No se puede apelar al sentido común mediante rodeos; si un plato es bueno, se repite. Esa es la consigna. Esto ocurrió con los 20 años de la Concertación, la coalición de gobierno más exitosa desde el retorno de la democracia. No sé si fue porque efectivamente el plato era bueno, porque existía un sentido de pertenencia entre la comunidad y los liderazgos políticos de entonces, o simplemente porque había rechazo a volver a las lógicas de la derecha, donde entraban en juego el miedo y todas las emociones ancladas en ese pasado de dictadura y sufrimiento, efectos que se pueden observar en cualquier evento traumático, casi como una doble victimización solo por pensar en un gobierno de derecha. En este sentido, la comunidad durante la Concertación compartía una experiencia y preocupación comunes. Sea como sea, en política se miden resultados, no procesos: ¿quién recuerda el programa de gobierno del expresidente Sebastián Piñera? Y eso que fue hace poco. En términos estrictamente políticos, la Concertación fue todo un éxito. Pero nada es eterno.
De aquí en adelante, y habiendo concluido ya los veinte años gloriosos, los gobiernos se alternan entre un sector político y otro: izquierda y derecha. Un paso tú, un paso yo… como cualquiera que, para caminar bien, se ve obligado a realizar este mecánico ejercicio de intercambio entre piernas. Pero, ¿qué ha sucedido en estos procesos electorales que determina de manera tan polarizada a los elegidos? ¿Acaso hablamos de votantes que cambian sus principios y sistemas de valores cada cuatro años? No estoy del todo seguro. ¿Hablamos de votantes que permiten evidenciar un cambio en sus valores? En todas estas elecciones posteriores a la Concertación, la relación entre la cantidad total de inscritos, la participación electoral, los votos válidamente emitidos, los votos nulos, los votos en blanco y la relación entre el candidato electo y el no electo en segunda vuelta, no es un dato significativo como para dar cuenta de un cambio valórico en los votantes.
Ahora bien, hay un dato importante: el mecanismo de votación. A partir de 2012, la inscripción es automática y el voto, voluntario. Esto cambió todo, pues dinamizó la arena política, entendiendo que una actividad como el sufragio siempre modifica la inercia del campo político en la medida en que pone de relieve la búsqueda de intereses comunes, abriendo la brecha para una nueva configuración de la arena política. El voto voluntario, por lo general, es el voto de los más convencidos, y los más convencidos son los partidarios. El resto de la comunidad queda entonces en una necesidad imperativa para los partidos de captar estos cúmulos de subjetividades y sus intereses agregados. Dado que la política moderna es una relación, hasta cierto punto, descentralizada, esta asume el carácter de deliberación, en donde el juego de resolución de conflictos tiene mayor relevancia en los procesos de argumentación que en las justificaciones técnicas. Ahora bien, durante el año 2022, nos encontramos en un nuevo escenario, donde la votación es obligatoria. Esto tensiona aún más la coyuntura electoral, porque se sabe que una gran parte de la comunidad que no está dentro de un partido político tendrá que acudir a las urnas para expresar sus intereses. Y es aquí donde surge un problema mayor, ya que, para configurar el interés general, es necesario producir un bien colectivo frente a una amplia pluralidad de intereses. Así, la dimensión electoral transita entre los elementos simbólicos que generan sentido de pertenencia y que, además —y esto es lo segundo— sean pertinentes al momento vivido; es decir, a la adecuada apropiación de los objetos políticos básicos y al sentido que cada candidato pueda darles en función de la coyuntura (la lectura política). Por ejemplo, el discurso del candidato presidencial Eduardo Artés no tiene sentido en la manera en que se apropia de objetos políticos básicos como la salud, al proponer volver a la entrega de medio litro de leche a cada niño. No solo es atemporal, porque en cierta medida la atención primaria ya resuelve esto, sino porque la frase evoca un componente simbólico del pasado. Y es aquí donde el sentido y el componente simbólico de la comunidad actúan como barrera frente a estas ofertas, que para Artés podrían ser vistas como demandas implícitas.
¿Qué elementos entran entonces en juego en una elección presidencial obligatoria en los tiempos que corren? Me atrevería a decir que, en gran medida, esa comunidad que “no es política” y no está afiliada a ningún partido es un sujeto de consumo, ya que la actividad económica permite integrarnos como sociedad. La rutina constante de la vida se sostiene en certezas que, en primer lugar, son económicas, y esto responde a una cuestión vital: sin dinero no se vive. El criterio orientador del progreso se mide con gran fuerza en su aspecto económico. El progreso, entendido como una economía saludable, legitima cualquier decisión del país. A través de este criterio, evaluamos la capacidad de mejora de una sociedad y, por extensión, de una familia. No olvidemos que el leitmotiv del año 2019, que originó el estallido social, fue el aumento en el valor del pasaje. No afirmo que todo sea así, pero sí que una buena parte del interés general se inscribe en este ámbito.
Un segundo elemento es la seguridad. Se trata de un malestar y problema generalizado y objetivo, que incluye la percepción de inseguridad, una cuestión bastante compleja, por demás. En este caso, la oportunidad de ordenar el cúmulo de subjetividades de la gente resulta más “sencilla”, ya que el sentimiento de pertenencia está compartido a priori en una gran escala: necesitamos más seguridad para estar a salvo, con menos delitos y menos muertes. Esto facilita considerablemente la producción de un bien colectivo frente a una pluralidad de prioridades individuales y colectivas agregadas, convirtiendo a la seguridad en un instrumento eficaz para reforzar la necesidad y generar respuestas.
Dos dimensiones que, entre tantas otras, pueden canalizar ese cúmulo de subjetividades. Si bien existen otras dimensiones, considero que estas son cruciales cuando se trata de una elección presidencial.
Cristopher Ferreira Escobar
Cientista político. Doctorante Estudios Transdisciplinares Latinoamericanos.
