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Propuesta para concebir el socialismo del siglo XXI. Por Guy Bajoit [1]

Seguir el mismo enfoque analítico que Marx pero tomando en cuenta las realidades del nuevo siglo

 El objetivo de este artículo es contribuir a la reflexión de las fuerzas sociales y políticas de la izquierda, que entendieron la necesidad de repensar urgente y profundamente su análisis y su programa de acción, adaptándolos a las realidades del siglo XXI para poder actuar eficazmente en el mundo de hoy y de mañana.

I- ¿Cómo se explica la eficacia del pensamiento de Marx?

Sin lugar a duda, el enfoque analítico de Marx ayudó eficazmente el movimiento obrero y socialista a orientar sus acciones y a conseguir, en el curso de los siglos XIX y XX, un mejoramiento real de las condiciones materiales y sociales de vida, no solamente de la clase obrera, sino de la mayoría de la población, y esto, en una parte importante de los países del mundo.[2] Estoy convencido de que, para concebir un nuevo socialismo, adecuado al siglo XXI, tenemos que seguir la misma metodología que siguió Marx, pero aplicándola a la realidad de hoy, que es muy diferente.

Dos factores explican la eficiencia del pensamiento de Marx: un análisis científicamente correcto y un proyecto político, basado en este análisis y culturalmente legítimo.  

1- Un análisis científicamente correcto de la realidad del capitalismo del siglo XIX

El capitalismo es un modo de producción de la riqueza económica que tiene una larga historia. El capitalismo industrial liberal y nacional, que Marx analizó, fue una etapa de su evolución. Para entender por qué el análisis de Marx fue correcto, hay que comenzar por definir el concepto general: ¿qué es un modo de producción? Es una manera de organizar las relaciones entre una clase productora (clase P) y una clase gerencial (clase G) de tal manera[3] que:

a- por alguna necesidad vital, la clase P sea dependiente de la clase G y, por lo tanto, obligada de cederle todos los bienes y/o servicios que produce por su trabajo;

b- durante su tiempo de trabajo, la clase P produzca una cantidad de bienes y/o servicios que, al venderlos sobre el mercado, permitan a la clase G financiar no solamente la remuneración (cualquiera que sea su forma) de la clase P, sino también una plusvalía que le permita financiar sus otros gastos de producción y además disponer de un beneficio neto que es su propia remuneración;

c- la clase G disponga de los medios legítimos para responder a las reivindicaciones de la clase P y a sus métodos de lucha;

d- la clase P y la clase G tengan en común una creencia cultural legítima que les permita justificar la desigualdad entre ellas (la sumisión de la primera y la dominación de la segunda).

Veamos de cual manera especifica el capitalismo industrial del siglo XIX resolvía estas cuatro dimensiones de su modo de producción, según el análisis de Marx:

a- el proletariado (clase P) era dependiente de la burguesía (clase G) porque no tenía medios de producción: no tenía nada más que su fuerza de trabajo y estaba obligado a venderla para sobrevivir, él y su familia. Además, esta fuerza de trabajo estaba considerada como una mercancía y vendida a su valor de cambio sobre el mercado del trabajo. Y este valor de cambio no era nada más que la suma de los valores de cambio de los bienes socialmente necesarios a su simple reproducción (vestirse, habitar, comer y dormir).

b- Marx llamaba “trabajo necesario” la parte de tiempo (del día, de la semana, del año o de la vida de trabajo) durante el cual el proletario producía bienes y/o servicios de un valor financiero equivalente al costo de su salario; y “trabajo excedentario” la parte del tiempo durante el cual producía la plusvalía, que la clase G se apropiaba legítimamente (en nombre de la propiedad privada) y decidía libremente del uso social que haría de ella.

c- Las reivindicaciones del proletariado (el derecho a crear sindicatos, la reducción del tiempo de trabajo, el alza de los salarios, el mejoramiento de las condiciones de trabajo, la seguridad social, etc.) tenían todas por efecto la reducción de la plusvalía (ya sea por la aumentación del tiempo de trabajo necesario, o por la reducción del tiempo de trabajo total). Toda concesión consentida por la burguesía a la clase obrera amenazaba la supervivencia de las empresas: el capitalismo estaba “cavando su propia tumba”. Por lo tanto, frente a la “tendencia a la baja de las tasas de ganancia”, los patrones reprimieron muy violentamente, durante muchas décadas, el movimiento obrero. Hasta que encontraron otra solución: esta consistió en aumentar la productividad del trabajo con herramientas nuevas (es decir favorecer la innovación tecnológica) y con la división del trabajo (las cadenas y su ritmo). Así, los obreros producían más valor de cambio en menos tiempo, lo que permitía a los patrones compensar la reducción de la plusvalía absoluta perdida con la aumentación de la plusvalía relativa.  

d- En aquella época, tanto la burguesía como el proletariado (y todos los otros grupos sociales) creían firmemente en el Progreso (definido como el mejoramiento continuo de las condiciones materiales y sociales de vida del conjunto de la población por la ciencia, la tecnología y el trabajo). En esta etapa de la modernidad, la producción de conocimientos y la creación de riquezas materiales eran los sectores principales de la actividad humana (determinante en última instancia). Sin embargo las dos clases sociales no tenían la misma interpretación ideológica del Progreso: para el proletariado, tenía que ser material y social; para la burguesía, tenia que ser científico y técnico. 

    2- Un proyecto político basado en un análisis correcto y culturalmente legítimo

Este análisis científicamente correcto permitía formular un proyecto eficaz de lucha, es decir un proyecto con el cual la clase proletaria pudo combatir eficazmente la dominación social de la clase burguesa. Este proyecto era el socialismo, tal como fue concebido al final del siglo XIX y aplicado durante la mayor parte del siglo XX. Es este análisis marxiano que permitió, a los movimientos obreros del mundo, orientar sus luchas, es decir saber qué reivindicar, a quién, y cómo conseguirlo. Veamos más precisamente cómo este proyecto fue eficiente.

Había tres maneras de ser eficiente, según los objetivos prioritarios de la clase proletaria y sobre todo, de los líderes marxistas: 1) obligar la burguesía a aceptar las reivindicaciones del proletariado (con reformas sucesivas); 2) suprimir la burguesía y reemplazarla por un partido que tomaría el control del Estado (por una revolución política); o 3) suprimir la burguesía y reemplazarla por delegados de los mismos trabajadores (autogestión). Tales eran los tres caminos que fueron ensayados por los partidarios del socialismo: los proyectos socialdemócratas (reformistas), revolucionarios o autogestionarios.

Veamos más en detalle el camino reformista, porque, a fin de cuentas, fue claramente el más eficaz, como la historia lo comprobó hasta hoy. Podemos discutir interminablemente esta afirmación, pero los hechos son lo que son: basta, para convencerse, comparar las condiciones de vida de los países escandinavos con las de los países de la ex URSS. Como lo vimos en el punto anterior, del análisis de Marx, se podía deducir fácilmente cuales eran las “acciones estratégicas” que había que emprender y las reivindicaciones que había que exigir de la burguesía y del Estado. Lo esencial siempre ha sido atacar la plusvalía, tanto absoluta como relativa. Estos ataques persistentes y generalizados durante décadas es lo que hizo evolucionar el capitalismo: estimularon fuertemente la innovación tecnológica, y obligaron a la burguesía a compartir las ganancias de las alzas de la productividad del trabajo. Esto es el motor que transformó el progreso técnico en progreso social, con la creación del Estado de bienestar social (o Estado “providencia”) después de los años 1930 y hasta los años 1975. Y todo esto con reivindicaciones perfectamente legítimas. En un mundo cuya cultura se enraizaba en el Progreso, exigir un mejoramiento constante de las condiciones materiales de vida de la clase obrera, de sus familias, y del conjunto de la población de los países del mundo, era plenamente legítimo. El Progreso era en este tiempo el “dios nuevo” (el Zeus del Olimpo), que daba sentido à la vida y orientaba las conductas humanas.

Para concluir sobre este primer punto, me permito insistir sobre lo que considero aquí como esencial: fue porque el análisis era científicamente correcto y porque las reivindicaciones eran pertinentes y culturalmente legítimas que el proyecto político fue eficaz. Marx dijo exactamente lo que había que decir en el momento y en el lugar preciso, y a las personas a las cuales había que decirlo. Hoy, tenemos que hacer lo mismo, salvo que… ¡tenemos que reinventar un nuevo análisis!

*

II- ¿Cuáles son las nuevas realidades del siglo XXI?

“Amigo: Chile ha cambiado” me dijo mi mejor amigo chileno en 1983, cuando fui a Chile por primera vez. ¿Qué cambió? Dos cambios fundamentales se produjeron, que comenzaron en los países hegemónicos del Norte occidental en el curso del tercer tercio del siglo XX. Después, estos cambios fueron “adoptados”, no solamente por Chile, sino por muchos otros países del Norte y del Sur. El primer cambio concierne las prácticas, el segundo la cultura. El primer cambio era el paso del capitalismo industrial, nacional y proteccionista al capitalismo neoliberal mundializado y desregulado. El segundo cambio, más lento, era la transición del reino del modelo cultural del Progreso hacia el reino del modelo cultural del Sujeto. Entre estos dos cambios había una relación muy estrecha que, cómo lo vamos a ver, es absolutamente decisiva para refundar el socialismo.

1- La generalización del capitalismo neoliberal

El capitalismo tiene una extraordinaria capacidad de adaptarse al medio en el cual esta operando, de crear nuevas maneras de funcionar y de sobrevivir a los cambios que él mismo produce. Hemos conocido cuatro edades del capitalismo: el capitalismo artesanal-mercantilista (siglos XV hasta XVIII); el capitalismo industrial salvaje (el que Marx analizó en el siglo XIX); el capitalismo proteccionista y de bienestar social (desde la crisis de 1929 hasta los años 1970); y finalmente, el capitalismo neoliberal mundializado, que se impuso a partir de los años 1970 y que sigue hegemónico hasta hoy.[4] En cada etapa de su evolución, su lógica de funcionamiento fue distinta y es muy importante comprenderla bien (sobre todo si queremos combatir sus nefastas consecuencias). Veamos cual es la lógica de funcionamiento del capitalismo neoliberal que se ha ido imponiendo poco a poco en la mayoría de los países del mundo.

a— La mutación tecnológica (informática, robótica, inteligencia artificial, genética…), que ocurrió al comienzo de los años 1970, ha producido un extraordinario incremento de la productividad del trabajo. Para las grandes empresas, que supieron tomar este “viraje tecnológico”, los mercados internos se revelaron demasiado estrechos para absorber todos los bienes y servicios que estas empresas eran capaces de producir. Por lo tanto, tuvieron que competir entre ellas para buscar activamente nuevos mercados en el mundo entero.

b— Para conquistar estos mercados externos, los grandes capitalistas presionaron a los Estados nacionales, y consiguieron que redujeran o eliminaran los derechos arancelarios (que protegían a los mercados nacionales contra la competencia extranjera), y que dejaran así circular libremente los bienes, los servicios y los capitales. Esto provocó una mutación económica: fue resucitada la famosa creencia en el viejo liberalismo del final del siglo XVIII y de todo el siglo XIX (la concepción del economista escocés Adam Smith, 1723-1790). Según esta concepción, la economía no necesitaría ser regulada por el Estado, porque la “mano invisible” del mercado siempre estaría cuidando por el interés general de la nación. Por lo tanto, según A. Smith (y muchos otros), había que dejar que los empresarios compitan entre ellos, cada uno preocupado por maximizar sus intereses privados. Tal sería la mejor manera de hacerlos contribuir al interés común sin que se den cuenta, simplemente porque los más competitivos se encargan de eliminar los que lo son menos. De allí renació, en los años 1970-1980, el liberalismo que hemos llamado “neo” liberalismo. Y fue efectivamente una poderosa manera de producir riqueza económica: en tres o cuatro décadas, los países (los que supieron practicar hábilmente el capitalismo neoliberal) multiplicaron por tres, por cuatro (a veces más[5]) la riqueza de su nación. Creo que jamás en su historia, la humanidad ha producido tanta riqueza económica en todos los sectores de actividad y destinados a satisfacer tantas necesidades (naturales o creadas).

c— La eficacia del capitalismo neoliberal fue tan grande que produjo una mutación del orden político internacional. Como bien se sabe, este orden se regulaba por las relaciones (más o menos tensas) entre los dos bloques (el Este y el Oeste) que habían ganado la segunda guerra mundial. Pero el bloque del Este entró en crisis: era demasiado burocrático y rígido para resistir a las exigencias de la competencia internacional. Gorbachov intentó reformar la URSS (glasnost, perestroika), pero sus propuestas fracasaron. Y el neoliberalismo triunfó, después de 1989, en la mayoría de los países del Este y del mundo. A partir de entonces, el orden mundial (político y económico) fue regulado de otra manera, por las grandes organizaciones internacionales, como el BM (Banco mundial), la OMC (Organización mundial del comercio), el FMI (Fondo monetario internacional), la OCDE (Organización para la cooperación y el desarrollo económico), y por supuesto, la ONU y sus múltiples ramificaciones. Todas estas organizaciones (salvo la ONU) son pagadas por los países más ricos del Norte-occidental y son favorables a la generalización del modelo neoliberal en el mundo. También se constituyeron grupos de Estados que entre otros aspectos, se concertaron entre ellos (G7/8, G20), organizaron mercados comunes (entre otros, el Mercosur), o intentaron coordinar su vida común (la Unión europea).

d— Los tres cambios anteriores explican también la necesidad de una mutación política. Esta fue (y es todavía) la más difícil, porque los actores resisten más, es decir los partidos, acostumbrados a funcionar en el sistema de la democracia parlamentaria representativa. Pero los dirigentes políticos de los Estados nacionales tuvieron que adaptarse al neoliberalismo y adoptar los cambios que los capitalistas neoliberales exigían. Y estos cambios fueron muy radicales: privatización de las empresas y de algunos servicios públicos; austeridad presupuestaria, es decir reducción de los subsidios a las políticas sociales, a las actividades culturales, al funcionamiento mismo del Estado; fin de las ayudas públicas a las empresas nacionales en dificultad y aplicación estricta de la libre competencia con los inversionistas extranjeros; tolerancia y facilidades fiscales, no demasiado impuestos (si posible ninguno), regalos fiscales, tolerancia de los paraísos fiscales; reducción de la soberanía nacional en beneficio de tribunales internacionales que juzgan los litigios. Con estos cambios, los ciudadanos se dieron cuenta que sus dirigentes políticos nacionales habían perdido la soberanía sobre sus países, que muchos de ellos eran corruptos, que hacían promesas electorales, sabiendo que no las podían cumplir… Y el régimen democrático parlamentario y representativo entró en una crisis profunda: las ideologías de izquierda (el comunismo, y el socialismo) perdieron su credibilidad; los electores (sobre todo los más jóvenes) dejaron de votar; la extrema derecha (populista, pero también mucho más agresiva) volvió… Y los pueblos, disgustados, gritaron en las calles: “¡que se vayan todos!”

e— Las cuatro mutaciones mencionadas más arriba provocaron una quinta mutación, también fundamental: la mutación del contrato social. ¿Cómo coexistir pacíficamente en sociedades que parecen ser gobernadas exclusivamente para el máximo beneficio de algunos de sus miembros, los más ricos, y no para todos? Son sociedades donde la colusión entre los dirigentes económicos y los dirigentes políticos producen desocupación laboral, exclusión social, y donde las desigualdades no dejan de crecer. En estas condiciones el viejo “contrato social”[6] del Estado de Bienestar social (Estado-Providencia) dejó de funcionar: el Estado no pudo seguir gastando tanto dinero, tuvo que ser un “Estado mínimo” y practicar la “austeridad presupuestaria”. Las consecuencias fueron numerosas: reducción del financiamiento por el Estado de las políticas de solidaridad social (las indemnizaciones de desocupación son menos generosas, la salud y la educación tienen altísimos costos para los ciudadanos, también la vivienda, el transporte, el acceso a la información, y las pensiones no alcanzan para vivir…); todo ésto para que un pequeño grupito de capitalistas, ya bastante ricos, pueda seguir enriqueciéndose. Estos cambios son los primeros ingredientes de las rebeldías populares. Sin embargo, no es todavía suficiente para desencadenar un movimiento de reivindicación social. En la historia los pueblos fueron muy pacientes y soportaron la explotación, la discriminación, el hambre y la miseria sin rebelarse. Lo que falta, lo que es decisivo, es la dimensión cultural, que examinaremos en el punto “2”.

f— Finalmente, tenemos que señalar una sexta mutación, tan esencial como las cinco primeras: la mutación de la integración social. Para que una colectividad humana funcione bien, cada uno de sus miembros tiene que aprender de los otros (de sus padres, maestros, amigos, vecinos, y de todas las instituciones del Estado), cuales son sus roles sociales y como tiene que cumplirlos (ser hijo/hija, ser alumno/alumna, ser novio/novia, ser marido/esposa, ser padre/madre, ser trabajador/trabajadora, ser ciudadano/ciudadana, y varios otros). Pero para que pueda cumplir estos roles como se debe, tiene que disponer de los recursos que son necesarios: la salud, la educación, la información, el empleo o alguna fuente de ingresos, la vivienda, la seguridad (social y física), etc. La idea básica del neoliberalismo es que cada individuo tiene que arreglarse solo, sin depender (o lo menos posible) del Estado, para conseguir estos recursos. Esto generaliza el individualismo y el mérito individual como modo de integración social: las colectividades humanas son transformadas en una suma de individuos que buscan, cada uno por su cuenta, cómo conseguir los recursos de su vida. Y justamente, como lo veremos más lejos, la ideología neoliberal dice a cada uno de estos individuos cómo tiene que hacer para conseguirlo: ser un Consumidor insaciable (y endeudado), un Competidor despiadado (y despolitizado) y un Comunicador incansable (que pasa su vida en internet). Es decir, exactamente el tipo de persona que el capitalismo neoliberal necesita para funcionar “bien” según su lógica propia: un ¡“individuo CCC”!

Para que los lectores entiendan bien lo que es “la lógica de funcionamiento del capitalismo neoliberal”, tengo que hacer, brevemente, una observación suplementaria. Este capitalismo no es solamente un régimen económico, sino más bien un régimen global. Para funcionar “bien”, necesita una “colaboración” entre los actores de los seis campos relacionales constitutivos de la vida común (técnico, económico, internacional, político, del contrato social y de la integración social). Estos campos forman un todo. Es decir que los actores de cada uno de estos campos necesitan que los del precedente y los del siguiente se conformen a las exigencias de la lógica global. Si no lo hacen (si resisten o se niegan), bloquean, o por lo menos perturban todo el proceso.

2- La crisis del Progreso y la generalización de la creencia en el Sujeto

El ser humano es un “animal de sentido”. Eso significa que necesita que los otros le enseñen cómo tiene que comportarse si quiere tener una vida que tenga sentido (que no sea ni absurda ni arbitraria), una “vida buena” que sea considerada como digna por los otros y por el mismo. Por lo tanto, toda colectividad humana produce referencias culturales (representaciones, valores, normas de conducta) que “dicen” a sus miembros lo que tienen que encontrar bueno (o malo), bonito (o feo), justo (o injusto), verdadero (o falso) en su vida personal y colectiva, en todo lo que hacen, dicen, piensan y sienten. Este conjunto de referencias es lo que se llama un “modelo cultural”: es una concepción de la “vida buena.” Por supuesto, los modelos culturales reinantes varían de una colectividad a otra, y varían también con el tiempo en cada una de ellas.

Por ejemplo, en Europa occidental, hasta las revoluciones industriales modernas, las referencias culturales reinantes fueron definidas por el “modelo cultural cristiano”. Tener una “vida buena” era obedecer a los mandamientos que la Biblia atribuía a Dios, y después, que la Iglesia católica y los Papas (supuestamente infalibles) atribuyeron a Jesucristo. Pero, después de varios siglos de lucha (desde el Renacimiento y el Siglo de las Luces hasta las revoluciones industriales modernas), cuando la modernidad logró imponer su concepción del mundo y de la vida (técnica, económica, política, social), el modelo cultural reinante cambió. En pocas décadas el modelo cultural cristiano perdió una gran parte de su credibilidad (sin desaparecer) y también su hegemonía (por el proceso de secularización). La gente gradualmente creyó en otras referencias culturales que fueron presentadas como los nuevos “principios de sentido” que orientarían los actores de la primera modernidad, la “modernidad progresista”. Recordaremos brevemente cuáles eran estos principios de sentido.

a- El modelo cultural de la modernidad progresista

 . La Razón. La relación del ser humano con el mundo (natural, sobrenatural, social e individual) tiene que ser regida por la ciencia: los humanos tienen que observar la realidad del mundo, imaginar hipótesis, experimentar, comparar, averiguar, y formular las leyes que lo rigen. 

 . El Progreso. A partir de los descubrimientos de la ciencia, se pueden inventar métodos e instrumentos técnicos que sirven para transformar el mundo gracias al trabajo humano, y así mejorar mucho las condiciones materiales y sociales de vida (facilitar el trabajo, el transporte, mejorar la salud, prolongar la vida, aliviar poco a poco la condición humana).

 . La Nación-Patria. El espacio territorial sobre el cual está organizada la vida común tiene que ser amado por sus habitantes y defendido contra la agresividad de los vecinos cercanos o lejanos: es “nuestra Patria”, por la cual, cada uno tiene que vivir y, si necesario, morir; ninguna otra Nación puede interferir en nuestros asuntos internos. 

 . La Democracia representativa. Los seres humanos no necesitan para gobernar su vida común ni el poder espiritual de los dioses ni del clero, ni el poder temporal de los reyes y de los aristócratas. No solamente los humanos son seres racionales, pero también son razonables: son capaces de autogobernar su vida común por la democracia representativa, en el respeto de la libertad de cada uno de sus miembros.

 . La Igualdad en utilidad. Los seres humanos “nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales solo pueden basarse en la utilidad común.”[7] Sus derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión. Por lo tanto, la utilidad limita la igualdad. Entre los humanos hay los más útiles, los menos útiles, los inútiles y los nefastos. No son iguales.

 . El Deber. La vida común implica una división social del “trabajo”. Cada miembro del colectivo tiene que cumplir con los deberes (las normas) que corresponden a los roles sociales que cumple. De tal manera que cada uno tiene interés en cambiar su libertad natural (hacer lo que quiere a sus riesgos y peligros), por una libertad política que garantice la seguridad de su persona y de sus haberes.[8]

En la modernidad progresista conformarse a estos seis principios era lo que cada uno tenía que hacer para tener una vida que tenga sentido, una “vida buena”. Y por lo tanto, este modelo cultural fue lo que inspiró la concepción del socialismo que reinó hasta el siglo XX.

b- La crisis del modelo cultural del Progreso

Todo modelo cultural propone a los humanos una utopía muy bonita y deseable que, supuestamente, debería permitirles organizar la cooperación entre ellos para vivir felices, en paz, en “el mejor de los mundos”.[9] Lastimosamente, en el curso de la historia las cosas suelen pasar de manera muy diferente. Siempre, la cooperación genera conflictos, competición y/o contradicciones que la perjudican. La modernidad progresista fue una de estas lindas utopías, en nombre de la cual los actores hicieron, durante dos siglos, muy buenas cosas para mejorar las condiciones de vida de los humanos, sobre todo de los que viven en los países del Norte-Occidental. Pero también, en el nombre de los mismos principios, cometieron una gran cantidad de crímenes (explotación, colonización, guerras entre las naciones, fascismos, persecuciones, intolerancias…). De tal manera que, a partir de la segunda mitad, y sobre todo, del tercer tercio del siglo XX, los principios de sentido de la modernidad progresista entraron en crisis, es decir que su credibilidad (su poder de legitimar las prácticas de los actores) comenzó a disminuir. Desde los años 1960 y hasta hoy, todos los “olvidados de la modernidad” (los pueblos de los países colonizados, las mujeres, los jóvenes, los pobres, los colonizados, los homosexuales[10]…) empezaron a denunciar la traición de la modernidad progresista por los dirigentes de la economía y de la política. Y ¿en qué consistía esta traición? Como de costumbre, estos dirigentes estaban interpretando los principios de sentido del modelo cultural progresista de tal manera que sirvieran sus intereses particulares, sin preocuparse mucho del interés general.

Daremos algunos ejemplos de estas “interpretaciones contrarias al interés general”:

 . La Razón: conocer las leyes de la naturaleza y actuar sobre ellas puede también perturbar los equilibrios naturales, y estas perturbaciones pueden, a veces, amenazar gravemente la supervivencia de la humanidad (es el caso hoy con el calentamiento del planeta por ejemplo); así que no cualquier descubrimiento científico es bueno;

 . El Progreso: también, no cualquier técnica nueva constituye un progreso; numerosos ejemplos de innovaciones tecnológicas tuvieron efectos muy nefastos (desde los abonos que envenenan las aguas subterráneas hasta la bomba atómica).

 . La Nación-Patria: la idea de Nación fue una nueva manera de crear identidades colectivas que permitieron sobrepasar las tensiones entre regiones (condados, ducados, principados…) y construir entidades más grandes y fuertes. Pero también, los conflictos bélicos entre estas identidades nacionales fueron una fuente inagotable de guerras devastadoras (desde las guerras napoleónicas hasta las guerras mundiales del siglo XX). 

 . La Democracia es un valor fundamental de la modernidad que, en general, ha sido traducido por el régimen parlamentario y representativo, con varias modalidades de sufragio. El problema es que los elegidos tienen interés en escapar al control de sus electores y que, como contraparte, los electores no están tampoco muy dispuestos a controlar a los elegidos.[11] Y este se termina por la dominación de los partidos políticos: la partidocracia.

 . La Igualdad en Utilidad: los que son considerados como de igual utilidad son tratados igualmente; pero… los criterios de evaluación de la utilidad son fijados por los que se consideran como los más útiles (por ejemplo, el trabajo intelectual es mejor pagado que el trabajo manual; a los hombres se les paga mejor que a las mujeres…).

 . El Deber: en su práctica concreta los seres humanos, en lugar de elegir entre los dos tipos de libertades (natural y política), prefieren gozar de ambas a la vez (engañar la ley y reclamar su protección por ejemplo); aun si necesitan de la vida colectiva para desarrollarse como personas en medio de los otros, su individualismo desaparece difícilmente. 

Con esta crisis de la modernidad progresista y con la mutación del capitalismo que se produjo en el mismo tiempo, se puede decir que el mundo (comenzando por los países del Norte-Occidental, pero extendiéndose después casi en todos los otros países) entró en una época de transición no solamente de las prácticas (técnicas, económicas, políticas y sociales como lo vimos más arriba) sino también de las creencias culturales. Hemos dejado, poco a poco (en un medio siglo: de 1970 a 2020), de creer en los principios de sentido de la primera modernidad (progresista) y nos pusimos poco a poco a creer en nuevos principios de sentido, que yo llamo el modelo cultural subjetivista de la segunda modernidad.

c- El modelo cultural subjetivista de la segunda modernidad

Con estos cambios, la “vida buena” ha sido redefinida de otra manera: lo que los seres humanos de hoy tienen que considerar como bueno, bonito, justo y verdadero, y lo que tienen que hacer, decir, pensar, sentir si quieren considerarse y ser considerado como teniendo una “vida buena” es, en gran parte distinto de lo que era hace un medio siglo.[12] Veamos cuales son estos nuevos principios de sentido: 

 . La Ética. La Ciencia tiene que rendir cuentas a un valor superior a ella misma: la Ética. Por ejemplo, ciertas investigaciones delicadas sobre el genoma humano, ciertas manipulaciones genéticas (como la clonación) tienen que ser solicitadas y autorizadas por una Comisión de ética; lo mismo vale para todas las ciencias, naturales y humanas. También, ciertas prácticas, que ayer estaban prohibidas, desde algunas décadas, son objeto de debates éticos que terminan por considerarlas como legítimas: el divorcio, el aborto, la homosexualidad, la eutanasia, el suicidio. Otras al contrario, como la pedofilia o el acoso sexual, son mas perseguidas que antes, en nombre del derecho de los niños o de las mujeres.  

 . La Ecología. El Progreso tiene que ser responsable ante algo más importante que el: la Naturaleza. Tenemos que protegerla, cuidar los recursos no renovables, hacer buen uso de ellos y respetar la biodiversidad; tenemos que tomar en cuenta las leyes de la naturaleza porque somos partes de ella, como los vegetales, los animales, el agua, el aire, la tierra, los mares, etc. 

 . La Tolerancia. Las relaciones entre las naciones tienen que ser regidas por un principio más importante que ellas mismas: la Tolerancia. Tenemos que instituir dispositivos que permitan asegurar la coexistencia pacífica entre todas las componentes de una humanidad por fin pacificada; la ONU tiene que intervenir en todos los lugares donde la paz está amenazada. Además el racismo se considera hoy como un delito.

 . La Democracia directa. El que delega su poder lo pierde (como ya lo decía J.-J. Rousseau en 1762). El ciudadano es más importante que el representante, el elector vale más que el elegido. Por lo tanto, la democracia tiene que ser directa: referéndum, asambleas, cabildos, plebiscitos, descentralización, federalismo, leyes de iniciativas populares… 

 . La equidad. La Igualdad no tiene que ser evaluada con el criterio de la utilidad sino, con un criterio más importante: el Mérito. La equidad es precisamente la igualdad de mérito (como es el caso en las competencias deportivas). Y el mérito se mide al esfuerzo, la creatividad, la imaginación, la libertad del pensamiento y la experiencia. 

 . El Individuo-Sujeto-Actor (ser un ISA).[13] El Deber tiene que ser conciliado con el Derecho de cada individuo de ser sujeto de sí mismo y actor autónomo de su vida personal. Este imperativo general se traduce en algunos “derechos-deberes” más concretos de cada individuo. Son los derechos-deberes de “ser sí mismo”; de “elegir su vida”; de “ser feliz” (en su cabeza, su cuerpo y su corazón); de “ser prudente” y de “ser tolerante”.

  Esta mutación del modelo cultural de la modernidad es un cambio radical. Por primera vez en la historia, la cultura reinante considera como legítimos estos principios nuevos que acabo de enunciar. Nunca antes (que yo sepa), una colectividad había “dicho” a todos sus miembros (que sean hombres o mujeres, homos o heterosexuales, pueblos antiguos o modernos, ricos o pobres, urbanos o rurales, y cualquiera que sean sus profesiones : “tienes el derecho de ser tú mismo y de elegir tu vida incluso tu sexualidad; de vivir en un mundo seguro, en paz, en seguridad; de expresar libremente tus necesidades y de gozar de los recursos necesarios para satisfacerlas; de sentirte bien y sano en una naturaleza protegida; de vivir en un mundo social que tenga respeto para tus derechos personales, etc.”

 *

III- ¿Cómo concebir el socialismo del siglo XXI?

Vamos a ver ahora cómo los dos cambios fundamentales presentados en el punto II (la adopción del régimen neoliberal y el reino del modelo cultural subjetivista) nos permitieron diseñar un nuevo análisis (que creo ¡científicamente correcto!) de las relaciones de clases, y por lo tanto, un nuevo proyecto político fundamentado en este análisis y cuyas reivindicaciones sean culturalmente legítimas. Dicho de otra manera, ¿cómo podemos tratar de imitar[14] a Marx” pero, en el siglo XXI?

1- El neoliberalismo ha cambiado el modo de producción del capitalismo

Hemos visto (en el punto I, 1) cómo funcionaba el modo de producción del capitalismo industrial nacional cuando Marx lo analizó. Veamos ahora cómo funciona el modo de producción del capitalismo neoliberal mundializado. Para analizar este nuevo modo de producción, nos serviremos, de los cuatro mismos criterios que hemos utilizado más arriba:

a- Una necesidad vital. La necesidad que genera una dependencia de la clase P (que definiremos más lejos) es, en este caso, una necesidad más social y cultural que material, más psíquica que física, más creada que real pero que no es por esto menos vital. Es el deseo irreprimible, de “ser alguien” ante sí mismo y ante los ojos de los otros, y para esto, de poseer los bienes y servicios que la ideología neoliberal hace relucir, en todos los canales de comunicación a través de los cuales se difunden los mensajes publicitarios.

b- Una alienación. Esta manipulación de las consciencias crea, al fin de cuentas, una forma de alienación: es decir una disposición a ser “alíen”, un deseo de ser “otro”, de ser los individuos CCC que, precisamente, la clase G (que definiremos más lejos) necesita para reproducirse y enriquecerse. Estos mensajes, incansablemente repetidos a lo largo de los años, crean en la consciencia de los individuos una disposición a consumir, a competir y a pasar su vida en las pantallas de las computadoras, de los teléfonos celulares o de la televisión. Por esto, aceptan ir a trabajar todos los días (en puestos de trabajo que, en la mayoría de los casos no ofrecen ninguna forma de desarrollo personal) y endeudarse para comprar muchos productos y servicios que responden a necesidades creadas. Es al comprar y al endeudarse, que los consumidores pagan a la clase G un beneficio comercial y/o un interés financiero que contribuye a enriquecerla.

c- Unas formas de malestar y de rebeldía. Desde el comienzo del nuevo siglo, las tensiones entre las clases del modo de producción neoliberal no dejan de expresarse, y esto, por tres caminos distintos. 1) En la mayoría de los casos, son expresiones individuales de miembros de la clase P (sobre todo de jóvenes) que buscan ser sujetos en su vida y no encuentran cómo. Entonces se deprimen, se drogan, se vuelven alcohólicos, son apáticos; a veces, se vuelven delincuentes más à menos violentos, consiguen armas y pueden matar inocentes (es frecuente en los EE. UU), o también, pueden buscar sentido en la religión y en el terrorismo. 2) Sin embargo, cada vez más, son rebeldías colectivas que se pueden observar en los países árabes, América latina, África, Asia, pero también en muchos países del Norte.[15] En general, estas rebeldías son expresiones de rabia, muy espontáneas, poco organizadas, y no duran muchos años. 3) En algunos casos, desde los años 1970 y hasta hoy, son verdaderos movimientos sociales (ver más lejos), organizados y perseverantes (las mujeres, los pueblos originarios, los ecologistas, los homosexuales, etc.). Frente a estas protestas, silenciosas o ruidosas, espontáneas o duraderas, la clase G y los Estados (en una relación compleja entre ellos) reaccionan también de varias maneras. Siempre comienzan por reprimir y esta represión es cada vez más violenta: son muy tentados de, y a veces se autorizan a disparar contra las muchedumbres con balas reales[16] (como lo hacían en siglos pasados). Pero también no dejan de declarar su buena voluntad en grandes reuniones donde hacen promesas, regularmente reiteradas, y en general no cumplidas, o insuficientemente (y muy lentamente). Los únicos que son realmente tomados en serio, que son atendidos, que consiguen resultados positivos son los movimientos sociales: las protestas individuales sirven muy poco, y las rebeldías pasajeras sólo sirven para despertar las conciencias (lo que es bastante útil).

d- Dos concepciones ideológicas del Sujeto: de la misma manera que la burguesía y el proletariado creían en dos concepciones distintas del Progreso, las clases G y P del modo de producción del capitalismo neoliberal creen ambas en el Sujeto, pero lo conciben de maneras distintas según sus intereses de clase. Ya lo dijimos: para la clase G ser Sujeto es ser un “individuo CCC” (Consumidor-Competidor-Conectado en internet). Para la clase P ser Sujeto es disponer de los recursos necesarios para vivir dignamente, es decir, conformarse a los principios del modelo cultural subjetivista reinante: ser un “ISA” (Individuo-Sujeto-Actor), es decir una persona autónoma y actor de su existencia propia. Son, evidentemente, dos cosas muy diferentes: dos interpretaciones, en gran parte contradictorias, que coexisten en la consciencia de la gente, particularmente de los jóvenes de hoy en la mayoría de los países del mundo.

2- El modo de producción neoliberal cambió las clases sociales y sus relaciones

Lo que tenemos que explicar ahora es que el capitalismo neoliberal, al cambiar el modo de producción de la riqueza, cambió también las clases sociales y las relaciones entre ellas.

    a- ¿Quien es la clase dominante (la clase G) de hoy?

La clase dominante de hoy es el conjunto de las personas que, directa o indirectamente, controlan la lógica de funcionamiento del capitalismo neoliberal, tal como la he definido más arriba (punto II,1). Más precisamente son los que se esfuerzan por controlar y muchas veces logran controlar efectivamente: 1) las innovaciones tecnológicas; 2) la conquista de los mercados comerciales y financieros en el mundo; 3) la política de las grandes organizaciones internacionales; 4) la política interna de los gobiernos nacionales; 5) los gastos de los Estados para sus políticas sociales y culturales; y 6) la socialización de sus ciudadanos.

¿Cómo llamar esta clase dominante? Lo que hace de ella una clase G, dominante, no es (como en el caso de la burguesía) el es propietaria de los medios de producción (aún si también lo es). En efecto, lo que es estratégico (decisivo) para cada uno de sus miembros, si quiere pertenecer y mantenerse en esta clase, es ser más competitivo que los otros (como lo vamos a ver en el punto siguiente). Por este motivo, propongo llamarla “clase capitalista competitivista.”

Es importante añadir aquí que esta clase competitivista no actúa sola: tiene algunos colaboradores competentes y bien remunerados que viven de los servicios que le prestan. Veo por lo menos ocho colaboradores: (1) los “managers”, que saben cómo manejar las empresas para que sean más competitivas y para conquistar nuevos mercados; (2) las “agencias de notación” que saben evaluar la salud financiera de los Estados y de las empresas y decir a los bancos y a los accionarios donde tienen que invertir su dinero y especular; (3) las “agencias de publicidad” que saben cómo crear nuevas necesidades y manipular la demanda solvente; (4) las “agencias de innovación” que saben cómo inventar constantemente nuevos productos de alta tecnología y practicar la obsolescencia programada; (5) los “gabinetes de abogados y juristas” que saben cómo eludir las leyes y practicar la evasión y el fraude fiscales; (6) los “grupos de presión “ o “lobbies” que saben cómo infiltrar, seducir y corromper las administraciones y los políticos para conseguir favores; (7) las “grandes organizaciones internacionales” que saben cómo ejercer presión sobre los Estados nacionales para imponer las exigencias del neoliberalismo; y (8) muchos (pero no todos) “dirigentes políticos nacionales” que están dispuestos a abrir ampliamente las puertas de su país y ofrecer regalos fiscales para atraer los inversionistas extranjeros en su país. La “clase competitivista” está muy bien asistida y, por lo tanto, ¡muy difícil de combatir! 

    b- ¿Quién es la clase dominada (la clase P) de hoy?

La clase dominada de hoy es el conjunto de las personas que tienen que ir a trabajar todos los días con el fin de ganar el dinero que necesitan para comprar todos los bienes y servicios que les ofrece el mercado y pagar los préstamos que contrataron para poder completar sus salarios. Trabajan y se endeudan para consumir. Pero ¿de donde viene que quieren consumir tanto? Por supuesto, de la manipulación de sus necesidades por la publicidad omnipresente en su medio de vida. Pero ¿por qué la publicidad tiene tantos efectos sobre ellos? Porque quieren ser sujetos de sí mismos y actores autónomos de su vida personal. Y ¿de dónde les viene este deseo? Ya lo sabemos: del nuevo modelo cultural reinante que legitima esta necesidad vital, en nombre de la “vida buena”. Lo que estas personas quieren absolutamente conseguir son todos los bienes y servicios que les permitirán ser más Sujetos de sí mismos, es decir, tener una vida digna. No es por casualidad que la dignidad es hoy una palabra omnipresente en su discurso. Para sentirse dignos, necesitan educación, salud, vivienda, empleo, dinero, seguridad, información, distracción… Pero además necesitan sentirse respetados por lo que son o quieren ser. Son mujeres, pueblos originarios, estudiantes, artistas, habitantes del planeta tierra, consumidores, LGBT, pobres, o ¡lo que sea! Pero todos consideran como un derecho legítimo que la sociedad (el Estado) les permita disponer de los recursos que necesitan par ser lo que quieren ser.

¿Cómo llamar esta clase dominada? Si es dominada, no es porque sus miembros son explotados en sus relaciones sociales de producción (aun si también lo son). Más bien, son explotados en sus relaciones sociales de consumo: su deseo irreprimible de ser sujetos los constriñe psicológicamente a comprar y a endeudarse para conseguir todos los bienes y servicios que necesitan (o creen necesitar) para satisfacer sus apetitos. La manipulación de sus necesidades (o la seducción ideológica) es el “mecanismo” de su explotación. Por esto propongo llamar esta clase dominada, la “clase de los consumidores”.

3- La clase competitivista neoliberal es mucho más dominante que dirigente

Propongo aquí una distinción importante entre dos comportamientos opuestos que puede tener una clase G: ser “dominante” o ser “dirigente”[17]. Puede ser considerada como “dirigente” una clase G que se preocupa activamente del interés general de la población del país en el cual está instalada: produce bienes de uso (y no solamente de cambio); crea empleos, paga correctamente sus trabajadores y se preocupa de sus condiciones de trabajo; paga honestamente sus impuestos para contribuir a las políticas públicas y sociales del Estado; cuida el medio ambiente; respeta sus clientes vendiéndoles productos u ofreciéndoles servicios de buena cualidad… Una clase G merece el nombre de “dirigente” cuando sus miembros cumplen con sus responsabilidades cívicas, en tanto que ciudadanos. Por el contrario, la clase G es “dominante” cuando la mayoría de sus miembros se preocupan principalmente de sus intereses privados y de los de sus familias y de sus accionistas. Por supuesto, toda clase G, cualquiera que sea el modo de producción que practique, hace un poco de los dos: es un problema de proporción.[18]

Lo que pretendo aquí es que la clase G del capitalismo neoliberal es, por definición – o más bien por principio, por un efecto de su credo – mucho más dominante que dirigente. Los que creen en los beneficios de la “mano invisible del mercado” son explícitamente invitados, por su dogma, a creer que “la suma de los intereses individuales terminará siempre por hacer el interés general”. Este dogma les entrega la legitimidad ideológica que necesitan para no tener que preocuparse del interés colectivo: por lo tanto, de buena o mala fe, se autorizan a ser dominantes. Cada miembro de la clase dominante debería saber que esto es una mentira, pero, como tiene interés en creer que es la verdad, lo cree, más o menos sinceramente Según ellos, la competencia entre individuos preocupados de sus intereses privados es buena porque es la manera de contribuir al interés general, sin quererlo, sin esfuerzo, y dejándolo al cuidado de la “mano invisible”!

Por lo tanto, afirmo que la creencia en las virtudes de la competencia, por lo menos en las actividades económicas, tiene el efecto perverso de engendrar comportamientos incívicos de parte de los que tienen la responsabilidad de gestionar empresas económicas. Y la clase capitalista neoliberal de hoy me parece ser un ejemplo indiscutible de semejante forma de incivismo. No se trata aquí de hacer un juicio moral del comportamiento de los individuos que practican esta competencia. Estas personas, por la posición social que ocupan y por el oficio que es el suyo, tienen que ser lo más competitivas posible si quieren sobrevivir en la “jungla” que es el mundo económico de hoy. De lo que se trata aquí es de entender por qué la lógica de la competencia produce efectos perversos cuando rige la relaciones entre gerentes de empresas económicas. Es muy simple: ser más competitivos significa conservar sus mercados y conquistar mercados nuevos (explotar demanda solvente). Por lo tanto, para no ser eliminados por los otros, cada uno tiene que ser más hábil en este “juego”: la obsesión de cada uno es sobrevivir en la jungla de la competencia donde reina la ley del más “pillo”, del más “vivo”, del más tramposo. Y, concretamente, para ser más competitivos lo que tienen que hacer es reducir sus costos de producción. ¿Cómo hacen para reducir sus costos?

Siguen, como sus antepasados, explotando y precarizando sus trabajadores: pagan salarios bajos, sobre todo a las mujeres, e imponen malas condiciones de trabajo. Pero además engañan los consumidores: crean necesidades artificiales, practican la obsolescencia programada, venden productos peligrosos para la salud, endeudan a sus clientes. También, dañan el medio ambiente, contaminan el agua, el aire y la tierra, agotan los recursos no renovables. Engañan igualmente al Estado con fraude o evasión fiscal, corrompen los políticos y los funcionarios. Privatizan los bienes comunes que deberían ser servicios públicos y no mercancías (educación, salud, seguridad, información, pero también recursos naturales estratégicos…). Colaboran con inversionistas extranjeros que practican el imperialismo sin preocuparse del interés nacional. Y tampoco respetan los derechos humanos ni de los niños, ni de las mujeres, ni de los pueblos originarios.

Todas estas prácticas reducen efectivamente los costos de producción y, por lo tanto, aumentan la competitividad de los que los manejan mejor que los otros. Pero, son comportamientos incívicos porque son contrarios al interés general, porque quitan al Estado nacional y por lo tanto a los miembros de la clase consumidora, una parte importante de los recursos que necesitan para ser Sujetos de sí mismos y actores autónomos de su existencia personal. Por lo tanto, se puede afirmar que el capitalismo neoliberal descansa en una enorme contradicción: de una parte, la creencia en los principios del modelo cultural subjetivista libera las expectativas de autorrealización autónoma de los individuos, mientras que, de otra parte, el régimen neoliberal les quita los recursos que necesitan para satisfacer estas expectativas y tener un “vida buena” y digna. Su frustración resulta del desfase entre lo que la cultura les deja esperar y lo que su realidad les permite tener (ejemplo clásico: “tengo un diploma que me costó tanto tenerlo y ahora, no tengo trabajo que le corresponde”).

Podemos concluir este punto afirmando que la “clase consumidora” de hoy vive, en su vida diaria, una contradicción frustrante que explica fácilmente los arrebatos de violencia y de rebeldía que podemos observar en muchos países del mundo después de cuatro décadas de experiencia del capitalismo neoliberal.

*

IV- ¿Qué hacer? Hacia un nuevo movimiento socialista cívico

Cualquier movimiento social puede ser definido como una acción colectiva, solidaria y conflictual, que tiene cuatro componentes fundamentales. El actor que se moviliza tiene una identidad (“nosotros los”...); el se opone a un adversario (“contra ellos los”...); al cual reclama un bien legítimo (“en nombre de…”); y emplea ciertos métodos par ejercer una presión sobre el (“con cuales métodos”… ).[19] El movimiento obrero fue, durante por lo menos un siglo, el ideal tipo del movimiento social: “Nosotros los proletarios contra ellos los patrones burgueses, en nombre del mejoramiento de nuestras condiciones materiales y sociales de trabajo y de vida, y por los métodos de las manifestaciones, de las huelgas y de las negociaciones”. Después de largas y duras luchas, el movimiento obrero consiguió la transición del capitalismo salvaje del siglo XIX al capitalismo de Estado-Providencia del siglo XX.

Con estos cuatro componentes del concepto de movimiento social, tenemos que ver ahora cómo concebir un nuevo movimiento socialista que sea suficientemente poderoso y duradero para que la clase de los “consumactores” tenga la fuerza necesaria de imponer sus reivindicaciones a la clase de los “competitivistas” neoliberales y a los Estados cómplices de ella.

1- Nosotros los...

Nosotros los consumidores de este país –trabajadores, hombres o mujeres, estudiantes, jóvenes, adultos y viejos, pobres o ricos, pertenecientes a diversas culturas y nacionalidades, homos o heterosexuales, compradores de bienes y servicios privados, usuarios de bienes y servicios públicos, creyentes o no, del Norte o del Sur, del Este o del Oeste del país, de las ciudades o del mundo rural, habitantes de la tierra y partes de la naturaleza– nosotros todos tenemos el derecho de ser dueños de nuestro destino personal, de ser sujetos y actores autónomos de nuestra propia existencia. En contraparte, tenemos también el deber (que nos comprometemos a cumplir) de respetar el mismo derecho en los otros.

2- Contra ellos los...

Contra los capitalistas competitivistas que se ocupan mucho más de sus intereses privados que del interés general: explotan y precarizan los trabajadores; manipulan, endeudan y engañan los consumidores; contaminan y destruyen el medio ambiente; discriminan las mujeres y los pueblos originarios; engañan y corrompen al Estado; privatizan los bienes comunes; colaboran con el imperialismo extranjero; no se preocupan de los derechos humanos. Todos estos comportamientos incívicos les permiten enriquecerse escandalosamente, mientras quitan al Estado, y por lo tanto, nos quitan a nosotros, o nos reducen drásticamente, los recursos que necesitamos para vivir dignamente.

c- En nombre de…

Las reivindicaciones en nombre de las cuales libramos nuestra lucha conciernen, de una parte, nuestros derechos individuales, pero también, de otra parte, los derechos comunes de las colectividades sociales y culturales a las cuales pertenecemos.

Cada individuo tiene el derecho culturalmente legítimo de disponer de los recursos que le permitan tener una “vida buena”, tal como está definida por el modelo cultural subjetivista reinante, es decir, el derecho de ser sujeto de sí mismo y actor autónomo de su vida personal. Este derecho implica que cada uno tenga acceso a una educación (una formación general y profesional) gratuita y de calidad, así como al cuidado de su salud física y mental; pero también, para tener una vida digna, necesita conseguir un empleo que le garantice un ingreso suficiente para formar una familia y alimentarla, disponer de una vivienda de buena calidad y de una jubilación suficiente, vivir en un medio ambiental seguro, beneficiar de una seguridad social que lo proteja, estar bien informado, tener distracción, etc… Además, tiene que ser libre de elegir lo que le conviene en la vida (sus opiniones, su religión, sus estudios, su empleo, su pareja, su modo de vida en general), siempre que sus elecciones personales no sean contrarias a los derechos comunes.

Cada colectividad tiene el derecho culturalmente legítimo de disfrutar de los beneficios de un desarrollo común ético y sostenible[20], que es indispensable para que pueda ofrecer a sus miembros los recursos de su desarrollo personal. Los valores preconizados por este desarrollo son: 1) el bienestar material para todos; 2) el cuidado de los recursos de la naturaleza y el respeto de las otras especies vivas; 3) la paz y la independencia en las relaciones de la colectividad con las otras; 4) una democracia política directa y participativa; 5) la coexistencia pacífica entre los intereses divergentes; 6) la integración social de todos los miembros; y 7) un proyecto cultural legítimo. 

Es el deber de los dirigentes políticos del Estado de velar por el respeto de estos derechos, tanto individuales como comunes, y por lo tanto “nosotros” estamos luchando contra la clase capitalista competitivista, y exigimos de nuestros dirigentes políticos que prohíban por ley y castiguen los comportamientos incívicos de los capitalistas neoliberales, y que los obligan por ley a asumir su responsabilidad cívica.

4- ¿Con qué métodos?

Los métodos de lucha de ayer (manifestaciones y huelgas) pueden ser consideradas como obsoletos: miles de personas ocupando las calles, destruyendo o degradando bienes colectivos o privados, enfrentando una represión excesiva con todas sus riesgos y sus consecuencias, son métodos de otros tiempos, que deberían ser abandonados.

Utilicemos las “armas” que nuestro adversario nos pone entre las manos. Hoy en día, con los adelantos de la tecnología, los movimientos sociales pueden ser mucho más eficaces sin necesidad de ser tan heroicos y sin correr el riesgo de desprestigiarse ante la opinión pública. Las iniciativas de un movimiento social (por ejemplo la decisión de emprender una acción) pueden ser comunicadas por teléfonos celulares y redes sociales a millones de personas en muy poco tiempo. Además, la huelga del trabajo, si bien sigue útil en ciertas condiciones, puede ser ventajosamente reemplazada por otra mucho más eficaz: la huelga del consumo. Este tipo de huelga puede utilizar un método mucho más eficaz: el boicot. Si, por algún motivo específico, un millón de personas decidieran amenazar (con su computadora, y desde su casa) a un Banco con retirar su dinero, o amenazar a una empresa con dejar de comprar sus productos o sus servicios, su presión sería tan fuerte que obligaría a este Banco o a esta empresa a tomar seriamente en cuenta sus reivindicaciones. ¿Qué haría entonces el dueño de la empresa? Dirigirse a los gobernantes para que promulguen ¡una ley que prohibiera el boicot! Y ¿cómo reaccionaría el movimiento social ? ¡Boicoteando esta ley, con desobediencia pasiva!

¿Como llamar este movimiento?

Es un movimiento socialista cívico porque su objetivo es obligar a la clase competitivista neoliberal y a los dirigentes políticos que son sus cómplices, a cumplir con su responsabilidad cívica para con todos sus ciudadanos.

La lucha será larga: “hasta que ¡la dignidad se haga costumbre”!

 

 

 


[1] Profesor emérito de sociología de la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) y Presidente del CETRI.

[2] ¿Por qué no en todos? Sin ser el único factor explicativo, el imperialismo colonial de los países del Norte fue decisivo para explicar esta desigualdad que persiste hasta hoy. Pero este debate, por muy interesante que sea, es demasiado largo y complejo para ser tratado aquí.

[3] En un trabajo anterior, utilizando las cuatro dimensiones del concepto presentado aquí, he podido identificar ocho modos de producción, solo en la historia de Europa occidental. Pero hay muchos otros en la historia de la humanidad entera. Los hombres tienen una imaginación inagotable cuando se trata de inventar maneras de aprovecharse de las necesidades de sus semejantes para hacerlos trabajar duramente y ganar un salario de miseria.

[4] Por lo tanto, afirmar (como algunos autores después de Marx lo repiten regularmente en cada etapa) que el capitalismo “cava su propia tumba”, que estaría en su “fase última” y que se “estaría muriendo”, solo sirve para darse ánimo y buena conciencia, pero no corresponde a ninguna realidad.

[5] Chile (este “laboratorio del neoliberalismo”) multiplicó por cinco su PIB/per cápita, que paso de 5.000 a 25.000 $ entre 1990 y 2020. Pero seamos claros: esto es crecimiento económico, no es necesariamente desarrollo.

[6] Yo llamo “contrato social” el conjunto de dispositivos instituídos por el Estado para permitir que todos los grupos de interés constitutivos de una colectividad humana puedan coexistir pacíficamente, negociando entre ellos compromisos aceptables entre sus intereses divergentes, con la garantía del Estado.

[7] Este es el primer articulo de la Declaración de los Derechos del Hombre, proclamada el 24 de agosto de 1789 por la Asamblea Nacional, seis semanas después de la Revolución Francesa.

[8] Es la idea central del Contrato social según J.-J. Rousseau.

[9] Las utopías son necesarias y útiles. Los humanos necesitan soñar en “el mejor de los mundos” y, por lo tanto, producen periódicamente nuevas utopías que les permiten criticar, rechazar y combatir lo que sus dirigentes hicieron de las utopías anteriores. El Renacimiento fue un tiempo fecundo en utopías (por ejemplo la de Thomas More).

[10] El sociólogo francés Alain Touraine solía decir: “la modernidad ha sido inventada y responde muy bien a los intereses de “los hombres, adultos, blancos, ricos y heterosexuales”. Los que no cumplen una o varias de estas cinco condiciones son marginalizados. Y son “olvidados”, salvo si se ponen a gritar fuerte, y a molestar mucho para ¡reclamar sus derechos! Y, justamente, lo que pasó en los años 1970 hasta 1990, fue el despertar de los (nuevos) movimientos sociales de todos estos “olvidados”.

[11] El sociólogo alemán Roberto Michels llamó este fenómeno “la ley de bronce de la oligarquía” porque es una tendencia inflexible (dura como el bronce) y que lleva siempre al mismo resultado: los elegidos terminan por formar una casta dominante (une oligarquía) que aliena y engaña a los electores.

[12] Este cambio muy profundo de la concepción de la “vida buena” no es el primero en la historia de la cultura de Europa occidental. Hubo, por lo menos tres otros antes: entre el modelo cultural cívico de la Grecia clásica y el modelo cultural aristocrático de la Roma antigua; entre este último y el modelo cultural cristiano de la Edad Media; y entre este último y el modelo cultural progresista de la primera modernidad. Sin embargo, estas tres épocas de transición fueron mucho más largas que las que nos hicieron pasar al modelo cultural subjetivista.

[13] Es porque el Sujeto es el principio más importante de los que constituyen este modelo cultural que yo lo llamo “subjetivista”.

[14] Y tratar de ¡no perder la modestia!

[15] Me limitaré a dos ejemplos que se parecen mucho: la rebeldía de los Chalecos amarillos en Francia, y la insurrección del 18 de octubre 2019 en Chile. Pero hay muchos otros casos.

[16] El recién ejemplo de Birmania es muy significativo al respecto.

[17] Mi formación y mi concepción de la sociología ha sido profundamente marcada por mi larga frecuentación de las obras de K. Marx, pero también del maestro más cercano que yo tuve: el sociólogo francés Alain Touraine.

[18] Mi análisis de los modos de producción que existieron en la historia de Europa occidental me convenció de un hecho indiscutible. Si bien es cierto que todas las clases G fueron a la vez dirigentes y dominantes, también lo es que fueron mucho más dominantes que dirigentes. Cuando fueron dirigentes fue cuando tuvieron interés en serlo, o cuando fueron obligadas de serlo por algún movimiento social y político dispuesto a pagar el precio de la represión. Pero, de todas ellas, la clase competitivista del capitalismo neoliberal me parece ser la más dominante, la más ciega, la menos preocupada del interés general (al punto de privilegiar sus intereses privados, mismo si provoca así la desaparición de la especie humana). Y esta irresponsabilidad se explica por la lógica de las relaciones de competencia en la cual está involucrada.

[19] Esta definición me viene de Alain Touraine. Solo la he completado, añadiendo un cuarto componente relativo a los métodos de lucha.

[20] He publicado, con más detalles, la teoría del desarrollo ético y sostenible que yo propongo en un artículo llamado “Mensaje a los Constituyentes”, publicado por La Edición chilena de Le Monde Diplomatique. Ver : <https://www.lemondediplomatique.cl/...>

Septiembre de 2021

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