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Por qué sí a la Plaza Italia. Por Pablo Aguayo Westwood

Recuerdo que hace unos diez años atrás un apoderado me preguntó dónde podía comprar los libros que había puesto en el programa de estudios de mi curso de Filosofía. Dada la alta numeración de la avenida donde estaba el colegio, pensé que enviarla a San Diego era como obligarla a ir más allá de los confines del universo, y no estaba equivocado. Cuando le dije que podía encontrarlos en cualquier librería del Drugstore en Providencia, ella me dijo: “es que yo bajo hasta el Alto las Condes no más”. En ese momento mi esquema “Plaza Italia para arriba, Plaza Italia para abajo” se fue ya saben dónde. Esto lo comento a propósito de la resignificación de los espacios públicos, pero sobre todo para mostrar el significado de “lo público”. No me referiré a la aburrida distinción jurídico-económica de qué podemos considerar “bienes de uso público” o si las universidades privadas son también, y en algún sentido metafísico, teleológico o patafísico, organizaciones con un “fin” público. Mi interés es solo mostrar que lo público es principalmente lo que está al alcance de todos. En un país decente, por ejemplo, la educación privada es un lujo, pero la educación pública es un bien al que cualquier niño o niña puede acceder. En este sentido son también públicos la salud, las calles, los parques y, aunque usted no lo crea, las “universidades públicas”. Que el espacio público sea público no significa solamente que no haya que pagar una entrada, sino que es un lugar de encuentro; en este sentido, por ejemplo, la Universidad de Chile ha dejado hace mucho tiempo ser una universidad pública en ambos sentidos.

Un ejemplo de lo anterior es el parque Bicentenario de Vitacura, que siendo un lugar gratuito no es un lugar de encuentro, salvo que creamos que este encuentro es solo de aquellos que hacen todo lo posible por ser iguales. Un verdadero lugar de encuentro, un verdadero espacio público, reúne a la diversidad. Si usted un día sube el Cerro San Cristóbal verá que este parque cumple mejor con esta condición que el Parque Bicentenario. Por ahora evitaré referirme a cuando se propuso que el metro llegase hasta el Parque Araucano y al reclamo de los vecinos de que “se llenará de rotos”. Evitaré referirme a ello para no ser prejuicioso.

Es cierto que los lugares de encuentro no son estáticos y muchas personas han preferido ir a celebrar algún triunfo de Chile al Apumanque para no bajar a los confines donde se acaba el mundo y las cabezas de los dragones salen a devorar a los seres humanos. Pero pese a ello, no hay dudas de que el principal centro de reunión y encuentro nacional ha sido la Plaza Baquedano. Sí, la Plaza Baquedano, porque la plaza donde está ahora el General Baquedano solo fue la “Plaza Italia” entre 1910 y 1928. Su nombre se debe al regalo que le hiciera el Reino de Italia a Chile en 1910. Una escultura de Roberto Negri del “Genio de la Libertad” en la que se aprecia un ángel acompañado por un león. Así las cosas, desde 1997 la Plaza Italia es ese pequeño espacio entre las calles Merced, Vicuña Mackenna y Andrés Bello.

Todo este rodeo lo he hecho con la finalidad de poner en discusión qué pasará cuando el Consejo de Monumentos Nacionales acepte el traslado del General Baquedano. Una opción es volver a poner al “Genio de la Libertad” en la actual Plaza Baquedano y denominarla “Plaza de la Libertad”. Recordemos que el original de Le Génie de la Liberté es una obra del escultor Augustin Dumont (1833), y se encuentra en la cima de la Columna de Julio de la Plaza de la Bastilla en París. Nadie dudará de la “dignidad” de la Plaza de la Bastilla y de que lo que ahí se conmemora recoge en gran medida el espíritu de nuestras demandas sociales. No se trataría de cambiar el nombre de sopetón, sino de mostrar el original significado del “Genio de la Libertad” y ver hasta qué punto los y las ciudadanas estarían de acuerdo con volver las cosas a su lugar. Un ejemplo de esto lo ha promovido recientemente Claudio Castro, alcalde de Renca, con la Avenida Dorsal, avenida a la que un alcalde designado en dictadura denominó Avenida Jaime Guzmán. Volver a llamarle Avenida Dorsal no fue una decisión unilateral, sino democrática.

Es cierto que el peso de la “Plaza de la Dignidad” tiene tal fuerza para el movimiento del 18 de octubre que sería difícil renombrar este espacio de unión y encuentro. Pese a lo anterior, creo que a veces mirar un poco la historia nos permite narrarla de tal modo que muchos más cabos quedan unidos.

Pablo Aguayo Westwood
Profesor Asociado
Facultad de Derecho, Universidad de Chile

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