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Que el 17 de noviembre no sea un día de miedo. Por Rossana Carrasco Meza

“A pesar de lo que digan, la idea de un cielo habitado por Caballos y presidido por un Dios con figura equina repugna al buen gusto y a la lógica más elemental, razonaba los otros días el caballo. Todo el mundo sabe —continuaba en su razonamiento— que si los Caballos fuéramos capaces de imaginar a Dios lo imaginaríamos en forma de Jinete.”[1]

Este 16 de noviembre volveremos a las urnas. Presidencial y parlamentaria. Otra vez se nos pide elegir un rumbo, decidir quién hablará —y actuará— en nombre de todas y todos. Y aunque la democracia se construye en estos gestos, lo cierto es que esta vez se siente distinto: hay nervios, cansancio, y sí, también miedo.

Miedo a retroceder en lo que tanto ha costado avanzar.

Miedo a que los derechos conquistados —de las mujeres, de las diversidades, de los pueblos originarios, del medioambiente— se vuelvan a poner en duda o se traten como lujos de tiempos buenos.

Miedo a que el discurso del odio, del desprecio por lo distinto, vuelva a instalarse como si fuera sentido común.

Porque uno se sienta frente a los debates, escucha los spots de campaña, mira los letreros en la calle… y siente un vacío. Las palabras se han vaciado de contenido. Se repiten conceptos como “orden”, “mano dura”, “crecimiento”, “libertad”, pero rara vez se explica qué significan en la vida concreta de las personas. ¿Libertad para quién? ¿Orden a costa de qué? ¿Crecimiento para beneficiar a cuántos? En esa retórica sin sustancia, se cuelan las promesas fáciles, los enemigos inventados, las consignas que apelan al miedo más que a la razón.

Y, sin embargo, hay algo que a veces olvidamos: lo que realmente está en juego no es solo la Presidencia, sino el Parlamento. Son diputadas, diputados, senadoras y senadores quienes tendrán en sus manos la posibilidad de legislar en avances o retrocesos; de abrir caminos hacia una sociedad más justa o de consolidar los cerrojos del pasado.

Nos concentramos tanto en la primera magistratura que pareciera que todo dependiera de una sola figura, cuando en realidad es el Congreso el que decide si los derechos humanos se amplían o se restringen, si la educación y la salud se entienden como bienes públicos o como privilegios.

Y es ahí donde se define el tono moral de un país.

No se trata de izquierdas o derechas, sino de principios. De preguntarnos si queremos seguir viviendo en una sociedad donde el éxito individual valga más que la justicia colectiva, donde se banaliza la desigualdad y se mira con sospecha al que piensa distinto.

Yo no soy analista política. Soy una ciudadana común, una persona que vota porque todavía cree que sirve, que todavía puede hacer la diferencia. Pero esta vez voto también con cierta rabia. Rabia ante la desmemoria, ante el oportunismo que disfraza de “sentido común” la intolerancia, ante los que predican patriotismo, pero siembran división. No quiero votar desde el terror a lo que podría venir, sino desde la esperanza de lo que aún podemos construir.

Quiero que el lunes 17 de noviembre no amanezca con la sensación de derrota moral, sino con la certeza de que seguimos despiertos, atentos, cuidándonos entre nosotros. Que la política vuelva a ser un espacio para el diálogo y no una arena donde ganan los más ruidosos.

Los derechos no se regalan, se defienden. Y la cultura —esa red invisible que nos une, que nos hace reconocernos en el otro— tampoco se sostiene sola. Cada voto, cada conversación, cada gesto de empatía cuenta. No se trata solo de elegir personas o partidos; se trata de reafirmar qué país queremos ser: uno que se encierra en el miedo o uno que, con todas sus diferencias, sigue apostando por la dignidad.

Ojalá que el 17 despertemos sabiendo que elegimos desde las convicciones, sí, pero también desde el corazón y la conciencia. Que no gane el odio, que no gane la indiferencia. Que gane la esperanza, aunque sea por un voto.

 

Rossana Carrasco Meza es Profesora de Castellano (PUC), Politóloga (PUC) y Magíster en Gestión y Desarrollo Regional y Local (Universidad de Chile).

 


[1] Augusto Monterroso, “El caballo imaginando a Dios”, en La oveja negra y demás fábulas, 1969.

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