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Pliegues de sospecha. La huellas de la revuelta chilena. Por Mauro Salazar y Carlos del Valle

A cuatro años de la revuelta (2019), nuestro progresismo, el corporativismo de medios, y las “ciencias sociales adaptativas”, condenan la falta de articulación hegemónica de la insurgencia octubrista. De paso, se castiga su lirismo interdicto, licencias poéticas e inusitado barbarismo. A ello se suma su absoluta ausencia de trazabilidad (“lo político”). En efecto, el “octubrismo Express” -cual cólera de las fieras- ha estado sujeto a infinitos escarnios de parte del mundo conservador.

En una clave moderna, y tras librar una guerra de posiciones, en Chile no migró un "sujeto político de la revuelta". Tampoco surgió un PODEMOS a la española -al margen de su naufragio. Cabe agregar que el movimiento no fue intensamente anti-neoliberal, sino la sedimentación de un sujeto “lumpenconsumista” y lumpenfascimo. A ello alude Lucy Oporto, desde la otra vereda, como el “gran saqueador” (escorial) que diagrama un imaginario de la narco-política. En suma, una producción de subjetividad beligerante, derechos sociales y la bendita estética. En medio del relevo generacional, irrumpieron marginalidades mediáticas, rebeldías y nostalgias sobre el nuevo sujeto popular, figuras delictivas, como así mismo, abundaban epidemiologías vinculadas al “rechazo existencial”. Tampoco fue mero espontaneísmo porque que tiene una genealogía (2006/2011) y eslabones viscosos con una pluralización de antagonismos que anudaron un acumulado de cuerpos y lenguas del pasado-presente.

Ni siquiera un movimiento, como aquel que dirigía Luis Mesina, u otros similares, tuvieron la fuerza Hegemón. Al parecer no existieron herederos, ni testamentos, salvo “rendijas”, “fisuras” y latencias combativas. De un lado, el fetiche guerrillero de la primera línea y, de otro el movimiento contra las Administradoras de Fondos de Pensiones (NO + AFP). Un cúmulo de imágenes contra la racionalidad abusiva de las instituciones mediante excedentes, residuos y fisuras reclamaban derechos primordiales. De un lado, una situación prerrevolucionaria, y de otro, una “subjetividad negacionista”. Con todo, no se dieron las condiciones para el ansiado anudamiento entre territorios, cuerpos, subjetividades e instituciones.

En medio de tales vaivenes, el ascenso de José Antonio Kast y el programa de la “imposible despinochetización” coronó nuestro presente en los 50 años de la Unidad Popular. Todo en medio de los deseos de

transformación. Quizá el sujeto de la post-revuelta es la ultra derecha, Republicanos y su preocupante agenda securitaria. Pero en el dorso, también contamos una sensibilidad feminista -estructura de significación, 2018- y unas prácticas recurrentes que se traducen en los marcadores de la violencia familiar, que dan cuenta de nuevas dinámicas culturales.

En plena trama expresiva, no existió mera negatividad, ni claro fervor destituyente, aunque vivimos una huelga general absolutamente inédita. Ni siquiera la quema de la Torre ENEL puede ser leída como un hito antineoliberal -menos las Estaciones de Metro incendiadas-. Y sin duda, todo este collage fue un orgasmo de espectáculos para el dispositivo matinal y sus rankings de consumo (“mediatización de los despidos”).

No podemos obviar el 25 de octubre que desembocó en la “Marcha más grande de Chile”, que fue capaz de convocar, solo en Santiago, a más de 1 millón 200 mil personas. La movilización histórica reafirma la magnitud de la movilización y su carácter policlasista que reclamaba derechos fundamentales. Más tarde la Convención dislocada y el oscilante electoralismo que nos arrastró a una restauración conservadora.

Y así, ¡todo un oxímoron!

Esto último abrió un lugar vacío, al extremo de abrazar una pregunta desde una tensa filigrana. Entonces, ¿qué fue la revuelta? Si hay algo que no ayuda a responder tal interrogante, es el populismo mediático - publicitario- que la nombra como “estallido social”. Tampoco resulta muy elocuente la holgura de salón que, a nombre de tanto bienestar del milagro chileno (“progreso”), caracteriza el proceso como una insurrección por mayor bienestar, ante una feroz frustración de expectativas -tesis que sí aplica al movimiento 2011-. Es más, para tratar de responder, a la densidad de tal pregunta, cabría sospechar si hoy -más allá de las rebeldías- si la potencia política de la revuelta (2019) sigue siendo un imaginario sin cuerpo que dista de representar un horizonte de sentido. Quizá, la debemos entender como subjetividades abstraídas dados sus distintas afiliaciones con múltiples formas de articulación de intereses y no el deseo de la destitución. De otro modo, el tipo de subjetividad de la revuelta no ofrecía las condiciones para un “nosotros estratégico”. De ser así, la revuelta chilena se identifica -globalmente- con El Partido republicano - demografía pinochetista- su “identitarismo salvaje” y un colosal vector securitario.

Y aunque es absolutamente necesario abrazar la ausencia del momento hegemónico, seguimos deambulando ante la pregunta punzante. Pues el demiurgo del Hegemón busca articular voluntades colectivas, trayectorias y anudar coaliciones heterogéneas deberíamos reparar en un excedente de metaforización donde no todo se debe a lo “hegemónico” que reclaman las culturas de izquierdas. Ocurre que el Daimón del 2019 -sin fetiches, como ya lo mencionamos- fue una querella radical contra la desigualdad -abusos institucionales- que desnudaban el agotamiento de la teoría de la gobernabilidad (1990- 2011) desde la inmanencia neoliberal, cual nosotros de ocaso. De paso, quedaron temporalmente en bancarrota, las categorías de nuestros rectorados y oligarquías académicas para descifrar -la insubordinación de los cuerpos. Esto hizo evidente los arribismos mediáticos, nos referimos a las tribunas editoriales del caos, que fueron amañadas por el corporativismo y el control de medios. En suma, la ráfaga de acontecimientos -sin obviar los saqueos no asumidos- desnudó diferencias irreversibles con el boom modernizador en tanto índice de progreso.

En plena diaspórica, susurraban modos de razonamientos no hegemónicos. De otro modo, la expansión democrática siempre tendría que comparecer ante el universal hegemónico haciendo una relación eterna entre política y hegemonía. No todo se clausura en la afirmación, “nosotros, el pueblo”. En medio del enjambre, el excedente intersticial (2019) no se ajustaba a lo que prescribe la teoría hegemónica en su asedio a lo “estatal”. No existe tal dogma. La revuelta, y sus incongruencias insondables, exudaban un margen (¿Política de la Multitud o política viral?). Pero lo que estaba en juego no era cualquier “margen” o “afuera” litigante del Chile dócil, salvo la irrupción de un nuevo régimen de subjetividad que hoy ha devenido en “cultura del rechazo”.

Nadie buscaba erradicar a la hegemonía neo-gramsciana con el sufijo post, sino reparar en ese “afuera” -potencia local- que fue obliterado desde el orden y el realismo de la unidad nacional que la clase política firmó el 15 de noviembre (2019). En efecto, se repuso una cultura política desde un uso normado de la hegemonía respecto a una acumulación de alteridades y disidencias gestionadas desde el campo constitucionalista. Lo intersticial y las fisuras de la revuelta luego de la Pandemia, no sólo fueron confinados a la periferia, sino exorcizados colericamente a nombre de las épicas modernizantes (servicios, desregulación, commodities, consumo conspicuo y episteme crediticia - terciaria).

De paso, quedó al descubierto la ausencia de cogniciones para leer la conflictividad líquida, salvo al interior del entramado elitario, sin articular modernización y subjetividad. En suma, la revuelta aventurera, anárquica y tanática, en su parpadeo iluminó la ruina argumental de nuestro capitalismo académico y sus pastores en un déficit intelectivo (¿no hay falta de política cuando solo habla el Leviatán, no hay relato, y el proceso constitucional sigue en riesgo?). La imaginación popular -en sus zonas de tumultos- activó (2019) una escisión (“hendedura”) entre el dispositivo institucional de la modernización -prácticas, discursos, objetos- y la imaginación de los cuerpos pobres y la capa media colérica, instalando un entredicho -un forcejeo- con la hegemonía visual, el canon cultural y las categorías molares (consensos visuales del periodismo escolta).

En cambio, la insurgencia protegida del 2011, y sus nobles afanes, estaba centrada en fronteras de sentido descifrables ante los formatos institucionales y la ética managerial (“modernización”). Todo se consumó en transitológicas “mesas de diálogo”.

La revuelta, y sus avatares, fue una pluralidad que persistía en la esfera pública sin converger en un la unicidad de pueblos mitificados. No fue una multitud, donde sus enjambres nieguen al uno, sino que - concitando a Virno- "perseguían un Uno o forma de unidad que consiente la existencia político-social de los muchos en tanto muchos". Por fin, qué duda cabe, es muy condenable la violencia inusitada y el lirismo del “octubre chileno” para repensar los vacíos insondables de la izquierda respecto a las insurgencias (movimientos frustrados) y la institución como un campo de disputas. No basta solo con las pasiones, sino repensar los escenarios a ocupar para que las subjetividades se traduzcan en producción de alternativas (¿Post-hegemonía?). Es cierto que el significante “evade” -y su alegorización romántica- contra el alza de tarifa en el transporte público fue un llamado a la fuga, al éxodo, a la deserción rabiosa. En suma, fue y será necesario cuestionar radicalmente la difusidad de los progresismos y sus enigmáticas agendas ante los hechos de violencia (relatos sobre la modernización, modelos de ciudadanía, formas del intelectual, mito y política, etc.).

Por fin, es curioso reducir una revuelta -que es el dorso de toda filosofía de la historia-, como miles de Rodión Románovich Raskólnikov (Crimen y Castigo) pasivos, sin navajas, castrados de libidos y con cuerpos monetarizados. Al final, todos fueron declarados anómicos, sujetos del riesgo reducidos al crimen, para exorcizar las herejías que toda revuelta nos obliga a pensar. 

Respecto a nuestra pregunta que abre la nota, a saber, ¿qué fue la revuelta? Por de pronto, no fue anomia y no basta con el fastidioso malaise. Tampoco puede ser traducida a los códigos de la modernización
 caso del movimiento 2011-. La crítica es fundamental para descifrar cómo el relato normativo que anuda “violencia” y “anomia” produce orden en la medida que éste deviene nada más que producción permanente. No fue anomia, pues aquella categoría funcionó como el pacto de las mercancías mediáticas que han naturalizado el sentido común securitario de las mesas constitucionalistas. No faltaron los oportunismos que abrazaron tal noción los “críticos” abrazan un significante corporativista capaz de bloquear los flujos metaforicidad en sus apareceres litigantes, olvidando que la anomia, anida al interior de un dispositivo que neutraliza los cuerpos monetarizados del “malaise”. La anomia es la furia del realismo.

Con todo, la revuelta fisuró -temporariamente- algunos mitos del bronce modernizador. No fue poco impugnar los milagros de un modelo de desarrollo. Más aún, cuando auscultaba los cuerpos de la pobreza, en un conjunto de índices que se exhibían como glorias del credencialismo globalizador. Quizá sus vértigos aún pernoctan porque habríamos asistido a la primera revuelta post-popular del XXI.

Mauro Salazar.
Carlos del Valle.
Doctorado en Comunicación
Universidad de la Frontera.

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