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Plebiscito en Chile: crónica de una dura derrota. Por Rony Núnez Mesquida

1. El desalojo del octubrismo.

La propuesta constitucional, como toda respuesta a una profunda crisis social y política, fue fruto de su tiempo. Cuando la elite con representación parlamentaria, tuvo que pactar el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución en noviembre de 2019, lo hizo con la urgencia no sólo de permitir que el gobierno de Piñera terminara su período, sino darle un cauce institucional a un proceso inédito de movilizaciones en el país en democracia, que interpeló a la institucionalidad en su conjunto. “No son 30 pesos sino 30 años’’ sería la frase acuñada en las calles al calor de enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad y manifestantes, los cuales ocasionaron graves y masivas violaciones a los DDHH y cientos de personas con daño ocular: un triste saldo del cual el estado de Chile deberá hacerse cargo en lo que a reparación se refiere.

Sin embargo, el denominado octubrismo logró un inédito triunfo que trascendió la protesta popular: en un fenómeno de articulación inédito, diversos y heterogéneos movimientos sociales históricamente excluidos de la discusión política, fueron capaces, en la elección de convencionales (15 y 16 de mayo de 2021) de dar un duro golpe a la elite de manera transversal, la cual comprendió que debía dar un espacio de participación para sumar legitimidad al inédito proceso constituyente en ciernes. Ello sumado a un carácter paritario y participación de escaños reservados de pueblos indígena (otro sujeto político postergado en la transición inacabada), dieron lugar a un escenario que parecía esperanzador.

No obstante, el tener condiciones institucionales inmejorables para terminar por sepultar la constitución del ochenta, sorprendieron a las listas de independientes, pueblos originarios y al octubrismo en general ante un pecado de origen: la falta de experiencia política y un exceso de maximalismo, que permitieran legitimar históricas demandas de la ciudadanía al interior de la convención, convirtiéndolas en sentido común para la ciudadanía que tenía la última palabra, en articulación con el resto de los sectores progresistas al interior de la convención, los que claramente tenían un objetivo en común pero a través de medios distintos. Esta tensionalidad a la cual se sumaron las legítimas y tan largamente postergadas demandas de los pueblos originarios, complejizaron en demasía un proceso obligado a llegar acuerdos por 2/3 con un tiempo demasiado acotado para sacar el trabajo adelante.

En efecto, el hecho de haber construido un texto admirado en muchas de sus facetas por intelectuales, académicos y la prensa internacional, cumpliendo las reglas del juego (aprobación de sus normas por al menos 2/3 de sus miembros) no fue suficiente para terminar de imponer en las urnas sus buenas intenciones. El maximalismo, intransigencia y falta de pericia política de muchos de sus convencionales, sumado a escándalos como el de Rojas-Vade y otras tristes anécdotas la interior de la convención, permitieron a la derecha, la gran derrotada en las elecciones de convencionales, utilizar todo su poder mediático para desprestigiar el trabajo de la Convención. La mesa que parecía servida para un histórico triunfo popular que fuera modélico para el continente, termina despilfarrándose en pocos meses. No fue suficiente la simbólica elección de Elisa Loncón como primera presidenta de la convención, no fue suficiente la paridad, no fue suficiente que el país se diera el proceso más democrático de participación en su historia.

Obviamente un proceso que desafiada directamente al poder debió tener conciencia de que, el más mínimo detalle o renuncia por parte de alguno o algunos de sus miembros, iba a ser amplificado por los medios de la derecha hegemónica, quienes, al no poder tener la capacidad de veto al interior de la convención, entendieron que la única forma de hacer fracasar el proceso, era tumbarlo, era desprestigiar y divorciar progresivamente a la ciudadanía que en masa le dio a nuevas figuras políticas, nacida desde los movimientos sociales, la oportunidad de liderar un proceso que los partidos políticos, en el pacto transicional no habían dado una respuesta satisfactoria. Por desgracia y más allá del voluntarismo y acuerdos muchos de ellos forzados entre las diversas fuerzas de cambio al interior de la convención, su desarrollo demasiado extenso (era hasta cierto grado comprensible querer incluir todas aquellas temáticas levantadas desde principios de este milenio, pero con un plebiscito de salida decisivo debió priorizarse), con una terminología en exceso compleja, permitieron a la derecha mediática la fabricación de un arsenal de fake news, divulgados urbi et orbi tanto por los medios afines ( la mayoría en Chile) como a través de las redes sociales. De esta forma, la reacción al proceso constituyente dirigido desde las sombras por quienes habían votado rechazo en el plebiscito de entrada, lograron imponer la idea de una constitución partisana, parida al calor de una supuesta fiebre refundacional; habían encontrado el camino para su victoria, encontrado y explotando hasta la saciedad ciertos elementos a fin de poner a la defensiva a las grandes mayorías que habían apostado con esperanza al inicio del proceso: propiedad de los fondos de pensiones, falta de derecho a la vivienda propia, plurinacionalidad y una supuesta división del país, estados de excepción y terrorismo, fueron parte del bombardeo mediático repetido como mantra por las fuerzas del rechazo y acertaron. A pesar de las múltiples virtudes de la propuesta, como lo fue la definición de Chile como un Estado social y democrático de derechos, la paridad y el enfoque de género, derechos sexuales y reproductivos, la centralidad del desarrollo sostenible y la ciencia, los derechos colectivos del trabajo, el derecho a la seguridad social entre otros, éstos no fueron capaces de hacer sentido común frente al bombardeo mediático ya mencionado. En efecto, el hecho de que las fuerzas del apruebo hayan tenido que ocupar más tiempo en desmentir fake news y defender un texto demasiado complejo sin contar con los medios suficientes, terminan por desgracia malogrando una oportunidad histórica de la cual muchos de sus actores nos deben una explicación.

2. La Derecha política y mediática.

La estrepitosa derrota del apruebo, sin embargo, no sólo se explica en la impericia de la convención y los errores comprensibles muchos de ellos en el contexto de un proceso inédito (otros francamente incomprensibles). Como muy bien lo enuncia el destacado político e intelectual español Pablo Iglesias en su artículo ‘’Chile: Constitución e ideología’’ (CTXT 5 de septiembre) donde explica cómo el discurso mediático hegemónico explica en parte las causas de la derrota tienen un elemento de fondo donde las izquierdas tenemos nuestro talón de aquiles: la falta de capacidad mediática: ‘’Se dirá que la composición de la Convención constitucional, dominada por la izquierda y por figuras independientes y con la derecha sin capacidad de bloqueo, impidió que se generaran incentivos a los sectores conservadores para llegar a acuerdos. Se asumirá que el texto de la nueva Constitución era quizá demasiado avanzado para representar al conjunto de la sociedad chilena. Se dirá que la clave fundamental del fracaso es que el texto final solo representaba a la izquierda y se reconocerá que en las entrañas ideológicas de la sociedad chilena hay asentadas ideas muy conservadoras en lo que se refiere a la sanidad, la educación y las pensiones. Se querrá reconocer que es una característica intrínseca de la sociedad chilena, lograda por décadas de neoliberalismo, el miedo a lo público y la admiración aspiracional por lo privado. Se dirá seguramente también que la plurinacionalidad ha sido el talón de Aquiles del proceso por haber activado un nacionalismo antiindígena latente. Puede que se llegue a decir incluso que el feminismo del texto, elaborado por la ya malograda Convención, era demasiado para Chile y que, desde luego, cuestiones como los derechos de los animales han alejado al mundo rural chileno del texto. Si este análisis se impone, quedará claro que, de lograrse reactivar el proceso constituyente, este deberá dar lugar a un texto aceptable al menos para una parte de la derecha con la que hay que dialogar y pactar desde ya’’. Para luego rematar con una conclusión clarísima que también explica en parte el triunfo del rechazo y que la mayoría hegemónica de la convención no sopesó: ‘’ Pero, a mi entender, este planteamiento pecaría de un derrotismo absurdo si no asumiera también la centralidad que siempre tienen (y aún más en este proceso) los mecanismos que determinan la ideología como principal terreno de combate político. Quédense con esto: la ideología y sus estructuras nunca son consensos, sino el resultado provisional de cruentos combates entre nuevos relatos y relatos ya asentados, muchas veces de manera contradictoria.

¿A qué me refiero? Pues a que lo más interesante del proceso que ha terminado en la derrota de los partidarios del “Apruebo” ha sido que los principales actores ideológicos partidarios del “Rechazo” han remontado y ganado con contundencia un partido que hace meses iban perdiendo. Pero la clave de que la voluntad de la mayoría chilena haya cambiado en estos meses no es ni mucho menos atribuible al texto final de la Constitución (supuestamente demasiado avanzado para la conservadora sociedad chilena), sino a la acción sostenida en el tiempo de los principales actores ideológicos: los poderes mediáticos. La sociedad chilena no es necesariamente conservadora; no lo fue ni en el estallido social, ni al hacer presidente a Gabriel Boric y hegemónica a la izquierda que representa. En las sociedades conviven y combaten diferentes valores y la lucha política e ideológica es, básicamente, activar unos u otros’’.

Una de las grandes lecciones para las izquierdas, el progresismo y los movimientos sociales, a la luz de los resultados del 4 de septiembre, dicen relación con la enorme fuerza y penetración que tiene el poder mediático hegemonizado por un ‘’partido del orden’’ que no tuvo ningún inconveniente en articularse rápidamente en múltiples grupos como Amarillos por Chile, movimientos ciudadanos por el rechazo y otros. La clave mediática que se logró contundentemente, era dar la sensación de que el texto constitucional poseía tantos defectos, que permitió que un gran movimiento transversal que iba desde sectores de centroizquierda hasta la ultraderecha, trabajó ordenadamente y por supuesto con gran apoyo de los medios de comunicación, donde era preferible rechazar el texto propuesto y comenzar un nuevo proceso que terminará supuestamente con la ansiada ‘’casa de todos’’. Esta operación que aglutinó a personajes tan disímiles (parte de la ex concertación autocomplaciente como punta de lanza), logró un golpe de efecto que la convención no vio ante la evidente subrepresentación de aquella elite tuvo en el proceso constituyente, y que claramente tiene aún un importante influjo electoral, la cual vio como una oportunidad de reconstrucción política, al jugarse por una opción electoral a fin de recobrar influencia y el poder perdido en la elección de convencionales y ante la irrupción formidable de una nueva generación que representa el ADN del gobierno de Gabriel Boric, que amenaza por dejarlos atrás. Además, por cierto, de su conformidad con el modelo de desarrollo impuesto en Chile y que explica, en sus desigualdades estructurales, el estallido cuya respuesta política e institucional sigue por desgracia pendiente.

3. Los efectos para el Gobierno

El presidente Boric, legítimamente, se jugó buena parte de su capital político por el triunfo del apruebo. Dicha decisión fue no sólo justificada, sino que retrata de buena manera lo que esta nueva generación de políticos de izquierda representa: el deseo de dar inicio a un nuevo ciclo político bajo una nueva institucionalidad, que garantice derechos sociales básicos como piso de convivencia y desarrollo democrático. En este sentido el voto de las y los chilenos en el extranjero masivamente volcado a la opción apruebo, contrasta con los resultados electorales en una jornada cuyo récord de participación será recordada y estudiada por muchos años. Hago esta salvedad pues efectivamente y más allá de sus errores y contradicciones, la convención hizo una apuesta a mi juicio acertada: la creación de un camino que permita la construcción de un estado de bienestar, modelo en el cual vive buena parte de nuestros compatriotas en el extranjero y que explican en buena parte su entusiasmo y participación. Es bajo este modelo que sus países han logrado construir sociedades más justas y con una mejor distribución de la riqueza. Sin embargo y más allá del desafío ante un nuevo proceso constituyente que deberá pactarse, debe ser prioridad defender los aspectos positivos de la propuesta constitucional, tendiendo una profunda autocrítica como norte, no es menos cierto que importantes grupos económicos, financieros y mediáticos quisieron propinar una derrota al gobierno del presidente Boric, pues la discusión de fondo sigue siendo la capacidad o no del pueblo de Chile de dar un giro a su modelo de desarrollo, la cual para esa elite es intransable. Como lo he intentado de desarrollar, la apuesta octubrista fue derrotada por múltiples factores, sin embargo el acuerdo que permitió el proceso constituyente sigue intacto, lo cual es un triunfo cultural y político no menor, siendo el mayor saldo positivo de la derrota: a pesar del contundente triunfo del rechazo, los sectores conservadores reconocen la necesidad de cerrar el proceso constituyente, obligados de salir del inmovilismo y el statu quo que defendieron desde el inicio de la transición, obviamente recuperando su poder de veto el que harán valer con fuerza.

A su vez, la alianza entre sectores llamados de centroizquierda y la derecha, recompusieron la política de los acuerdos y la recuperación de la influencia perdida y retornan la discusión al Congreso el cual fue impugnado en 2019 y tuvo que ceder poder en el acuerdo por la paz y la nueva constitución a otros actores muy a su pesar. Ambos hechos políticos indesmentibles a la luz de un resultado tan elocuente, serán seguramente parte del balance del gobierno de Boric, al cual, evidentemente hubiera significado un triunfo sin precedente, el lograr que se terminara imponiendo la nueva constitución, a pesar de toda la oposición estructural del modelo que terminó victoriosa. De esta forma, el futuro próximo supone un desafío de envergadura para las izquierdas y movimientos sociales: reeditar un proceso constituyente llevado a cabo por una nueva convención íntegramente electa y donde los avances obtenidos y que tanta admiración lograron por parte del resto del mundo, no terminen finalmente en un cajón bajo siete llaves. Termino estas palabras con una cita de Roberto Bolaño que creo nos interpreta a quienes fuimos duramente derrotados pero que seguiremos abrigando la esperanza: ‘’La extraña voluntad de este país por hundirse en vez de volar”.

Rony Núnez Mesquida es escritor y columnista Le Monde Diplomatique Chile

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