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¿Podemos solo celebrar el día mundial de la diversidad? Por Cecilia Millán y Gustavo González

La Asamblea General de las Naciones Unidas celebra este 21 de mayo el Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo. Se declara que la diversidad cultural es tan relevante como la diversidad biológica.

Efectivamente la diversidad cultural es importante y es un hecho social e histórico que constituye a los seres humanos, sin embargo, también es importante mencionar que es un hecho político, lo que tensiona la invitación a solo celebrar. Las sociedades según los distintos momentos históricos y culturales han abordado la diversidad de distintas maneras, las que lamentablemente se han caracterizado por relaciones asimétricas que se han expresado en discriminación, hostilidad y violencia. En consecuencia, hablar de diversidad, también es reflexionar sobre desigualdades de trato y posiciones sociales, en base a injustas diferencias construidas social y culturalmente.

Como señalan, Duschatzky y Sklyar (2001), la diversidad, en ocasiones, se ha demonizado. Se responsabiliza a los otros (los diversos) de todos los males de la sociedad, como es el desempleo, la violencia, las separaciones. En esta situación las propias tensiones y conflictos de la sociedad se depositan en el otro (migrante-extranjero). Una expresión de esto son los sucesos violentos de quema de carpas en Iquique.

La diversidad también se expresa como una marca cultural que construye una realidad ontológica que homogeniza las creencias y estilos de vida. Es una forma de entenderla de manera estática y clausurada, sin reconocer la multiplicidad de diversidades que tienen los mismos grupos culturales, por ejemplo, considerando al pueblo Mapuche como homogéneo. Este acercamiento despoja de complejidad y de realidad a las diversas comunidades culturales.

También la diversidad se asocia a ese grupo de personas que carece de algo, físico, psicológico, social, económico o cultural. Esta manera de entenderla construye una otredad en la que los otros son los carentes, los salvajes, quienes deben ser civilizados y/o compensados. Ejemplo de aquello son las personas en condiciones de pobreza.

O se tolera, es decir, “se acepta”, pero con indiferencia, es un simulacro que inhabilita el diálogo, el vínculo y despoja de compromiso. Ejemplo de ello son las comunidades de LGTBIQ+ que respetamos pero a distancia, y ojalá no estén en el mismo espacio escolar que mis hijos.

La reflexión sobre la diversidad es especialmente importante en educación. El respeto por ella tiene distintas dimensiones según los niveles del sistema educacional. A nivel estructural, se trata de reconocer el derecho a la educación en una sociedad cada vez más diversa. Una sociedad compleja está constituida por individuos, grupos y comunidades que demandan no solo derechos esenciales, como acceso y garantizar una educación de calidad, sino también una educación que los reconozca en sus identidades y marcos culturales propios. A nivel de las instituciones educativas, implica un desafío para las y los docentes: transformar sus prácticas pedagógicas hacia la diversidad. Adoptar la educación en diversidad requiere ser conscientes de las prácticas que refuerzan las desigualdades y el no reconocimiento de todos los estudiantes, especialmente los que no participan de la cultura dominante. Por otra parte, tienen el desafío de construir prácticas de transformación socioeducativa que, entre otros aspectos, instalan el aprendizaje de la diversidad y reconocimiento para que sus estudiantes contribuyan a cambiar estructuras y condiciones de desigualdad en la sociedad y en favor de la diversidad.

Por lo mismo, la celebración y el reconocimiento de la diversidad requiere también asumir sus tensiones y conflictos que permitan reconocer(nos) los atávicos sesgos y prejuicios que heredamos y permean a la sociedad chilena. Realidad que requiere ser considerada cada vez que la diversidad se celebra, preguntándonos ¿qué se celebra?

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