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Plebiscito de salida y el desconocimiento del Chile profundo. Por Tomás Ignacio Reyes

Lo vivido el fin de semana anterior respecto a los resultados del plebiscito fue un duro golpe para el devenir de los movimientos sociales y la consecución de derechos sociales válidos y, en muchos casos, casi necesarios para el desarrollo de una vida digna. Existen muchas aristas criticables del proceso, desde ya, la propia institucionalización de la revuelta social en un contexto en que se tenía al gobierno y a la clase política tras las cuerdas (al punto de llegar a suscribir transversalmente un “Acuerdo por la Paz”), lo cual no sólo burocratizó las demandas sociales sino que también desaceleró el ímpetu social manifestado en las calles, agotando la fuerza surgida de la propia revuelta y beneficiando, por ende, a la mantención de un orden social configurado por el neoliberalismo. Esto, evidentemente, no significaba que Chile se fuese a convertir en la tumba del modelo neoliberal instaurado durante la dictadura, pero sí permitía tensionar sus principales pilares en aras de una justicia social coherente con los derechos de segunda y tercera generación.

También resulta decidor este salto generacional, puesto que las principales críticas a la propuesta que se rechazó estuvieron vinculados a este último grupo, particularmente, a la idea de la plurinacionalidad, que implantó la idea de un Chile completamente dividido. Esto no sólo sentó las bases de la tan repetida consigna del Chile es uno solo, sino que también dejó en claro las lógicas que configuran ese Chile profundo que, alimentado por el voto obligatorio, develó su rostro más nacionalista y anti-indigenista, y al cual el gobierno frenteamplista ni la propia Convención Constituyente (con falsos diagnósticos de Rojas Vade y el ingreso de disfraces fuera de la formalidad con la que se buscaba revestir al proceso) que logró trastocar, lo cual se materializó en el fervor de las celebraciones del Rechazo que llenó el horizonte con coloridas banderas chilenas.

Fue precisamente en este Chile profundo que la lógica academicista y militante del discurso del Apruebo, el increíble fenómeno de las fake news y el mal manejo de la coyuntura por parte del gobierno en torno a sus preocupaciones cotidianas (seguridad y narcotráfico, incertidumbre económica, etc.) incidieron y modificaron el panorama político esperado. A esto hay que sumar la instauración del voto obligatorio que hizo que aquellos votantes moderadxs y/o indecisxs tendieran a votar por el Rechazo. En esta misma línea, resulta interesante agregar el miedo como un factor influyente en el voto, pues, aun cuando la propuesta constitucional sólo abogase por un Estado social y democrático de derecho, el shock provocado por el Golpe de Estado de 1973 y la posterior dictadura configuró una sensación de miedo posdictatorial no sólo a las transformaciones estructurales, sino que también al fantasma del comunismo que suele invocar el pinochetismo en tanto construcción narrativa y memorística sobre nuestro pasado reciente.

Tomás Ignacio Reyes
Investigador del Observatorio de Historia Reciente de América Latina y Chile, UDP.

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