Las derrotas electorales no solo alteran correlaciones de fuerza, sino que también abren disputas por el sentido de lo ocurrido y por la interpretación legítima de sus causas. En el caso de la izquierda chilena, la derrota de diciembre de 2025 ha propiciado una serie de lecturas que oscilan entre la autocrítica parcial, la explicación coyuntural y la normalización del resultado como simple alternancia democrática. Sin embargo, comprender el alcance de ese desenlace exige ir más allá del balance inmediato y situarlo en un marco capaz de dar cuenta de transformaciones más profundas en la relación entre la clase política, la representación popular y las necesidades más inmediatas.
En este sentido, la derrota de la izquierda en diciembre de 2025 no fue un episodio aislado ni una simple suma de errores tácticos. Reveló una crisis más honda vinculada a la erosión del lazo entre el progresismo y las mayorías sociales, aquellas que la izquierda ha denominado históricamente “el pueblo”. Con ello me refiero a la incapacidad del progresismo para sostener un vínculo efectivo con esas mayorías en un contexto marcado por la inseguridad, la fragilidad económica y una extendida desconfianza política.
Buena parte de las interpretaciones que hoy circulan en declaraciones públicas, redes sociales e informes internos de los partidos, se presentan como descubrimientos posteriores al resultado electoral. Sin embargo, varios de los elementos centrales del diagnóstico ya habían sido formulados antes de la elección. En particular, el concepto de “populismo sin pueblo”, que desarrollé hace ya un año en una columna publicada en este mismo medio, https://www.lemondediplomatique.cl/populismo-sin-pueblo-por-pablo-aguayo-westwood.html advertía sobre un problema estructural. Señalé entonces que una élite progresista hablaba en nombre del pueblo, pero había perdido contacto con sus experiencias materiales y con los miedos cotidianos que hoy organizan el sentido común popular.
El escenario posterior a la derrota abrió una diversidad de lecturas e interpretaciones. Una parte relevante de ese debate se dio a propósito de la carta que Giorgio Jackson compartió a través de redes sociales. En ella él ofreció una serie de reflexiones autocríticas que han marcado el tono de la discusión pública. Jackson reconoció que episodios como el Caso Convenios o el Caso Monsalve operaron como verdaderos bombazos que golpearon la línea de flotación del gobierno y destruyeron la narrativa de superioridad moral que había acompañado al Frente Amplio desde su origen. Reconoció también que la distancia entre las promesas iniciales y la práctica gubernamental alimentó una percepción de inconsistencia, e incluso de travestismo político, particularmente dañina en un contexto de voto obligatorio.
Esa autocrítica tiene un valor indudable, sin embargo, su límite es claro. Al concentrarse en los errores éticos, comunicacionales y de gestión, tiende a leer la derrota como una acumulación de fallas contingentes, más que como el síntoma de una desconexión estructural entre proyecto político y su base social. El problema no fue solo cómo se gobernó, sino desde qué imaginario social se gobernó y con qué imagen de pueblo se trabajó. La pérdida de legitimidad no se explica únicamente por los escándalos, sino por la incapacidad de ofrecer respuestas creíbles a demandas materiales como la seguridad, la estabilidad económica y el orden cotidiano.
Un ejercicio distinto, aunque parcialmente convergente, fue el texto Críticas, autocríticas, mitos y peligros, escrito por Gonzalo Winter tras la derrota de Jeannette Jara y difundido públicamente a través de redes sociales. En ese texto Winter sostuvo que sería un error reducir el resultado a una simple derrota electoral y subrayó que la victoria de la derecha expresó la capacidad de una narrativa para ordenar miedos, frustraciones y preocupaciones reales.
Lo más relevante del texto de Winter es que reconoció errores sustantivos. Entre ellos, la sobreestimación de la existencia de un supuesto nuevo pueblo homogéneo surgido del estallido social, la confusión entre malestar y hegemonía, la ambigüedad frente a la violencia, la inseguridad y la migración, así como una tendencia persistente a privilegiar la afirmación identitaria por sobre la eficacia política. En este punto, su análisis converge con el diagnóstico que formulé un año antes en Le Monde diplomatique. La izquierda confundió protesta con mandato, indignación con mayoría y diversidad de demandas con articulación hegemónica.
No obstante, el texto de Winter también revela una tensión no resuelta. En su esfuerzo por separar críticas legítimas de relatos interesados del adversario, el análisis tiende a desplazarse hacia una defensa del propio campo político. El resultado es una autocrítica lúcida en el plano descriptivo, pero aún insuficiente en el plano normativo. Se identifican errores, pero no se termina de asumir que el problema central fue la incapacidad de construir un sujeto político reconocible para un mundo popular fragmentado, precarizado y atravesado por el miedo cotidiano.
Tampoco es irrelevante que estas autocríticas provengan mayoritariamente de dirigentes cuya posición social y simbólica está lejos de las trayectorias históricamente asociadas al mundo popular (Jackson, Winter e Ibáñez). Ello refuerza la impresión de que la reflexión sobre la derrota sigue produciéndose desde el mismo espacio social que tuvo dificultades para interpelar al “pueblo”.
Por otra parte, el informe del Partido Comunista al X Pleno de su Comité Central, distribuido internamente a la militancia tras la derrota, refuerza esta lectura. El documento reconoce que el clivaje pueblo élite se instaló con fuerza en la política chilena y fue capitalizado por la derecha. Admite también que el eje del debate se desplazó hacia la seguridad y el miedo, y constata que amplios sectores populares y de capas medias precarizadas se volcaron hacia opciones conservadoras y abiertamente antipolíticas, opciones que nos hacen recordar al dictador Pinochet y su célebre referencia a los “señores politiqueros”. El diagnóstico del PC es correcto, pero tardío. Lo que allí se formula como balance posterior había sido advertido previamente. Sin anclaje social efectivo, el lenguaje populista queda disponible para ser reapropiado por la derecha.
Con el concepto de “populismo sin pueblo” busqué precisamente advertir ese riesgo antes del desenlace electoral. No se trataba de negar la legitimidad de las luchas identitarias ni de las demandas de reconocimiento de grupos desaventajados, sino de señalar que, sin una articulación robusta con las condiciones materiales de existencia de las mayorías, ese discurso se vuelve autorreferente. Un populismo que invoca al pueblo, pero no logra constituirlo como sujeto político efectivo, termina dejando el terreno libre para que otros, con proyectos autoritarios, ocupen ese lugar.
La derrota de 2025 no puede leerse solo como el fracaso de una candidatura o de un gobierno. Es el cierre de un ciclo político y la confirmación de una advertencia formulada con anterioridad. Si la izquierda quiere reconstruir su base social, deberá abandonar la comodidad de un discurso autocomplaciente y volver a construir una política de mayorías, una política “con el pueblo”.
A lo anterior debe añadirse un elemento particularmente problemático. Me refiero a la persistencia en sectores del Frente Amplio de una retórica que confunde explicación con consuelo y autocrítica con normalización de la derrota. Un ejemplo ilustrativo fue la intervención pública de Diego Ibáñez, quien en una entrevista en Radio Infinita, el 22 de diciembre de 2025, sostuvo que el resultado electoral debía leerse con tranquilidad, dado que en Chile siempre ha existido alternancia en el poder.
Este tipo de argumentación funciona como una coartada discursiva. Al inscribir la derrota en una supuesta regularidad histórica, se evita interrogar las razones sociales, culturales y materiales por las cuales amplios sectores populares optaron por un proyecto de derecha dura.
La derrota como advertencia y no como consuelo debería ser el punto de partida de cualquier reconstrucción política. Convertir el resultado de 2025 en un episodio más del péndulo democrático permite eludir la pregunta decisiva por las razones sociales de la derrota y desactivar cualquier aprendizaje transformador. Si la izquierda quiere reconstruir una base social mayoritaria, deberá abandonar las explicaciones tranquilizadoras y tomarse en serio la derrota como síntoma. No basta con tener razón en abstracto. Se trata de volver a construir una política de mayorías capaz de articular seguridad, orden democrático y justicia social desde la experiencia material de un pueblo real y no imaginado desde posiciones intelectuales acomodadas. Esta advertencia fue ya hecha hace décadas por Silvio Rodríguez cuando nos cantaba en Canción de harapos
“Desde una mesa repleta cualquiera decide aplaudir
La caravana en harapos de todos los pobres
Desde un mantel importado y un vino añejado
Se lucha muy bien
Desde una casa gigante y un auto elegante
Se sufre también
En un amable festín se suele ver combatir”
