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¿Por qué hay trabajadoras y trabajadores sociales que votan por proyectos antidemocráticos en plena democracia? Por Maritza Ortega Palavecinos

Es una pregunta incómoda. No por su dificultad, sino por lo que revela del miedo, de las heridas históricas, del desencanto acumulado y de las tensiones internas de una profesión que nació para ampliar derechos, no para restringirlos. En estos días previos a las elecciones he escuchado frases inquietantes: “Yo voto por orden”, “La democracia no me ha dado nada”, “El país necesita mano dura”. Una escucha eso y se pregunta qué pasó con la memoria, con la ética, con el pacto fundacional que marcó al Trabajo Social desde su origen.

Quizás la respuesta más honesta es que vivimos en un país cansado. Un país donde las promesas se sienten lejanas, donde los avances llegan a cuentagotas, donde las políticas públicas no siempre cuidan y donde la precariedad se normaliza. Cuando la frustración se vuelve atmosférica, las soluciones autoritarias comienzan a sonar razonables. Lo punitivo se percibe eficaz. El miedo se transforma en brújula.

Y aquí entra un elemento que ha transformado la conversación pública: la polarización afectiva. Ya no discrepamos solo en ideas; desconfiamos de la persona que piensa distinto. La política deja de debatirse y empieza a vivirse como identidad: se vota para proteger a “los míos” o para castigar a “los otros”. En ese clima, incluso profesionales formados para analizar la complejidad social terminan atrapados en relatos que dividen el mundo en buenos y malos, orden y caos, mano dura y permisividad. La ambivalencia se vuelve intolerable; la diferencia, una amenaza. Y en ese escenario, lo autoritario se disfraza de claridad moral.

Pero la pregunta de fondo permanece: ¿habrán elegido bien? Y, más aún, ¿una trabajadora o un trabajador social deben votar por un proyecto antidemocrático sin afectar el pacto ético de su profesión? Desde lo jurídico, claro que sí. Desde lo ético-profesional, la respuesta es mucho más compleja. El Trabajo Social no es neutro. Nunca lo ha sido. Su razón de existir es tensionar estructuras injustas, no adaptarse a ellas. Fue creado para defender a quienes la desigualdad ha mantenido en el borde: niñas y niños vulnerados, personas mayores abandonadas, mujeres violentadas, migrantes sin redes, personas empobrecidas, adolescentes castigados por crecer donde el Estado llega tarde, pacientes que dependen de un sistema de salud que no siempre responde.

Y aquí aparece la pregunta más dura ¿votar por un proyecto que vulnera derechos humanos es traicionar la profesión? No se trata de fiscalizar votos individuales, sino de reconocer que ciertas decisiones políticas chocan frontalmente con el corazón de lo que hacemos. Un proyecto que relativiza violaciones de derechos humanos, niega violencia estatal, desprecia la diversidad, criminaliza la pobreza o propone seguridad basada en el castigo a los mismos cuerpos vulnerables de siempre es incompatible con los principios que dieron origen al Trabajo Social.

Esto es aún más relevante hoy, cuando se cumplen 100 años desde la creación de la primera Escuela de Servicio Social en Chile, nacida para profesionalizar la intervención social y democratizar la dignidad en un país profundamente desigual. Cien años después, resulta inevitable preguntarse: ¿qué queda de ese espíritu cuando parte de la profesión legitima proyectos que erosionan justamente aquello que la originó?

Y otra pregunta se hace inevitable: ¿estarán formando bien las universidades? ¿Están actualizadas las mallas curriculares? ¿Se enseñan derechos humanos como un pilar o como un capítulo decorativo? ¿Se aborda la desigualdad como injusticia estructural o solo como un diagnóstico? ¿Se trabaja la ética como ejercicio vivo o como un contenido olvidado? Tal vez la incoherencia no nace solo del votante: nace de una formación que evita el conflicto político por miedo a “adoctrinar”, sin entender que esa neutralidad también adoctrina, pero en la desmemoria, la superficialidad y la comodidad.

Las universidades no pueden enseñar Trabajo Social como gestión de casos. La profesión exige teoría crítica, análisis de poder, ética pública, feminismos, interseccionalidad, memoria, democracia y trabajo comunitario real. Sin esos cimientos, es esperable que algunos profesionales terminen creyendo que el orden vale más que la dignidad o que los derechos son un privilegio y no una conquista social.

Por eso la pregunta vuelve, insistente: ¿habrán elegido bien? No lo sé. Pero sí sé que un voto siempre tiene consecuencias, y que algunas consecuencias se sienten durante décadas. Quizás la pregunta más urgente no es por qué votan así, sino si la profesión está dispuesta a revisar sus grietas formativas, sus prácticas despolitizadas y su dificultad para enfrentar la polarización afectiva sin caer en ella. Porque las democracias se sostienen no solo votando, sino recordando. Y si en algún lugar la memoria debiera estar viva, es en el Trabajo Social.

Cien años después, la profesión se mira en un espejo incómodo: ¿somos capaces de defender la democracia incluso cansadas, decepcionados o asustados? ¿Podemos sostener la ética del cuidado cuando el miedo se vende como política pública? ¿Recordamos que esta profesión existe porque, una vez, un grupo de mujeres decidió que la dignidad no era negociable?

Y mientras el país se prepara para votar este domingo, esta pregunta deja de ser teoría y se convierte en una decisión que puede cambiar el rumbo de los próximos años. Las elecciones no son un trámite: son un espejo. Cada voto dice algo de lo que creemos posible, de lo que estamos dispuestos a permitir, de lo que estamos dispuestas a defender.

En estos días he visto miedo, cansancio, rabia, desconfianza. Pero también he visto algo más: personas que, aun agotadas, siguen levantándose para cuidar, para acompañar, para sostener vidas que dependen de un Estado que no siempre responde. Esa fuerza silenciosa merece un país que no la traicione.

Porque hay momentos en la historia donde no votamos solo por un programa, sino por una manera de convivir. Y este es uno de ellos. No puedo decirle a nadie por quién votar. Pero sí puedo decir - con la honestidad que da el oficio y con la emoción de quien trabaja cada día con la fragilidad humana - que la democracia es el único hogar donde el Trabajo Social puede existir sin renunciar a sí mismo. Fuera de ella, lo que queda son estadísticas sin rostro, órdenes sin ética, jerarquías sin humanidad.

Este domingo, más allá de nuestras diferencias, ojalá podamos votar desde ese lugar profundo donde habita la memoria, la dignidad y la vida de quienes dependen de nuestras decisiones mucho más de lo que imaginan. Ojalá votemos con la certeza de que un país no se sostiene con miedo, sino con humanidad. Y que, cuando todo pase, podamos mirarnos al espejo - profesionalmente y humanamente - y decir: no traicioné lo que soy, ni lo que esta profesión me enseñó a defender.

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