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PSU ¿Qué estamos defendiendo? Por Ana María Devaud

Observar a una parte importante de mi generación y de la siguiente, embistiendo a los estudiantes secundarios, es vergonzoso. Escuchar las voces de quienes se han dedicado a “mirar” o a teorizar, sin haber intentado o conseguido un cambio profundo en la educación, es lamentable. Al parecer es preciso recordar que los únicos que pueden exhibir logros, aún incompletos, en el ámbito educacional, son los mismos estudiantes, cuyos movimientos, junto a las feministas, son el comienzo del despertar de un gran letargo.

Quizás no es el modo “ideal” para detener el proceso de la PSU, ¿pero, existe una forma ideal en estas circunstancias? Quedarse en la forma y olvidar por completo el fundamento y el objetivo de la acción es realmente increíble. He escuchado de todo, desde poner en cuestión al movimiento estudiantil, incluso, ¡adjudicarles responsabilidades por no haber actuado en ciertos aspectos! Y lo peor, ser acusados de “terroristas”, según una ministra, absolutamente fuera del designio de su ministerio, más parecida a una cancerbera del sistema, donde la pésima educación es, sin duda, una herramienta de dominio y lucro servil para una clase económicamente privilegiada, pero culturalmente mísera.

Resulta que esta prueba, según la publicidad que difunden profusamente los medios gobernantes, permite “cumplir sueños” y “movilidad social”, es decir, casi la tierra prometida. En realidad, si le sacamos las lentejuelas del marketing, la PSU es el gancho perfecto para el gran negociado de la educación. Sabemos el destino de las y los estudiantes que no tienen “éxito en la prueba”; la mayoría pasa a convertirse en pasto tierno para ser fagocitados por institutos dedicados a “pasar la prueba”, o, directamente, a universidades privadas: escuelas mediocres (excepto algunas) que endeudan no solo a estudiantes, sino a familias completas. Familias y jóvenes deben comprar los “sueños” y la “pretendida movilidad”, para terminar ¡endeudados por décadas y trabajando para pagar a los bancos, aún sin haber terminado sus carreras! O, peor aún, los títulos de quienes logran finalizar van a dar al tacho de la basura; no solo por la universidad de procedencia, ¡sino por el colegio! Escandalosa exclusión que permite la subsistencia de un ghetto que huele a podrido.

Los profesores de las universidades, en general, pueden dar fe de la calidad de alumnos que reciben, incluidas las más prestigiosas universidades. Porque ni siquiera la educación privada se salva de la mediocridad (basta observar a nuestra clase dirigente).

Entonces, ¿de qué estamos hablando realmente cuando rasgamos vestiduras por esta prueba? Respondamos algunas preguntas, aún dentro del mismo sistema: ¿Es la PSU una prueba que contribuye a “seleccionar” a las y los mejores? No. ¿Es la PSU una prueba transversal, capaz de evaluar los conocimientos recibidos en todos los colegios y liceos del país? No. ¿Es la PSU un factor de movilidad social? No. ¿Las y los estudiantes y profesores han presentado propuestas? Sí. ¿Han sido escuchadas? No.

Mi generación cumplió su objetivo: poner fin a una dictadura criminal y con un gran costo de vidas. Pero después, el miedo paralizó a una parte, por justificadas razones. Otra, se acomodó en un sistema que resultó nefasto para la mayoría. Y muchas y muchos, invisibilizados, siguen remando contra una corriente poderosa, donde la fuerza a veces no alcanza. Sin embargo, vemos con orgullo a una nueva generación que toma las banderas, porque son los y las estudiantes quienes nos hacen reflexionar, reaccionar y detenernos a mirar el camino y tomar consciencia del rumbo, cuestionándonos respecto de lo que realmente estamos defendiendo.

Por último, toma plena vigencia la canción de Violeta Parra: ¡Qué vivan las y los estudiantes!

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