedad. El desafío futuro radica en consolidar ecosistemas educativos intergeneracionales, que valoren la diversidad etaria como un activo para la cohesión social, la innovación y el fortalecimiento democrático. De esta manera, el envejecimiento activo deja de ser una meta individual para convertirse en un compromiso colectivo, donde la formación permanente y la inclusión educativa son claves para construir sociedades más solidarias, justas y sostenibles.
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Dr. Julio González Candia julio.gonzalez@usach.cl
Dr. Fabián Jeno Hernández fabian.jeno@usach.cl
Mg. María Regina Mardones Espinosa regina.mardones@usach.cl
Mg. Natalia Romero Hernández natalia.romero@usach.cl
Mg. Sergio Figueroa Bustamante sergio.figueroa@usach.cl
