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¿Quién se queda abajo del tren? Por Jorge Norambuena

Tecnología, Seguridad y Covid

Por allá por la década de 1830, cuando salió la locomotora a vapor, la prensa inglesa se preguntaba si pasar tanto tiempo a tan alta velocidad podría causar daño al ser humano (hablamos de un máximo de 30 kilómetros por hora). De ahí en adelante, ¿cuántas veces nos hemos preguntado, como humanidad, sobre los efectos de las nuevas tecnologías en el cuerpo y la subjetividad? Ya se habla en nuestro país de que podremos comenzar a ser vigilados a través de nuestros aparatos celulares por la contingencia de salud y saltan, obviamente, las alertas respecto de nuestra privacidad y el control sobre nuestras vidas.

Las obras de ciencia ficción, y principalmente las tan famosas distopías de moda, suelen darnos un atisbo de lo que serían las peores consecuencias del avance de las tecnologías. Pienso que si hubiera existido un Black Mirror entonces, en el comienzo de la era industrial, probablemente habría mostrado alguna historia de cómo ese nuevo invento a vapor deformaba los cuerpos o, yo qué sé, algo peor.

La tecnología cambia las épocas y las épocas cambian la tecnología, y si miramos la historia, los cambios nunca han sido tan apocalípticos como parece que tratamos de imaginar o figurar. Sin embargo, sí hay una pregunta que creo necesario relevar: ¿A quién y cómo afectan los cambios en realidad? ¿Quiénes se ven principalmente perjudicados por las nuevas tecnologías?

Si hay algo que las distopías estilo Black Mirror o Years and Years nos muestran es que todas y todos nos veríamos afectados por igual. Pero ya sabemos que lo igual nunca es tan igual, y más bien quienes terminan afectados negativamente (porque sí que hay afectados positivamente) suelen ser la mayoría de las veces los más vulnerables de nuestra sociedad, aquellos que entran en el saco descriptivo de pobres, excluidos, afectados por el racismo, etc.

Al comienzo de la pandemia, el filósofo Byung-Chul Han escribía sobre cómo el efecto del uso de las nuevas tecnologías durante este trance aumentaría el control de las ciudadanas y ciudadanos por medio de su aplicación para el control del virus. Sin embargo, ¿no conoce ya todo el mundo, además de nuestros principales gustos y deseos, dónde andamos y con quién? Basta con decir un par de cosas con el celular abierto para al día siguiente encontrarnos con una multiplicidad de ofertas de aquello que, quizás sin darnos cuenta, por ahí enunciamos, y con datos sobre algún lugar cercano a nuestra ubicación para adquirirlo.

Por esto considero que cuáles van a ser las nuevas formas apocalípticas en que la tecnología se relacionará con la raza humana, o cómo serán, resulta un tema sin mucha relevancia. Si el chip va en nuestras tarjetas, en nuestro carnet de identidad o en la palma de la mano, francamente pienso que es un problema que poco importa, pues hoy ya estamos en ese universo al que tanto parecemos temer. La pregunta que sí me parece necesaria de dejar sujeta en la puerta de entrada a esta nueva época es cómo o de qué manera el avance de la tecnología afectará a quienes estén más propensos a ser afectados.

Falta de empleo, criminalización, segmentación, exclusión, reducción de derechos, explotación con un cedazo de supuestas nuevas oportunidades: no hay avance tecnológico que no tenga un impacto, y las series de televisión bien cumplen su papel ideológico de hacernos creer que a todas y todos nos va a ir muy mal o muy bien por igual, o por lo menos, de angustiarnos sin dejarnos pensar mucho sobre esta distinción. Pero no; allí donde los arrieros encontraban su sustento con caballos y carros de tira, sus fuentes laborales han de haber sido arrasadas por un tren que podía realizar el trabajo de cientos de miles, y, sin embargo, aquí estamos y seguimos como raza humana.

Si a algo debemos mantenernos alerta no es a que de aquí en adelante haya más o menos control; esa suerte está echada hace años ya. A lo que debemos poner atención es a cómo los “avances” que se impulsarán probablemente por efecto del Covid-19 impactarán a los grupos sociales siempre más vulnerables en su dignidad y sus derechos. Porque no estamos en la misma serie y nunca lo hemos estado, no protagonizamos la misma película y no todo puede ser tan peor, salvo para los mismos de casi siempre.

Ps. Mg. Jorge Norambuena M.

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