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Poder obsceno. Por Eduardo Leiva Pinto

En la Grecia clásica, lo ob skené —lo que debía permanecer fuera de escena— nombraba aquello que no podía mostrarse en el espacio público del teatro: la violencia desmedida, lo indecente, lo que rompía con el orden de la polis. Hoy, en Chile, asistimos a un fenómeno inverso: lo obsceno se exhibe como fórmula de conquista electoral.

En Chile las campañas presidenciales actuales encarnan esta lógica obscena. Promesas simplistas y grandilocuentes se presentan como soluciones inmediatas a problemas estructurales. El populismo, en sus diversas vertientes, opera bajo la misma matriz: reducir la complejidad a consignas emocionales y levantar enemigos abstractos para agitar el miedo colectivo.

La democracia se convierte en escenario y el poder en performance: no importa la consistencia, sino la visibilidad. Lo obsceno se manifiesta, entonces, en la banalidad calculada de una política que se complace en el engaño.

La obscenidad se intensifica en el terreno digital. Las redes sociales, lejos de ser espacios de deliberación ciudadana, se han transformado en dispositivos de manipulación algorítmica. Ejércitos de bots y trolls fabrican tendencias, erosionan reputaciones y amplifican mensajes que no representan la voz ciudadana, sino la astucia de equipos de comunicación al servicio de candidaturas. La esfera pública se degrada: el ciudadano deja de ser sujeto político para devenir consumidor de consignas. Lo obsceno es aquí el simulacro: un debate democrático falseado por interacciones automatizadas, donde el ruido digital sustituye a la discusión argumentada.

En la política contemporánea, lo obsceno no está en lo que se oculta, sino en lo que se muestra sin pudor. La obscenidad es la transparencia del engaño. La ciudadanía se acostumbra a que la mentira, el montaje y la posverdad se instalen como condiciones de posibilidad de lo político. La maquinaria populista se sostiene en nuestra resignada aceptación. Chile reproduce con fidelidad este guión global. Lo vemos en la teatralización de la violencia, en el uso instrumental del miedo, en la conversión de cada problema social en una oportunidad de campaña.

La obscenidad del poder no es inocua. Cuando las candidaturas reducen la política a espectáculo, desplazan a la ciudadanía de su rol de interlocutora crítica y la relegan al de espectadora pasiva. Cuando los bots y trolls inundan el debate público, lo que está en juego no es solo la transparencia electoral, sino la posibilidad misma de la deliberación democrática. El poder obsceno no busca convencer, sino saturar; no busca dialogar, sino acallar; no busca construir futuro, sino capturar el presente mediante una sobrecarga de estímulos.

Denunciar este poder obsceno es recordar que la democracia exige un umbral mínimo de dignidad en la conversación pública. Ello supone recuperar el valor de la palabra, la densidad de la argumentación y la responsabilidad de quienes aspiran a gobernar.

El desafío no es menor. Requiere una ciudadanía crítica, medios de comunicación capaces de resistir la lógica del espectáculo e instituciones dispuestas a fiscalizar las nuevas formas de manipulación digital. Finalmente, exige desenmascarar la obscenidad del poder, nombrarla, exponerla y devolverla al lugar que le corresponde —fuera de escena— para que lo político recupere su sentido democrático.

Eduardo Leiva Pinto - Centro de Investigación en Estudios Históricos y Humanidades (CEHH), Universidad Bernardo O’Higgins.

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