Nuestra capacidad de agencia lectora se está erosionando silenciosamente. Como lectora y profesora, observo cómo se extingue gradualmente ese fuego creativo que convierte la lectura en un diálogo vivo. No es una mera impresión subjetiva, sino un fenómeno visible: delegamos progresivamente en resúmenes automáticos el acto mismo de interpretar, de dudar, de construir significado. Renunciamos, muchas veces sin darnos cuenta a esa libertad esencial que tiene el lector para hacer suyo lo leído, para insuflarle vida desde su propia existencia.
Pensadores como Fish e Iser con su criticismo moderno en la interpretación de los actos de lectura, nos han enseñado que un texto solo existe plenamente cuando un lector lo activa con su conciencia. La lectura es, en esencia, un acto performativo: no recibimos significado, lo creamos. Cada encuentro con un texto es singular porque nosotros, como lectores, somos irrepetibles. Sin embargo, en nuestra obsesión por la eficiencia y la inmediatez, estamos normalizando una relación de carácter más utilitaria con los textos. Los "consumimos" en lugar de dialogar con ellos. Pedimos a la inteligencia artificial que nos diga "de qué va" antes de permitirnos descubrirlo y descubrirnos en el proceso.
Esta pérdida de agencia no es trivial. Tiene consecuencias profundas en cómo pensamos, cómo sentimos y cómo nos relacionamos con el mundo. Cuando externalizamos la interpretación, cedemos parte de nuestra autonomía intelectual y terminamos inmersos en "comunidades interpretativas" digitales corriendo el riesgo de reforzar sesgos, en lugar de desafiarlos. Leemos para confirmar, no para crecer.
Pero aquí precisamente radica la resistencia. Defender nuestra agencia lectora es un acto político en un mundo que privilegia la velocidad sobre la profundidad, la uniformidad sobre la singularidad. Implica, como bien apunta Livingston en la antropología de la lectura, vigilar que nuestras propias herramientas y métodos no se conviertan en jaulas que limiten, en lugar de ampliar, lo que un texto puede ser.
Reclamo el derecho a perderme, a equivocarme con el texto, a permitir que me transforme según un ritmo humano, no algorítmico. En una sociedad que mercantiliza la atención y estandariza el pensamiento, esta práctica íntima se convierte en un acto de insumisión: es proteger la diversidad de la conciencia frente a la homogenización.
Recuperar nuestra agencia lectora es, en definitiva, reivindicar un espacio de libertad interior y ejercer una soberanía interpretativa. Es recordar que, ante cualquier texto, siempre tenemos la última palabra. Que nuestra lectura personal ,si bien imperfecta y única, es la que verdaderamente importa, no porque sea objetivamente superior, sino porque es propia.
Luisa Consuelo Soler
Universidad Autónoma de Chile
