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Plebiscito de salida: Histórico ejemplo ciudadano. Por Sonia Brito, Lorena Basualto y Andrea Comelin

Septiembre es un mes significativo en nuestra matria/patria que envuelve episodios de independencia, pero también de mucho dolor. Independencia lograda a costa de la sangre de nuestros pueblos, y más tarde de cuerpos con ideales que han quedado truncados por la fuerza. Sin embargo, este 4 de septiembre para Chile emerge con aires diferentes, impregnados de esperanza y dignidad. Es el día en que se escribe un momento histórico que será recordado como un hito fundamental para la construcción de país bajo un marco democrático, en el que el ejercicio ciudadano de sufragar deja de ser sólo un acto para constituirse en la vivencia de acción democrática deliberativa y participativa.

Las raíces de este histórico momento se tejen en un pasado reciente, abrumador y valiente, en que la mayoría ciudadana se manifestó a favor de la opción apruebo para hacer posible la existencia de una inevitable e histórica convención constitucional que permitió la escritura colectiva de una carta magna, cuya expectativa es cerrar el capítulo de la constitución de 1980 que tuvo como racionalidad una visión desde un gobierno de dictadura militar, cuya votación fue de dudosa reputación ética.

Para Chile, el 4 de septiembre es una fecha significativa, puesto que simbólicamente representa el día que, en nuestro país, antes de la dictadura militar, se votaba por la presidencia, cuestión que quedó entre paréntesis en una oscuridad de 17 años. Por tanto, ejercer el dictamen popular sobre una nueva carta magna en la fecha indicada, significa el triunfo de recuperar simbólica y materialmente el acto ciudadano del ejercicio democrático, bajo una atmósfera de respeto, sin temor y con esperanza de un mejor futuro, ya que la sombra y el miedo se quedan encapsulados en un triste paréntesis dentro del tiempo.

Desde la revuelta social del 18 de octubre, hasta el 4 de septiembre 2022 ha pasado mucha vida y mucha historia, incluida la pandemia que como sociedad ha quedado grabada en nuestras existencias. Como personas y como sociedad no somos las/los mismos/as, ha pasado una vida completa de dolor, sorpresa y también de esperanza. Con la pandemia aprendimos que nuestra fuerza estaba en el trabajo conjunto y que el bien-estar solo se podía alcanzar desde la fraternidad y sororidad.

De esta manera, desde la incertidumbre de lo nuevo y desconocido, como también desde la naciente esperanza, se ha posibilitado el tránsito desde una ciudadanía liberal, centrada solo en el voto, a una ciudadanía basada en la discusión democrática a través de las más diversas manifestaciones participativas, teniendo como correlato el aportar a la escritura de la propuesta constituyente.

Un aspecto central, dentro de la diversidad de voces hablantes, ha sido la paridad de género. No olvidemos la arrolladora votación del apruebo para reescribir una nueva constitución en que las mujeres y las/los jóvenes tuvieron un importante protagonismo.

Ahora bien, este proceso no ha estado exento de dificultades tanto mediáticos como de acuerdos profundos. Ha provocado largas conversaciones y discusiones en los espacios laborales, en las familias, amigos/as, en la calle. Lo anterior es lógico, hay mucho esfuerzo y expectativas en estas elecciones, posibilidades de futuros mediados por lógicas diferentes, escenarios en que un Chile con órdenes sociales distintas pueden emerger, en donde la dignidad y los derechos pueden tejer la trama cotidiana de muchos y muchas.

Ciertamente la marca en el voto no es un simple trazado, pues implica toda una conformación diferente de sociedad, eso es lo que votamos. Lo interesante es que tenemos la posibilidad de ejercer nuestro derecho ciudadano a expresarnos, intentando así agrietar un sistema neoliberal y oligárquico obsoleto que ha sostenido las desigualdades históricas.

La pregunta es cómo podemos ir construyendo un Chile abierto, democrático, donde no se pierda la dignidad y al mismo tiempo no se corrompa y no genere sociedades degradadas por la violencia. Se busca un país respetuoso donde todas y todos podamos vivir juntos/as, donde tengamos la altura de mira del reconocimiento y el respeto a las otredades, donde opere el justo medio en perspectiva del bienestar y la calidad de vida, donde: el empleo y los sueldos sean dignos y decentes, la vivienda no se constituya en un sueño, sino que en una realidad, la educación refiera al acceso universal y a la calidad, los espacios públicos sean para todos y todas, las áreas verdes no sean privativas, las niñas y niños puedan habitar un país seguro, se erradique la violencia estructural de género, las mujeres tengamos los mismos derechos sin discriminación, entre otros tantos. Un país ecológico, anti extractivista, anti-deforestación. Es decir, un país a escala humana, cuya centralidad sea el bienestar, cuyos sistemas e instituciones funcionen, para todas y todos, y así vivir libres de miedos, porque la justicia opera.

La propuesta constitucional ha sido posible debido a los movimientos sociales que han empujado al Estado y sus instituciones, es decir, desde abajo los sentires se han hecho verbo, acción y palabra escrita. Derechos en donde todos tienen un espacio de representación y una voz que pugna por ser escuchada.

Es cierto, que la escritura de la propuesta constitucional ha sido tironeada, no somos neutros y neutras y es evidente que deben realizarse modificaciones, algunas profundas. También sabemos que algunas demandas sociales no quedan claramente dichas, sin embargo, es una ventana posible para los cambios estructurales, necesarios para posibilitar otros derroteros.

Sin lugar a duda, se trata de un salto cualitativo a la Constitución vigente tanto en su proceso como en el texto. Esta nueva carta magna ha levantado un piso mínimo de derechos y desde allí debiésemos construir. No como un país inventado o un país soñado, sino que un país posible. Sin conocer los resultados de este 4 de septiembre, una certeza si es posible de sostener, Chile ya comenzó un camino de cambio, donde los anhelos y esperanzas de nuevos tiempos por un futuro donde la dignidad se haga costumbre, es un camino que no tiene sendero de retorno, ni espacios en donde las viejas sombras del pasado puedan transitar.

Dra. Sonia Brito Rodríguez
Universidad Alberto Hurtado

Dra. © Lorena Basualto Porra
Universidad Católica Silva Henríquez

Dra. © Andrea Comelin Fornés.
Universidad de Tarapacá

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