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Por un mejor futuro para Chile, junto a su entorno. Por Mario Vega

En América Latina, los alcances de la pandemia de Covid-19 han causado dramáticos efectos humanitarios por la conjugación su impacto sanitario y de las consecuencias sociales de la misma. Según estadísticas de la Universidad John Hopkins[1], nuestra región exhibe, actualmente, la mayor concentración de casos, mientras la tasa de crecimiento de contagios sigue un ritmo ascendente.

      Un hecho básico es que la persistencia de focos de esta enfermedad en alguno de nuestro países, amenaza finalmente todo esfuerzo posible de ser realizado en su entorno geográfico próximo, por lo tanto, poco sentido pueden tener las comparaciones sobre el comportamiento de las curvas de contagio, si no se colabora aportando enfoques que puedan contribuir a mejorar los resultados epidemiológicos en las áreas más afectadas del continente.

      Es en ese marco que, de igual manera, es posible constatar que a nivel regional no existe una estrategia común para controlar su propagación observándose diversos énfasis y discursos respecto de las formas de control por parte de los Estados, admitiéndose los más variados matices: desde aquellos que desde un principio establecieron políticas de severa restricción como Argentina y que hoy en día presenta razonables indicadores de propagación de la enfermedad, hasta aquellos países en donde las autoridades han relativizado sus previsibles y dramáticas consecuencias, como Brasil, en donde las cifras parecen desbordarse.

      Llama entonces la atención que, en algunas ocasiones anteriores ha existido una perfecta coordinación a nivel de los diversos gobiernos ante determinadas coyunturas, generalmente de carácter político. En tales oportunidades fluyen de un modo, casi espontáneo, las cumbres presidenciales que exhiben un alto grado de determinación plasmada a través de declaraciones conjuntas cuya voluntad de acción es también unívoca. Hoy en día, en cambio, tales opciones de diálogo se han desvanecido, justo cuando la cooperación y la coordinación regional pueden transformarse en valiosas herramientas para hacer frente común ante las dificultades del actual panorama y del futuro a mediano plazo. Lo anterior estriba, presumiblemente, en la falta de confianza política existente a nivel de tales espacios de decisión vinculados, del mismo modo, a los disímiles enfoques de sus políticas sanitarias hecho que dificulta las posibilidades para lograr acuerdos en tal sentido.

      En ese plano, el rol hasta ahora desempeñado por la Organización de Estados Americanos (OEA) y, en menor medida, el Foro para el progreso de América del Sur (PROSUR) podría haber tenido hasta ahora un mayor protagonismo. Esta última instancia, creada en marzo de 2019, establece en el documento sobre sus directrices de funcionamiento que aspira a: “lograr un mayor bienestar, la superación de la pobreza, una mayor igualdad de oportunidades, la inclusión social de sus habitantes.”[2] Si bien en su último encuentro virtual, durante el mes de mayo, abordó los efectos en la economía de la propagación del virus, de ella no participaron los mandatarios de Brasil y de Argentina[3] en un gesto, de todos modos, elocuente. 

      Pensemos en que este tipo de instancias obedecen a un sincero y constructivo espíritu de encuentro en países que comparten similares problemáticas de orden estructural en su economía y realidad social y, no a la voluntad de alineamiento político de sus gobiernos integrantes a partir de circunstanciales mayorías electorales en sus respectivos países, es decir que su afán es unir y no aislar.

      En tal contexto, el reciente anuncio realizado por el Ministro de Ciencia, Andrés Couve, sobre el apoyo otorgado por el gobierno al proyecto conjunto, entre instituciones científicas chilenas y laboratorios farmacéuticos extranjeros, conducentes a desarrollar una vacuna contra el Coronavirus, si bien constituye una muy positiva noticia, es también un ejemplo de las dificultades que este tipo de iniciativas enfrenta al momento de sumar capacidades a partir de nuestro entorno regional latinoamericano.   

      Recordemos que las urgencias que enfrentamos son múltiples, por ejemplo, los Desafíos de Desarrollo Sostenible[4] establecidos por la Organización de Naciones Unidas (ONU) constituyen un ambicioso horizonte a alcanzar para el año 2030, y entre ellas, se plantean tres metas que pueden estar en serio riesgo de no ser revertido el complejo panorama actual. Entre ellas, el fin de la pobreza, lograr hambre cero y salud y bienestar para la población.    

Estos objetivos han experimentado un difícil trance dado que, según estimaciones Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), dados los efectos de la crisis derivada de la pandemia, podrían caer a la condición de extrema pobreza una cifra cercana a 83,4 millones de personas en 2020.[5]

Lo anterior, reviste especial importancia en un continente en donde, durante los últimos años, se han intensificado sus flujos migratorios internacionales los que, en medio de esta contingencia, han forzado procesos de repatriación por razones humanitarias. De fondo, en esta problemática, se encuentra la necesidad de otorgar igualdad de derechos sociales a ese conjunto de la población en atención a los compromisos internacionales suscritos. Los desplazamientos de grupos migrantes, una vez abiertas las fronteras, quizás sea una imagen que se torne recurrente ante la pérdida de empleos y de frustradas expectativas de una mejor vida en los países receptores.

Alcanzar la meta de eliminar el hambre a mediano plazo, dependerá del logro de altos niveles de bioseguridad en la agricultura regional, ámbito fundamental para la sustentabilidad de nuestras economías, constituye un común desafío dada la condición de interdependencia observable en la región. La modificación del panorama de la economía internacional, de igual manera, puede implicar una rápida reconversión de las áreas de cultivo por la reducción de la demanda externa.

Mientras todas estas urgencias se hacen presentes, el debate político en Chile recupera la centralidad que los tiempos de crisis traen consigo. Confiemos que en ello sea el inicio de discusiones de fondo sobre un futuro para Chile, junto a su entorno.   


[1] https://www.france24.com/es/20200512-coronavirus-covid19-france24-america-contagios

[2] https://minrel.gob.cl/prosur-da-paso-decisivo-con-acuerdo-para-su-puesta-en-marcha/minrel/2019-09-25/180024.html

[3]https://www.latercera.com/politica/noticia/coronavirus-pinera-se-reune-con-lideres-de-prosur-y-acuerdan-crear-grupo-entre-ministerios-de-hacienda/JBO7RCHZFVHR3PMPW6GWIRFJKU/

[4] https://www.un.org/sustainabledevelopment/es/objetivos-de-desarrollo-sostenible/

[5] https://www.cepal.org/es/comunicados/fao-cepal-millones-personas-pueden-caer-la-pobreza-extrema-hambre-2020-america-latina

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