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Plata quemada. Por Pedro Celedón

Plata quemada, el último estreno de la compañía nacional Teatrocinema podrá ser vista en la Aldea del Encuentro (Fernando Castillo Velasco 9750.La Reina) desde el 15 de enero del 2020, en el marco del festival Santiago a Mil. Este es el séptimo espectáculo del grupo y viene a evidenciar que no solo estamos ante la continuidad de un equipo creativo que se expresa a través de obras autónomas, sino ante un proyecto de arte, vale decir, ante realizadores que van más allá de la producción de obras, creando un microclima en el cual se articulan las bases de un lenguaje en un tiempo prolongado, situación homologable a realizadores como Woody Allen, cuya poética el espectador construye y reconstruye en cada una de sus películas, la cual viene a ser una pieza más de un gigantesco rompecabezas.

El proyecto de arte de Teatrocinema es posible e reconstruir desde las bases conceptuales de su fundación en el 2006, cuando Laura Pizarro y Zagal declaran que su trabajo será explorar en un espacio discursivo capaz de fusionar teatro y cine, sin que ninguna de estas artes sea incorporada en el escenario como una herramienta auxiliar de la otra. En tanto que espectadores hemos podido vivenciar este proceso a través de las creaciones anteriores: Sin Sangre (2007), El hombre que daba de beber a las mariposas (2010), Historia de Amor (2013), La contadora de películas (2015), Canto de la Tierra de Gustav Mahler (2018), El sueño de Mó (2018), la adaptación del Patito Feo (2019). Cada una de ellas ha dado cuenta de descubrimientos en el manejo - no de una técnica - sino de un lenguaje artístico que ha ganado el reconocimiento de ser una instancia de experimentación/investigación.

Plata quemada es originalmente una novela del escritor, crítico literario, ensayista, guionista de cine, académico de Harvard y Princeton, el argentino Ricardo Piglia (1941-2017), quien se instaló a nivel internacional con la novela policiaca Respiración artificial (1980), diseñando personajes oscuros a través de los cuales se interconectan mas de cien años de la historia social y política de esa Argentina que sufría el peso de la barbarie, al igual que casi todas las republicas latinoamericanas. Fue la tercera novela de Piglia y está inspirada en una hecho real, el cual puede ser descrito como una trama en la que personas aparentemente honestas: un funcionario municipal, un conocido cantante de tango, el hijo y el sobrino del presidente del Consejo Municipal de San Fernando y un sub-oficial del ejército, alquilan asesinos a sueldo para cometer un hecho vandálico. Luego los asaltantes serán perseguidos, no tanto por el robo del dinero como por el hecho de romper el pacto entre “la yuta y la calle”, matando innecesariamente a dos guardias y huyendo sin repartir el botín con sus ilustres patrocinadores.

Teatrocinema se planteó diseñar una construcción escénica capaz de contener el vértigo de la narración de la novela de Piglia, encontrando en la propuesta visual de Maurits Cornelis Escher (1892-1972) una metáfora adecuada para generar imágenes que no niegan el Caos como instancia comunicativa. La compañía acepta la difícil tarea de narrar con la capacidad asociativa que posee el cerebro, entregándose a los flash-back (ir hacia atrás) y flash-forward (ir hacia delante) en forma constante y re-visitando una acción desde ángulos diferentes, como lo hace Alejandro González Iñárritu con el accidente de autos en Amores perros (2000). Es claro que este tipo de propuesta requiere de un “espectador emancipado” (Rancier) y agrego también, de un crítico teatral emancipado, dispuesto a reconstruir tiempos, espacios y sentidos desde su propia capacidad para asociarlos.

La novela se instala desde la voz de un observador omnipresente que en tercera persona da cuenta de los acontecimientos a modo de la crónica de un hecho consumado, siendo adjudicada en parte al periodista Emilio Renzi (o Rienzi según el libro), personaje que aparecía en Respiración artificial. Pero esta voz, sin mediar aviso cambia de lugar y de tono ofreciéndosenos el texto desde la musicalidad y el candor del dialogo entre amantes, en tanto que al pasaje siguiente nos hace participes de la brutalidad de un interrogatorio policial en tiempo directo, o susurra confesiones de una vida mal vivida que nos compromete por el solo hecho de prestarle atención.

La fuerza narrativa que alterna en forma asimétrica e inesperada, tiempos, espacios, acciones, pensamientos, recuerdos, diálogos que se suponen en presente, generan un vértigo que Tarantino sabría filmar, capturando el éxtasis que sostiene a protagonistas de la estirpe de Pierrot le fou (1965) de Jean-Luc Godard (con la interpretación de Jean- Paul Belmondo), o a los vaqueros de Pat Garrett y Billy the Kid (1975) dirigida por Sam Peckinpah y musicalizada por Bob Dylan, personajes que al igual que los de Plata quemada, sin miedo a la muerte elevan un grito nitcheano para manifestar su total desprecio a lo “demasiado humano”.

La obra de Teatrocinema recorre esa estrecha línea roja en la cual a pesar la brutalidad de las circunstancias, los protagonistas/delincuentes no pierden su condición de persona. Diseña con detalle el perfil del ex presidiario que ha tomado conciencia de “la nada” en su aspecto sartriano, puesto que sabe lo que es estar obligados a vivir resistiendo a la soledad y el encierro desde un mundo solo hecho de pensamientos: en prisión (nos dicen) solo habían encontrado libertad perdiéndose en sus mentes, domesticando los laberintos de su memoria, dirigiéndola hacia la construcción de muebles, espacios arquitectónicos ¡ladrillo a ladrillo!, para matar el tiempo, para no enloquecer en la divagación. Ellos saben que solo pueden acceder a un sustituto de la felicidad reconstruyendo placeres sexuales en sus aspectos más refinados y profundos, ingresando a una dimensión del recordar que la gente común no conocemos. Pero también saben que la realidad se impone y ese agujero negro delimitado por las rejas, se traga toda ilusión e impone su agria vigilancia a cuerpos y sueños.

La historia de este asalto al camión de caudales del Banco de la Provincia de Buenos Aires el 27 de septiembre de 1965, desde donde se inspira novela y obra de teatro, generó documentación periodística abundante que todavía es posible encontrar. Ella confirma pasajes contenidos en otras creaciones de arte también inspiradas en los hechos, como en el texto de Eduardo Galeano, Los fantasmas del día del León (1967), la película de Marcelo Piñeyro, Plata quemada (2000), la canción de Jaime Roos, Brindis por Pierrot (1985) y en el periodismo de investigación realizado por Leonardo Haberkorn, Liberaij. La verdadera historia de Plata quemada (2014).

La huida de los asaltantes estará llena de errores desde el inicio, en parte producidos por el volumen del acoso policial que no estaba en sus cálculos: habían asesinado (sin necesidad) a dos de los suyos y la policía estaba decidida a vengar sus muertes. Además optaron por quedarse con todo el botín, 500 mil dólares que para la época era un sueño de riqueza para estos ladrones, pero una suma controlable que no ponía en crisis financiera ni a la institución bancaria ni a la municipal, cálculo hecho por sus socios políticos y policiales que más que recuperar el dinero, querían silenciarlos antes de que divulguen la trama global en la que muchos estaban involucrados. Sus errores se agravarán en el establecimiento de una dinámica de excesos sostenida en tal cantidad de dinero que no podía sino dejar las huellas de un despilfarro en compra de drogas, alimentos caros, propinas excesivas y prostitutas que alimentaban una bacanal de caracteres míticos, que terminará en una balacera en el centro de Montevideo, también mitologisable, la cual se extenderá desde las 22. 30 hrs del viernes 5 de noviembre de 1965, hasta las 13. 30 hrs. del día siguiente.

Fueron 16 horas de asedio policiaco que los mas media de la época transforman en un macabro espectáculo transmitiéndolo radio y televisión en directo y propiciando un ambiente de feria con venta de refrescos, a pocos metros de una balacera de antología donde encontraron la muerte el Comisario Washington Santana Cabris y el agente Aranguren, dos de los delincuentes, en tanto que otros cuatro agentes fueron gravemente heridos. El espectáculo de sangre al más puro estilo romano compitió con los 61 cines que existían en la ciudad y alimentó el morbo al generarse el perfil de un asalto supuestamente realizado por un grupo organizado militarmente (provisto de hecho por sus cómplices del ejercito), lo cual hacía eco en la guerrilla urbana que en esa época ocupaba titulares con acciones como las de la resistencia peronista apodada los argelinos, que había comenzado a operar con delincuentes comunes en una combinación explosiva que de hecho en este caso es un poco real, ya que Hernando Heguilein, ex integrante de la Alianza libertadora nacionalista, era quien los apoyó en la fuga desde Buenos Aires hacia Montevideo.

El impacto social que causó la quema del dinero por parte de los asaltantes durante el asedio, es necesario mesurarlo en un contexto de época que implicaba a un país con 88% de alza del costo de vida, la quiebra (meses antes) de sus principales bancos y una sequía que ponía en jaque a su importante actividad ganadera. Es pertinente recordar también que este enfrentamiento se dio a mediados de un siglo en que la vida civilizada en el Sur de América era la norma, y no se presagiaba la barbarie que pocos años después se repetirá en actos similares contra miembros denominados marxistas internacionales. (El impacto de este procedimiento policial a todas luces desmedido, le costó el cargo al Jefe de la Policía el Coronel Ventura Rodríguez y aun grupo de sus colaboradores).

La totalidad de los personajes implicados son encarnados en escena por cuatro actores. Estos componen un universo compuesto de 1 director, 3 actores ensayando/creando un espectáculo y 22 personajes que dan cuerpo a la historia del asalto. Todos exponen sus emociones en 109 escenas en la que 400 dibujos construidos en forma directa por Vittorio Meschi y Max Rosenthal, gozan de la libertad de tensionar el lenguaje visual de las obras anteriores en aspectos significativos como, desatender la precisión del calce cuerpo/proyección, acogiendo a estas últimas en superficies visibles ofrecer correspondencias que no están diseñadas a la escala de los actores y , aportar con relatos paralelos.

Los colores, fundamentalmente blanco, negro , azul y rojo (amarillo solo un instante) ingresan al dibujo teniendo independencia ante el valor cromático de los objetos, por lo cual acentúan su valor simbólico: rojo/ sangre; azul/cielo; rojo/ azul, luces de la policía.

La música compuesta e interpretada por Zagal está teñida de tangos, el cual no solo remite a los escenarios de esta tragedia contemporánea, sino que con asociaciones a lo sensible, violento, delicado, sensual, extremo, masculino y femenino a la vez, reflejando un abanico de almas en la que por ejemplo uno de sus personajes, Dorda, se expresa: “hay que ser bien macho para hacerse tirar por un macho”, lo cual sin duda es una frase que Carabí y Segarra acogerían en su texto sobre nuevas masculinidades.

Los protagonistas delictuales de este montaje son personas decididas a no volver a la cárcel y eso los instala en un estado del alma muy particular, la convicción del no-retorno y del vértigo. Queda clara la condición épica de estos delincuentes argentinos a los cuales no se les puede negar la cualidad demencial pero concreta del coraje, evocado en las figuras de Enrique Mario Malito (interpretado por Daniel Gallo). Al momento del asalto tenía 24 años, era apodado la Loca mala, se le sabía paranoico, que había estudiado hasta cuarto año de ingeniería y que por eso le gustaba que lo llamaran el ingeniero. Era el jefe, el estratega, la esperanza y el único que no será apresado. Roberto Dorda (interpretado por Christian Aguilera) en ese entonces de 32 años (aprox.), apodado el Gaucho rubio, síntesis humana del residuo que deja el abandono total desde la infancia. Marcelo Brignone, muerto con 33 años (interpretado por Julián Marras), apodado el Nene, hijo rebelde de una burguesía adinera, amante de seguridades y privilegios. Brignone se sentirá atraído por el vértigo existencial del delito, transformándose en un maestro en esa esfera gelatinosa en que cada día un preso se tiene que ganar el respeto de sus pares.

Finalmente Carlos Mereles, (interpretado por Esteban Cerda), muerto en el enfrentamiento a los 25 años. Apodado el Cuervo era el chofer de la banda, adicto al Florinol (un frasco al día) lo cual lo transformaba en un espectador imperturbable de sus propias acciones. El Cuervo hace partícipe de este asalto a su novia, Blanca Galeano, quien torturada por la policía delata su fuga a Montevideo. Según Piglia, por azar será ella quien durante un viaje le contará esta historia, la cual años después se transformará en novela y otros años después Teatrocinema la lleva por primera vez a las artes escénicas en un montaje imperdible.

Pedro Celedón
Prof. Titular. Pontificia Universidad Católica de Chile. Universidad Finís Terrae

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