Siempre se recuerda la figura de Arturo Prat en el mes del mar —y con justicia—, pues es el hombre que unificó al país tras la gesta del Pacífico. No me refiero a una unificación post beligerancia ni territorial, sino a una identidad nacional que se fue forjada primero a partir del Estado y luego genuinamente desde del pueblo. Nuestro recordado marino es inmortalizado en el nombre de las calles, avenidas y colegios; su legado está presente en series, películas, estampillas, monedas y billetes. Es el centro de innumerables actos cívicos y de representaciones escolares donde cientos de niños se pintan la barba que aún no tienen y lucen orgullosos el gorro marinero de cartón forrado.
Sin embargo, ese mismo día, pero en una goleta, tenemos a un hijo de Arauco —de Lilco, precisamente—. Se trata de Juan Millacura, conocido en la mayoría de las fuentes como Juan Bravo. Sin embargo, sus fotografías oficiales no mienten: es un descendiente genuino de la tierra de Arauco, como lo fueron en el pasado Lautaro o Leucotón. Pese a ello, no goza de mayor memoria material y está bastante ausente en las fuentes, salvo por un par de calles nombradas genéricamente como «Grumete Juan Bravo». Hoy, en cambio, le rendimos con justicia un homenaje en conjunto con Prat: ambos son arquetipos de un heroísmo y un paradigma a no rehuir al trabajo ni al destino, algo que tanto escasea en la actualidad.
Ambos fueron de origen humilde, como lo era la inmensa mayoría de los chicos en aquellos años. Prat deambuló de lugar en lugar, pues su familia apenas tenía medios para mantenerlo; sobrevivió a duras penas a una primera infancia marcada por la fragilidad física y la enfermedad. Juan Millacura, en tanto, escapó de su casa a temprana edad y se enroló en la Armada. Se dice que fue entonces cuando cambió su apellido por el de Bravo; algunos investigadores señalan que su padre era Millacura, ¿Él decidió adoptar el nuevo apellido o fue impuesto por motivos raciales? Nunca tendremos esa certeza. No fue el único soldado mapuche en las filas de la época, pero sí uno de los más destacados. ¿Qué importa el cambio de nombre ante su destreza? Aún resuena su gesta en las tierras del sur.
Carlos Condell –quizás el menos recodado- decía con orgullo: «Nunca se ha usado un rifle perdiendo menos balas que este negro». Su habilidad como tirador era tal que lo destinaron a la cofa —la parte más elevada— para neutralizar desde las alturas el avance enemigo. No obstante, la Covadonga carecía se cofa, pero sin duda subió hasta el cielo neutralizando a los vecinos del norte. Lo mismo hizo Prat ese día puso en alto la bandera.
- Prat no poseía esa destreza con la metralla ni la agilidad para los nudos, tampoco era un espartano, pero su entereza moral no tenía parangón. No dudó en navegar hacia la «boca del lobo» en un barco de madera. Fue amado por el pueblo más allá de que no perteneciera a la élite; simplemente no eludió el destino que el hado le tenía preparado. Aquel 21 de mayo luchó con tal nobleza que el propio almirante Grau, tras su caída, se emocionó genuinamente. Grau proclamó su admiración, respetó sus restos y envió sus pertenencias a Carmela Carvajal con una conmovedora carta. En contraparte, el marino peruano no correría la misma suerte más tarde, bajo el fuego de los cañones chilenos. Aquel día Grau admiró la capacidad de defensa de Arturo y maldijo la mala puntería de sus subalternos.
Aunque la leyenda suele ser imprecisa, guarda verdades fundamentales, al final la historia nunca será una disciplina objetiva pero no por eso menos ética. La fragata Independencia intentó hundir a la Covadonga, y fue nuestro héroe de Arauco quien lo impidió rifle en mano. Se dice que abatió a dieciséis hombres que intentaban accionar el cañón para el tiro de gracia que hundiría la mencionada goleta. Según especialistas, pudieron ser menos, pero lo cierto es que la Covadonga no se fue “A pique” aquel miércoles de mayo (irónicamente, sucumbiría a una trampa explosiva un año después).
Millacura, al no dar tregua, sacó de sus cabales al comandante de las tierras del Rímac - Juan Guillermo More -, quien optó por el espolonazo. Al virar en aguas poco profundas, la nave peruana encalló; ante tal oportunidad, Condell inutilizó la Independencia a cañonazo limpio. Prat no tuvo la misma suerte en su jornada paralela, pero dio el salto a la gloria que lo mantiene hasta hoy en el altar de la patria y porque no como uno de sus padres atemporales, estoy seguro que los Carreras, O´Higgins, Rodríguez y tantos otros le harían en espacio en el palco de los grandes.
Condell, cubierto de honores tras la victoria, no olvidó a Millacura. Compartió los aplausos con «el negrito Bravo», uno de los mapuches más fieros de la alta mar. El 23 de mayo de 1879, a Juan —quien en la práctica era casi un niño— se le impuso una corona de laureles. Aún resuena en las tierras ancestrales el discurso en su honor:
«En el menor de los héroes de la Covadonga queremos saludar a los marinos del 21 de mayo... Digno eres, valiente grumete, de la corona de laurel que con regocijo te presentamos, porque tú has probado que en Chile hasta los niños son leones cuando se trata de la honra nacional».
Juan viajó a Santiago escoltado por Condell y fue retratado para la posteridad. En su rostro se ven las huellas de su origen y la mirada de un niño que sostiene un fusil. ¿Dónde y cuándo murió? No hay registros claros. Pero su memoria fluye en los mares lafquenches, del mismo modo en que la presencia de Arturo Prat se siente en la inmensidad del océano.
A pesar de que la historia oficial a veces omite su nombre, la Armada de Chile reconoce su hazaña como real. Siendo nuestra nación una mezcla de sincretismo, los espacios de nuestras etnias en una historia común nacional deben ser resaltados y logran una unión duradera. Salud por los héroes de mayo.
Álvaro Vogel Vallespir Historiador – Profesor de Historia
