Transcurrido algo de tiempo, las interpretaciones de los resultados electorales de la última elección presidencial y congresal han adquirido ya una densidad analítica considerable. Cabe sostener que, en su mayoría, los análisis corresponden aún a lecturas inmediatas de carácter post electoral —propias de la llamada “boca de urna”—, a la espera de análisis posteriores más reflexivos y de mayor profundidad. No obstante, ya se han formulado diagnósticos relevantes, uno de ellos en torno a las inconsistencias programáticas de la candidatura de Jeannette Jara, al diseño de la campaña, y a una evidente desconexión entre los sectores progresistas y las comunidades territorializadas, tanto en su dimensión factual y física (el barrio) como en el territorio virtual configurado por las redes sociales.
Asimismo, se ha señalado que los particularismos ideológicos, políticos y/o electorales, por ejemplo: agenda de género, medio ambiente, minorías, defensa animal, entre otros, contribuyeron escasamente a las pretensiones de continuidad del oficialismo y de la coalición de gobierno. A ello se ha sumado el argumento clásico, y siempre vigente, del desgaste gubernamental.
Se suma la incapacidad de ofrecer a la sociedad un horizonte común desde la geografía política del progresismo, circunstancia que facilitó el avance de prácticas populistas, derechistas y ultraliberales. En conjunto, estos factores podrían ayudar a explicar la derrota electoral desde este sector del espectro político (seguirán otros diagnósticos).
A las dimensiones anteriores, se suman dificultades estructurales, que generan la fragmentación propia del sistema político electoral que tiene Chile. Si bien esta situación afecta directamente al progresismo, también opera, en términos formales, sobre el conjunto del sistema político. Ante esto, resulta evidente la creciente dificultad para construir consensos vinculantes que permitan políticas públicas y estrategias de desarrollo de carácter transversal y social. No obstante, este aspecto excede el propósito de este análisis. Esto se expresó lamentablemente en el inicio de la campaña. La disonancia entre lo expresado por la candidata y su partido.
Lo que parece claro es la necesidad de realinear la relación entre representantes y representados, proyección que, a su vez, debe expresarse en la ecuación entre gobernantes y gobernados. Dichas relaciones requieren una valoración política en al menos tres dimensiones: ideológica, territorial y comunitaria / social.
Primero se expresa desde los sectores de izquierda, la histórica relación capital trabajo —que articula múltiples subrelaciones, incluyendo aquellas asociadas a los llamados particularismos o a la agenda “woke”—, pero existe una distancia inconcebible y compleja entre la idea y la práctica militante concreta, que la sociedad percibe. Entonces, podría surgir en el próximo periodo desde los partidos políticos como desde otras formas organizativas, escuelas permanentes de formación política, cívico-ciudadana y/o territorial, capaces de sostenerse en el tiempo-espacio y de resistir cuestionamientos provenientes de diversos sectores, donde los contenidos de las mismas, tengan que ver con lo común, o como se dice por estos días, con los sentidos comunes que se encuentran en los territorios (fácil decirlo, complejo concretarlo).
A su vez, se hace necesario concebir el territorio factual como un espacio constante de intervención, influencia e involucramiento. Se trata de co construir definiciones políticas prácticas y contextualizadas, junto a las familias, considerando sus expectativas, aspiraciones y proyectos de vida. Esta perspectiva, lejos de ser novedosa, constituyen el arquetipo fundamental de cualquier ejercicio efectivo de la política, en los territorios.
Dicho despliegue debería estar acompañado de un soporte comunicacional coherente, gestionado estratégicamente a través de las mismas redes sociales que hoy erosionan las posiciones progresistas. El ejercicio práctico de la política no puede reducirse a un eslogan: es un principio estructurante del quehacer progresista en cualquiera de sus expresiones.
Desde una base o desde esta base, sería posible avanzar hacia una disputa propositiva en el ámbito comunitario y/o social, ante adversarios ideológicos, es decir alcanzar la representación en los territorios. Ello, aplicando metodologías de gestión, con IA (cuando corresponda), que orienten planificaciones, seguimientos que optimicen los resultados medidos en parámetros de control, logrando diagnósticos realistas en soluciones concretas, y sostenidas por una difusión permanente e inteligente que permitan construir, paralelamente, un “TERRITORIO VIRTUAL PROPIO”.
No debe olvidarse que parte del éxito de José Antonio Kast residió en una estrategia persistente de alineamiento entre representados y representantes —como lo evidenció la reciente elección y la consolidación del Partido Republicano—, así como en la proyección de una futura relación entre gobernantes y gobernados. Esta estrategia se articuló en torno a ejes reiterados: economía, seguridad pública y migraciones, configurando el relato del “Chile que se cae a pedazos” y la necesidad de un “gobierno de emergencia” (imaginarios, que son eso, porque la realidad indica otra cosa). Este fenómeno que evidencia los cambios en la sociedad debe ser atendido con seriedad y permitir a las organizaciones partidarias actualicen la forma de abordar las 3 dimensiones.
La nueva derecha republicana, se presenta como restauradora del orden, una demanda ampliamente instalada en la ciudadanía que, sea real o percibida (contradicción lograda gracias a la vigencia del imaginario instalado), opera como un piso mínimo sobre el cual se proyectan las expectativas de progreso y bienestar. En consecuencia, el progresismo, con diagnósticos diversos, pero en general valiosos, debe reorientar su acción hacia el territorio, movilizando a los suyos, derramando un ideario siempre inacabado, pero profundamente humanista y solidario, en el barrio, la cuadra y la plaza pública. Todo ello, en articulación permanente con el territorio virtual, que continúa siendo —como siempre— un espacio central y en disputa de la comunicación política.
Hernán García Moresco, Magister© Ingeniería Informática USACH. Diplomado en Big Data Universidad Católica. Diplomado en Ciencias Políticas y Administración Pública. Universidad de Chile. Licenciado en Educación en Matemática y Computación USACH
José Orellana Yáñez, Doctor en Estudios Americanos Instituto IDEA-USACH, Magister en Ciencia Política de la Universidad de Chile, Geógrafo y Licenciado en Geografía por la PUC de Chile. Integrante del Centro para el Desarrollo Comunal Padre Hurtado.
