La espectralidad pinochetista del gabinete inaugurado el 11 de marzo de 2026 no admite equívoco descriptivo, y la «izquierda posible» hace bien en denunciarla. La designación de exabogados del régimen militar en las carteras de Defensa y Justicia, el guiño nominal a la trayectoria del Rechazo de 2022 que el propio presidente del Partido Republicano subrayó como «especialmente significativo», la celebración con que sectores de la UDI saludaron una composición que el Frente Amplio describió como «un gabinete heredero de Pinochet», componen un repertorio de signos que se autodeclara y se complace en ser leído. Hasta aquí la denuncia es sensata, y este artículo la suscribe sin ambages. Pero importa no confundir la ostentación del significante con la operatividad de la matriz, ni tomar el énfasis declarativo por evidencia de continuidad doctrinaria.
Aquel régimen articulaba una matriz doctrinaria identificable. La fórmula chicago-gremialista organizaba el dispositivo en cuatro registros: doctrina económica neoliberal-tecnocrática, doctrina gremial-tomista, doctrina política de seguridad nacional, doctrina cultural de restauración. La Constitución de 1980, el sistema binominal y la transición concertacionista transformaron esa matriz autoritaria en arquitectura de la democracia tutelada. Lo ocurrido entre 1990 y 2018 fue, en rigor, una administración (de diverso orden) del legado pinochetista por gobiernos no pinochetistas: continuidad estructural disociada de la identificación simbólica con el régimen. Esa disociación es la condición de posibilidad de la coyuntura presente. El gabinete kastista hereda la estructura sin necesidad de heredar la doctrina, y ostenta una filiación que ya no requiere matriz, porque la matriz, sedimentada como obviedad institucional, opera por debajo del nivel discursivo donde la filiación se performa.
Conviene nombrar con precisión lo que hoy ya no está. No hay conexión eclesiástica articulada con el episcopado conservador, como en los años setenta y ochenta. Tampoco hay Escuela Austriaca ni Escuela de Chicago encarnadas en una camada doctrinaria que llegue al gabinete con cuadros formados en una ortodoxia económica común. Y no hay UDI popular como partido orgánico institucionalizado, capaz de organizar territorios y bases plebeyas bajo un proyecto coherente: la UDI sobrevive como aparato electoral debilitado, sin la densidad gremialista que dio a Jaime Guzmán su capacidad de cuadricular el sentido común post-1973.
Con todo, lo que queda no es nada. Quedan huellas, formas espectrales, flujos de expresiones, puentes onomásticos. Una huella es la designación del exabogado de Pinochet en la cartera de Justicia: un nombre propio que opera como cita y como herencia. Una forma espectral es el modo en que la palabra «orden», invocada en cada acto del gobierno de emergencia, hace circular un fantasma sin necesidad de invocarlo. Un flujo de expresión es la cadena de gestos discursivos, «mano dura», «recuperar el control», «devolver la calma», que reconoce de inmediato quien creció bajo la dictadura, aunque no nombre nunca a la dictadura. Un puente onomástico es la conexión entre un apellido y una ascendencia, entre un cargo actual y una función pretérita. Estas marcas no son meras abstracciones ni residuos sentimentales: son operadores efectivos del lazo político. Leerlas como simples abstracciones ante la orfandad hermenéutica de la izquierda sería caer dos veces en el mismo error: negar su materialidad y abandonar la tarea de descifrarlas. Bizarras, en cuanto ya no se articulan en una matriz doctrinaria coherente; operativas, en cuanto producen reconocimiento, identificación y obediencia anticipada en franjas amplias del electorado.
Esa coexistencia entre lo bizarro y lo operativo es el problema. La izquierda, con razón, podría llamar a este dispositivo pinochetismo de segundo orden: filiación operativa sin filiación doctrinaria, performance del referente sin restauración de la estructura. La fórmula nombra con precisión la asimetría. El régimen militar dejó de ser doctrina y se convirtió en repertorio de signos disponibles, y ese repertorio basta para articular un gobierno cuando las condiciones simbólicas y materiales del cuerpo social lo permiten. El pinochetismo de segundo orden hereda los efectos sin reproducir las causas: opera con el orden constitucional sedimentado por la transición, y cuenta con una sociedad ya formateada por décadas de gestión neoliberal. La hibridación es su condición de existencia, también su debilidad invertida en fortaleza.
Los dieciséis ministros independientes de un total de veinticuatro, la promesa de un «gobierno de emergencia» antes que de un proyecto refundacional y la ausencia de los nacional-libertarios de Kaiser confirman lo anterior: el dispositivo gobernante carece del armazón doctrinario que el pinochetismo poseyó. Una cosa es el orden como axiomática constitucional articulada; asunto distinto es el orden como conjuro permanente ante una emergencia que nunca termina de definirse y que, por ello mismo, justifica todas las medidas. En la economía simbólica del kastismo, el régimen militar funciona como término disponible para articular demandas heterogéneas sin matriz unificada: orden, propiedad, familia, nación, anti-inmigración, anti-crimen organizado, anti-Boric, anti-Convención. La cadena se sostiene porque ningún término exige consistencia con los otros. A mayor laxitud en la articulación, mayor su rendimiento aglutinante. El gabinete del 11 de marzo escenifica, antes que la restauración de una matriz, el agenciamiento de una vacuidad operativa.
Falta, sin embargo, una pieza crucial para entender por qué este agenciamiento prendió en el cuerpo social chileno. La sociología de la individuación que Araujo y Martuccelli (2012) elaboraron en Desafíos comunes ofrece la clave que ninguna teoría meramente discursiva puede aportar. El individuo chileno contemporáneo se constituyó bajo dos matrices que el campo concertacionista nunca supo articular: la matriz neoliberal de la libertad de elección, instalada bajo la dictadura y profundizada por la propia Concertación, y la matriz democratizadora del trato horizontal, prometida por el progresismo bacheletista y nunca cumplida en la materialidad de la vida cotidiana. Araujo (2022), en El circuito del desapego, sintetizó dos décadas de investigación para mostrar que esa doble inscripción produce un sujeto cuya rabia, politizada bajo registros sucesivos de exceso, desencanto, irritación y desapego, no encuentra cauce en el progresismo institucional que prometió la igualdad y omitió el reconocimiento. Cuando una dirigente histórica calificó como «viejas que no entienden nada» a los padres que defendían el copago educacional, condensó el error fundacional del progresismo chileno: leer al chileno como ser neoliberal, cuando lo que emergía era un sujeto formado por ambas matrices a la vez.
La derecha kastista cosechó lo que el progresismo no supo cultivar. El desapego producido por una promesa democratizadora incumplida no se mantiene neutral: migra. Y la pregunta política decisiva es por dónde migra y bajo qué signos se reorganiza. El paradigma de la seguridad, codificado bajo la imagen del crimen organizado y la migración haitiana o venezolana, ofreció a ese individuo desapegado una forma de pertenencia inmediata que ninguna oferta progresista estaba en condiciones de igualar. Y no porque el kastismo articule una doctrina superior. La razón es otra: el campo progresista había dejado de hablar el idioma del sujeto al que decía representar. La hibridación post-pinochetista del kastismo se monta exactamente sobre ese hueco, ofreciendo signos sin programa, pertenencia sin proyecto, orden sin axiomática.
Aquí conviene formular el riesgo con todas sus letras. El pinochetismo de segundo orden no es la versión atenuada del primero, ni la sombra inofensiva de un fantasma derrotado: es una mutación cuya peligrosidad reside en su carácter laxo. Un proyecto autoritario doctrinariamente articulado puede ser combatido en el plano de las ideas y refutado en el de los programas. Una articulación que opera por huellas, formas espectrales y flujos de expresión, en cambio, escapa a esos circuitos de impugnación porque nunca se compromete con su propio nombre. El riesgo de un post-pinochetismo radica, por tanto, en su capacidad para producir efectos de gubernamentalidad autoritaria sin el costo simbólico que tendría asumir abiertamente la herencia. La mano dura aplicada sin doctrina diluye la responsabilidad doctrinaria. El orden invocado como conjuro habilita la suspensión de garantías constitucionales en nombre de una emergencia siempre renovada. Y los signos pinochetistas, cuando circulan como humor político y no como programa, hacen que la sociedad civil pierda el horizonte mismo desde el cual podría organizarse contra ellos. La democracia chilena no enfrenta hoy una restauración del régimen militar. Enfrenta el riesgo de un régimen que produce los efectos del autoritarismo sin requerir su forma jurídico-política, y que por esa misma razón puede prolongarse sin generar la resistencia que un pinochetismo de primer orden habría provocado.
A esta peligrosidad se suma un mecanismo que opera en el plano de la palabra pública. La memoria episódica, también reactiva, dice una y otra vez: «refundación», «restauración», «zánganos» a higienizar, antagonismo disparatado entre el cuerpo nacional y sus supuestos parásitos. La repetición no busca convencer. Busca instalar un horizonte donde la emergencia se vuelve permanente y donde el adversario, redefinido cada mañana, justifica la medida nueva. Es una memoria que no recuerda para elaborar, sino que reactiva para gobernar; que no abre el pasado, sino que lo cita en fragmentos para alimentar la cadena de equivalencias del presente. Su eficacia es proporcional a su descaro: a mayor disparate del antagonismo, mayor su capacidad de adhesión inmediata.
Esta operación se inscribe en un escenario tecnopolítico que la tipifica. La tecnopolítica no nombra el añadido digital al campo político, designa la reorganización integral de las condiciones de visibilidad, circulación y captura del afecto. Las plataformas sociales, los sistemas algorítmicos de recomendación, la economía de la atención y la lógica del feed reorganizan las temporalidades de la deliberación, los umbrales de movilización y los regímenes de verdad bajo los cuales un signo adquiere o pierde poder convocante. El feed encontró en el desapego producido por el ciclo concertacionista su materia prima, y la modeló como afecto reaccionario. El kastismo triunfó porque las condiciones tecnopolíticas privilegiaron formas de adhesión emocional inmediata sobre formas de articulación programática.
La consecuencia analítica es severa. Si lo que tenemos no es continuidad doctrinaria sino agenciamiento de una vacuidad operativa sobre suelo tecnopolítico, articulado sobre un sujeto desapegado por la promesa democratizadora incumplida, entonces la denuncia político-discursiva no agota la lectura. Atestiguar esta coyuntura sin estilizarla es la tarea pendiente. Ni mística de la derrota ni libreto binario del ataque-contra-ataque, sino temporalidades reflexivas capaces de descifrar lo que sobrevive como capital simbólico, lo que mutó hasta volverse irreconocible respecto de su origen, lo que el progresismo dejó sin elaborar bajo la urgencia de administrar el modelo.
Pinochetismo de segundo orden, lo llamará la izquierda con justicia. Pero hay que pensarlo así para precisar la denuncia, no para diluirla. Y conviene recordar: el sujeto que lo sostiene no es el monstruo imaginado por la izquierda, sino el resultado del ciclo democratizador que ella misma administró sin cumplir. Atender a las huellas, las formas espectrales, los flujos de expresión y los puentes onomásticos, sin estilizarlos como mera abstracción ni temerlos como mero fantasma, es la condición mínima para que la respuesta política deje de ir un paso por detrás del adversario.
Dr. Mauro Salazar J.
UFRO · Sapienza
2026
