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Por una Región libre de heridas simbólicas. Por Felip Gascón i Martín y Rodrigo Mundaca Cabrera

La muerte no va conmigo
la vida va en fuego entero(…)
El futuro es de la vida,
los pueblos aman la vida,
lo muerto no,
la muerte no,
los muertos no.
Patricio Manns

A estas alturas de la historia no debería ser un secreto para ningún chileno ni chilena que nuestra identidad e imaginario colectivo están dramáticamente disociados a causa de una violencia estructural. Compartimos desde esta escritura aquella metáfora antropológica sobre las heridas simbólicas con que ciertos ritos de tránsito marcaban los cuerpos de los neófitos en diversas culturas ancestrales. Lamentablemente, en el contexto de esta inacabada transición chilena, las heridas materiales y simbólicas de la dictadura cívico-militar siguen cercenando el cuerpo-mente colectivo hasta dimensiones insospechadas. No casualmente, el país detenta una de las mayores tasas mundiales asociadas a problemas de salud mental y psicopatías. El terror y el miedo instalados frente a la violencia ejercida por agentes del Estado no ha quedado en el olvido, porque tampoco ha existido una voluntad política de memoria y reparación; más grave aún, los crímenes de lesa humanidad y las violaciones a los derechos humanos no son cosa del pasado, todo lo contrario, se siguen reproduciendo injustificadamente por una criminalización de la protesta social, en el discurso mediático y en la práctica represiva de policías y cuerpos militares contra aquel supuesto “enemigo interno” con que se tilda la diferencia, especialmente la incomprendida cosmovisión del pueblo-nación mapuche y, en general, de todas las comunidades étnicas, diversidades, disidencias y resistencias al modelo extractivista del capitalismo salvaje. Ejemplo de esto último, es la persecución hacia defensores y defensoras del medio ambiente por parte de la inteligencia policial, en la región de Valparaíso.

En Chile, el modelo económico neoliberal está asentado sobre una falaz paz social, impuesta mediante una no tan silenciosa belicosidad de clase, patriarcal, colonial y territorial, que permea fronteras y profundiza las brechas de inequidad y violencia. En esa realidad social, se construyen estereotipados discursos y prácticas asistencialistas desde el Estado, en torno a la vulnerabilidad, como si esta última se tratara de una condición social innata que marca con heridas simbólicas el cuerpo-mente de ciertos segmentos de nuestra población. Pero escasamente se profundiza sobre los hechos históricos que han provocado la paradójica normalización que asocia a la clase político-económica dominante con la corrupción, la colusión, la usura, el tráfico de influencias, entre otras muchas conductas reñidas con el imperativo ético que se supone debe encarnar la función pública, como también la privada. Desde la perspectiva de los imaginarios sociales, la normalización de estos tipos de violencia simbólica, amparada por el individualismo, la competencia, el cosismo, el consumismo, la exclusión social y el ecocidio extractivista, ha conducido al propio modelo a un callejón sin salida. No solamente por el descrédito de la institucionalidad que la administra, sino porque su extensión normalizadora resulta el caballo de Troya de la necropolítica y la narcopolítica, dos caras acuñadas en una misma moneda.

Es por ello, que en otras latitudes se ha comenzado a hablar de la emergencia de un peligroso “fascismo de baja intensidad”, que traspasa las relaciones sociales, infiltrándose en las políticas de seguridad interior del Estado y la tan periclitada seguridad pública, pero también en el insoslayable incremento del narcotráfico y la narcocultura. El reguero de pólvora que enciende esa cultura de muerte, en el contexto de la presente globalización pandémica, debería remecer nuestra conciencia humana ante el imperativo ético de preservar la vida en todas sus formas. Y, especialmente, cuando debemos pensar y actuar sobre y en la identidad de la Región de Valparaíso, ciertamente fragilizada y fragmentada por un centralismo imperante que se reproduce provocando la implosión y asfixia de todo lo que considera periferia, marginal, rural o simplemente premoderno.

¿Será posible, entonces, construir una comunidad regional inspirada en la liberación de todas sus fuerzas creativas, de su ecología de saberes socio-territoriales, con el firme propósito colectivo de garantizar la paz, el cuidado de la vida y de los bienes comunes?

Sin duda, la construcción de ese otro mundo posible no tiene lugar sino desde la deconstrucción de esa matriz necropolítica que niega la vida, los cuerpos sociales, la tierra y el agua. Y esto no se trata de un simple giro metafórico, sino de la cruda realidad al desnudo, la sistemática violación de los derechos humanos y de la naturaleza: muertes, violaciones, torturas, mutilaciones oculares se suman a “zonas de sacrificio”, estados de catástrofe hídrica, derrames de relaves mineros, contaminación de aguas superficiales y napas subterráneas, incendios devastadores, pérdida del patrimonio genético y la biodiversidad.

La construcción genuina de sentido identitario colectivo tiene una conexión directa con nuestra memoria, el legado de nuestros pueblos originarios y la descolonización del pensamiento desarrollista moderno extractivista y de extinción. Porque no sólo es posible, sino necesario, aspirar a un proyecto de buen vivir comunitario, el kume mongen mapuche o sumak kawsay quechua, cuya afirmación por la vida y su diversidad apelan a la recuperación de una cultura solidaria y una sociedad de derechos, plenamente participativa y consciente de su protagonismo histórico.

Este proyecto político, en diálogo con organizaciones sociales, territoriales, vecinos y vecinas, encarna una resistencia asociada al buen vivir, pero también una construcción colectiva que aspira a aportar en una dirección ético-política: una región de derechos, inclusiva, democrática y libre de violencia. La apuesta de este proyecto, se enfrenta con tensiones a las tendencias normalizadas, a la violencia contra los derechos humanos y de la naturaleza. Nuestra identidad regional, lejos de ser olvidada, es un punto de partida para reivindicar una acción política transformadora.

Felip Gascón i Martín es periodista, Doctor en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Barcelona, Postgraduado Cátedra UNESCO de Brasil en Políticas Públicas y Desarrollo Regional.

Rodrigo Mundaca Cabrera es candidato a Gobernador Regional de Valparaíso. Vocero Nacional MODATIMA. Ingeniero Agrónomo.

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