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¿Por qué Epstein y Bannon quisieron “derribar” al papa Francisco? Por Álvaro Ramis

La frase —brutal en su simpleza— no surge de una metáfora teológica ni de una discrepancia doctrinal menor. “Derribemos a Francisco” expresa una hostilidad política e ideológica hacia un pontificado que, desde 2013, tensionó intereses económicos, culturales y geopolíticos muy concretos. Más que una conspiración operativa con resultados verificables, lo que revelan los intercambios atribuidos a Jeffrey Epstein y Steve Bannon es el choque entre dos proyectos de mundo.

Primero, la economía

Francisco fue el primer papa que cuestionó frontalmente el dogma neoliberal desde el centro del poder católico. No habló en clave moral abstracta: denunció la “economía que mata”, la financiarización sin límites, la desigualdad estructural y el descarte social como rasgo del capitalismo contemporáneo. Para Bannon —ideólogo del nacional-populismo y defensor de un capitalismo identitario, duro y jerárquico— ese discurso no era ingenuo: era subversivo. Desarmaba la alianza entre conservadurismo moral y liberalismo económico que había sostenido a buena parte de la derecha religiosa global.

Segundo, la política

Francisco apostó por el multilateralismo, el diálogo entre culturas y religiones, la acogida de migrantes y una diplomacia activa con el Sur Global. Todo lo contrario a la visión de Bannon, que concibe la política como guerra cultural permanente entre civilizaciones. Para ese enfoque, el Papa no era un líder espiritual incómodo, sino un actor político global que legitimaba una agenda progresista con autoridad moral planetaria.

Tercero, la religión misma

El pontificado de Francisco descolocó al catolicismo identitario. Desplazó el eje desde la obsesión por la norma hacia la misericordia; desde la trinchera moral hacia la periferia social. Ese giro debilitó a los sectores integristas que habían convertido la fe en marca ideológica y en herramienta de movilización política. Allí aparece lo que algunos han llamado el ecumenismo del odio: alianzas tácticas entre católicos ultraconservadores y evangelismos fundamentalistas, unidos no por la teología, sino por enemigos comunes —el feminismo, la diversidad, el pluralismo, el propio Francisco.

¿Dónde entra Epstein?

No como ideólogo, sino como facilitador. Su rol, según lo conocido, no fue doctrinario sino instrumental: dinero, redes, acceso. Epstein representa el lado más crudo del poder sin anclaje moral, capaz de financiar causas contradictorias si ello ampliaba su influencia. En ese cruce, la religión aparece degradada a plataforma de intervención política, no como fin espiritual.

¿Por qué “derribarlo”?

Porque Francisco rompía una ecuación útil: conservadurismo religioso + orden económico desigual + disciplina social. Al introducir la justicia social, la crítica al mercado absoluto y una ética del cuidado, el Papa desarticulaba esa alianza. No hacía falta reemplazarlo con otro papa; bastaba debilitar su autoridad, erosionar su legitimidad, disputar el sentido del catolicismo desde dentro.

¿Y Chile?

No estamos al margen. El mismo patrón se observa en debates locales donde la fe se instrumentaliza para bloquear reformas, radicalizar identidades y transformar desacuerdos democráticos en batallas morales. El caso Epstein–Bannon no es relevante por su eficacia, sino por lo que revela: hay actores dispuestos a convertir la religión en un arma política global.

En ese sentido, el verdadero conflicto no fue personal contra Jorge Mario Bergoglio. Fue —y sigue siendo— contra una idea peligrosa para ciertos intereses: que la fe pueda servir para humanizar la política en lugar de endurecerla; para abrir el mundo y no clausurarlo; para recordar que el poder sin límites, incluso cuando se disfraza de virtud, termina siempre enfrentándose a quienes insisten en poner a las personas —y no al mercado ni a la identidad— en el centro.

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