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Racismo hoy. Por José Bengoa [1]

El racismo es una “enfermedad crónica" y a veces se convierte en «pandemia», quizá más difícil de combatir, que el actual “corona virus”. Pareciera que no hay vacunas contra el racismo. Cada cierto tiempo se producen brotes violentos como el actual en Minneapolis, Estado de Minnesota en Estados Unidos, que se ha expandido por el país y muchas partes del mundo. Este 30 de mayo (2020) el Presidente Trump se ha debido esconder en el subterráneo de la “White House”, (Casa Blanca o ¿Casa de los blancos?) por las manifestaciones que a su alrededor se realizaban. Hoy, sale a la calle, se fotografía al frente de una Iglesia con la Biblia en la mano, como diciendo este país es de nosotros los WASP, White, Anglo Saxon and Protestant (or Puritan). [2] Acá en Chile todos los días llegan informaciones de ataques xenófobos y racistas, de pandemia sobre pandemia. Analicemos una vez más este asunto enojoso.

1. El racismo es una conducta ligada a la voluntad de poder, de dominación, de subyugación y sobre todo al temor de las personas frente a algo desconocido, personas desconocidas, de otro color, de otra configuración física o también cultural.[3] Las teorías racistas propiamente tales, son solo justificaciones de las acciones y actitudes racistas. No se sostienen por sí mismas. Son formas de apoyar actitudes de prepotencia, de supuesta superioridad, en fin, de manifestación de los intereses más perversos de los seres humanos. Por ello los escritos acerca del racismo, que lo justifican, son de muy mala categoría y se caen por sí solos, distorsionan los datos, hacen mofa de la realidad, en fin, no vale demasiado la pena siquiera discutirlos. Hay que afirmar y repetir que no hay razas, lo que hay es racismo.

2. Desde muy antiguo, y quizá desde siempre, a lo menos desde que existen los “estados”, ha habido “esclavitud por guerra”. Los derrotados, los extranjeros (“ethnos en los griegos, gentiles y bárbaros en los romanos –berber de ahí viene el mote a los habitantes del Magreb- y muchas más denominaciones del “otro”), eran sometidos a pesados trabajos, como la pena de remar en las galeras. Hasta hoy el italiano recuerda “galera” en su significado de cárcel. Es lamentable pero habría que decir que casi todas las sociedades antiguas practicaban la esclavitud por guerra, pero sin mayor distinción étnica, y menos racial, entendida como diferencia de color principalmente. Por el contrario, quienes han leído Memorias de Adriano de la gran Marguerite Yourcenar recordarán, que el mayor símbolo de belleza para el Emperador romano eran las personas provenientes de las riberas del Nilo, negros de piel por cierto; y la Reina de Saba, famosa por su belleza, para quienes les gusta recordar en estos días tristes, la Biblia, provenía de lo que hoy sería Etiopía.

3. En el siglo XVI a partir de la masificación de la esclavitud africana, sin razones de guerra necesariamente, y sobre todo en el XVIII y XIX cambió radicalmente el concepto en lo que se ha denominado el intento de “racismo científico”. Incluso durante la Conquista y Colonización violenta de América hubo esclavitud tanto africana como cobriza, así se llamaba a la de los indígenas americanos, pero no existía la idea o concepto de que eran inferiores. La prueba mayor de ello fue el mestizaje generalizado de la primera etapa, siglo CVI, y sobre todo de las capas altas hispánicas con las realezas indígenas tanto de México como del Perú.[4]

4. En el siglo XIX, Gobineau, «publicista» francés, va a escribir un maldito libro titulado: “Acerca de la desigualdad de todas las razas humanas”, que pretendía justificar el colonialismo francés y europeo, justificar la trata de esclavos y el enriquecimiento brutal de los comerciantes europeos. Nantes fue un centro y mercado de esclavos y hoy día trata de reparar esa maldición con importantes actividades de derechos humanos y monumentos[5]

La Antropología fue comparsa interesada de este proceso. La primera sociedad de antropología francesa, conocida como de Saint Germain des Prés, por reunirse allí cerca en la actual Escuela de Medicina, era dirigida por el famoso Brocca, que buscaba en la topografía cerebral la clave de lo humano y la inteligencia. Allí en esa sala que aún existe, a fines del siglo XIX, se descuartizó a indígenas patagónicos, canacas de lejanas islas, africanos de todas procedencias para “medir y pesar” sus cráneos y cerebros en una macabra actividad aceptada en la medida que era auto entendida como “científica”. En una de esas sesiones que discutían y afirmaban que los “negros no tenían capacidad de abstracción“ y que eran inferiores a los blancos por contextura físico anatómica, intervino el sabio haitiano Anténor Firmin -que se había colado a la reunión- dejando estupefacto a los asistentes, por su buen francés y su razonamiento perfecto en contra de las sandeces que allí se aplaudían. Escribió posteriormente el anti Gobinau, titulado “Acerca de la igualdad de todas las razas humanas”.[6] Ese libro fue secuestrado y desapareció hasta no hace muchos años en que fue re descubierto en Estados Unidos, publicado en inglés primero, luego en el original francés y aún no existe traducción al castellano. Firmin es uno de los fundadores de la escuela de antropología -etnología- de la Universidad haitiana de Puerto Príncipe y en uno de sus patios hay un enorme dibujo con su figura.[7]

La búsqueda de pruebas raciales.

5 La antropología de carácter colonialista, a veces muy mayoritaria, ha buscado afanosamente justificaciones para encontrar pruebas de la “inferioridad de las razas humanas subalternas”. Solo ha sido “pasto tierno” para los grupos racistas de todas partes del mundo, que como el Ku Klux Klan terminan matando y quemando a los descendientes de los esclavos africanos. Pero lo peor del asunto, es que a pesar de la crítica al racismo, muchas de esas ideas quedaron grabadas a fuego en las culturas populares, en la masa acrítica, en las clases altas y poderosas, y sobre todo en las policías -como hoy en Minnesota y Santiago de Chile- y en grupos que cada cierto tiempo irrumpen como pandemia.

6. La antropología buscó afanosamente, en primer lugar, distinguir la capacidad craneana de los distintos grupos denominados raciales. Se usaba un compás curvo, como una pinza, que medía los cráneos. La primera impresión que recibí al entrar a las oficinas –unas mediaguas pre fabricadas- del naciente Instituto de Antropología de la Universidad de Chile, ubicado en los patios traseros del Pedagógico en Avenida Macul, fue ver en los bordes de las ventanas, en anaqueles, repisas, decenas de cráneos, que miraban con estupor al estudiante que ingresaba a esas polvorientas oficinas. Era una verdadera obsesión y esos huesos eran la demostración, así parecía, de la cientificidad de esa disciplina.

Huelga decir que nunca se consiguió articular una serie de medidas y pesos craneanos que fuera concluyente. Juan Comas[8] dice que la prueba es que personajes muy conocidos han tenido pesos craneanos muy dispares, como por ejemplo: Anatole France, muy chico, 1017 cc, Tourgueneff en cambio muy grande, 2012, cc…” y citando numerosas fuentes establece que lo más que se logró fue determinar diferencias en serie enormes de 27.88 cc de 1.338.22 cc y 1.310.34 cc entre blancos y negros. En una vitrina del antiguo museo del Trocadero en Paris, “Museo del Hombre” se llamaba, -hoy no se podría llamar así- había una impresionante serie de cráneos desde uno Neandertal, otro de la Europa antigua romana, de la edad Media y el de René Descartes, y todos -se decía con claridad-, eran exactamente iguales en forma, tamaño y peso. Lo interesante de la vitrina era que se trataba de cráneos de verdad incluyendo el del famoso filósofo. A pesar de que esto es archi probado, se sigue repitiendo vulgarmente que existe una diferencia en la formación cerebral entre unos y otros.

7. Durante muchos años, décadas, el estudio de los “Coeficientes Intelectuales” (CI) estuvo de moda y se aplicó en estas discusiones. Los test mostraban por cierto diferencias importantes. Se hizo, no hace demasiado tiempo, en los años ochenta, un estudio en el Alto Bío Bío a niños de diversas escuelas y se llegó a la conclusión increíble que todos tenían una suerte de atraso mental ya que su CI era más bajo que lo “normal” y aceptable. La intencionalidad era evidente ya que estaban planificando la construcción de las represas del Alto Bío Bío. Comas dice: “el racismo científico es trágico en sus consecuencias pero en ocasiones resulta cómico y risible en sus actitudes”[9]. Los test si miden algo, están contaminados de etnocentrismo, esto es, miden educación, clase social, cultura, medio ambiente, o cosas aprendidas, pero nunca han logrado medir las condiciones originales de las personas, capacidades, ni menos de los grupos humanos.

El criminal racial

8. La tercera idea corriente en la sociedad es que existe una correlación positiva entre raza y criminalidad. Es quizá la convicción secreta que está tras estos hechos policiales de racismo. Los estudios sobre los afro americanos en Estados Unidos son determinantes. Se hace una estadística de criminalidad y sobre todo de encarcelamiento y se saca como conclusión la preponderancia de ese sector de la población al crimen. Por cierto, como afirma Juan Comas en el artículo que seguimos, es una tautología absurda. Pero peligrosa y terrible para los afectados. El Turinés Giusepe Lombroso se hizo famoso por sus teorías en busca del “tipo criminal”. Por cierto que descubrió que era de una contextura gruesa, de mucho pelo oscuro, nariz chata y pronunciada, en fin, a todas luces, un fenotipo proveniente del sur de Italia, siciliano podríamos señalar irónicamente. La frente angosta se transformó en una señal de violencia. Como dice el adagio anterior, las consecuencias fueron trágicas ya que a muchas personas le trepanaron la frente para quitarle la violencia. Alguien podrá decir que todo esto es historia pasada; lamentablemente no es así. Las policías actúan contra los sospechosos mediante estos rasgos visibles propios de las formas corporales. Los empleadores contratan a las personas de acuerdo a estas miradas acerca del cuerpo y los estereotipos que los marcan.

Motín a bordo

9. Un último, de muchos otros temas que tratan de justificar la inferioridad de unos y otros, es el asunto del mestizaje. Se dice cotidianamente frases tales como, “la raza es la mala” o, hemos escuchado de altas autoridades, “se está mejorando la raza”, cuando un niño o niña nace de color más blanco que su madre…o cosas de ese nivel de insensatez. Muchos estudios, trataron de demostrar -al igual que en los caso anteriores- que el mestizaje deterioraba a las razas, las iba corrompiendo, en fin las degeneraba. Se sostenía, y sostiene a nivel ordinario, que las inferioridades raciales se hereda. Decían que los mestizos eran menos corpulentos, por ejemplo, más débiles, con mayor propensión a enfermedades, en fin. Para que decir que en América Latina esta es –sigue siendo- una verdad a gritos, por cierto es lo que se habla en la cocina, gritos en silencio, en privado, que a veces son los de mayor importancia. Poca duda cabe que es la opinión mayoritaria de muchos sectores de clase alta chilenos sobre las poblaciones de países vecinos en que el mestizaje indígena es evidente en los cuerpos de las personas. Más ahora que hay una gran migración.

Hay un caso, que recuerda Juan Comas, que es muy increíble y complejo en particular por ser una suerte de «laboratorio» humano. En 1789 los marineros de un barco de la Real Marina Inglesa se amotinaron en la polinesia. El famoso Bounty, que dio pie a varias películas, una de las más famosas con Marlon Brandon y que se llamó en castellano “Motín a bordo”. Seis marinos ingleses se escaparon a la isla Pitcairn que estaba sin población, acompañados de doce tahitianas. Los otros que fueron atrapados, pasaron su cuello por el cordel de la horca en Inglaterra. Nadie supo de esos marineros amotinados por mucho tiempo hasta que en 1931 el antropólogo Harry Shapiro[10], norteamericano, se le ocurrió ir a ver lo que había ocurrido en esa isla, cercana al paraíso, por cierto… El resultado es increíble y por cierto como en todos estos temas lleno de complejidades. Veamos algunos datos curiosos que destruyen la idea perversa del mestizaje utilizando los mismos argumentos que pretendían demostrar la «degeneración de las razas»: “…en 200 habitantes de Pitcairn en 1936 no había ningún caso de deficiencia mental , dice Shapiro, …agrega que la longevidad es sorprendente… El argumento racista clásico es que los descendientes del mestizaje pierden la condición física originaria, a lo que Shapiro señala que: "....la estatura media de los mestizos de la primera generación es de 177.8 cmts, mientras que la media para varones tahitianos es de 171.4 y de 170.6 de los marinos amotinados…es decir un aumento medio de más de 5 cmts.…en cuanto al poder reproductivo fue de 7.44 hijos por pareja en la primera generación.., y 9.10 en la segunda...”. El caso es sorprendente y los autores citados -en el lenguaje racializado de la época- señalan que no hay ningún elemento que pueda comprenderse como “degeneración corporal” producto de una situación tan peculiar como esa.

 

La búsqueda pertinaz de la raza pura

“Ningún antropólogo puede menos de sonreir

ante quienes en nuestra época se atreven todavía a hablar de la pureza de la raza”

Jacques Millot[11]

 

10. Pero la búsqueda de “pureza de raza” sigue estando en el pensamiento ordinario y a veces no tan iletrado. Hay cada cierto tiempo autores que señalan por ejemplo que los indígenas de Chile, o de otros lugares "no son puros” sino que son fruto del mestizaje, que son por tanto “impuros”. En Argentina por ejemplo un editorialista del diario La Nación de Buenos Aires cada cierto tiempo arrecia contra los mapuches del sur de ese país, diciendo que son extranjeros, que son inventados, que no son ”indios puros”. La búsqueda de la pureza racial es trágica en su consecuencia y por cierto como dice el adagio de Juan Comas, tragicómica y ridícula en su formulación. Pero ahí está. En nuestras clases altas es una obsesión pandémica.

Por cierto que los estudios modernos de ADN y otras mediciones genéticas no muestran ninguna diferencia en personas de colores de piel distintos. Las ciencias muestran hasta la saciedad que todos los seres humanos somos iguales y que las diferencias corporales son tan superficiales como el color de la piel- que hay decenas o cientos de matices- o de los párpados de los ojos, y casi nada más. No por haber vivido en el extremo sur los seres humanos que ahí habitaron dejaron de tener frío. Ni por haber mariscado por generaciones a los pescadores les salieron aletas en los pies. No hay razas, y eso es lo que es preciso afirmar una y otra vez. Lo que hay es racismo. Y ello se debe a intereses, sistemas de poder, desprecios despreciables, discriminaciones vulgares, en fin, un mundo de porquería, pero que se mete cada cierto tiempo en los tuétanos de las sociedades. Es una pandemia que está en el aire y que no tiene vacunas efectivas, es una enfermedad crónica de las sociedades modernas.

Los hechos que están ocurriendo en Estados Unidos, y las manifestaciones que suceden en diversas ciudades del mundo, expresan -una vez más- la crítica masiva a estas conductas racistas que perduran sin pausa en el planeta. En estos días complicados de pestes producto de virus incontrolados, surgen simultáneamente las plagas más antiguas de la humanidad y la protesta que brota del sentimiento humanista y decente de los mismos contradictorios humanos.

30 de mayo de 2020


[1] Profesor de la Escuela de Antropología de la UAHC en Santiago de Chile e investigador del CIIR. Este artículo se basa en los apuntes del curso de Antropología General. 30 de mayo, 2020.

 

[2] Samuel Huntington. ¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad nacional estadounidense. Paidos. Barcelona. 2004. La influencia de este libro o de estas ideas en personajes como Donald Trump es evidente.

 

[3] El Diccionario de la Real Academia de la lengua define tímidamente: «Exacerbación del sentido racial de un grupo étnico especialmente cuando convive con otro u otros,» y en una segunda acepción, «Doctrina antropológica o política basada en este sentimiento y que en ocasiones ha motivado la persecución de un grupo étnico considerado como inferior»

[4] El cronista Inca Garcilazo de la Vega, es la prueba contundente de ese mestizaje culto. El Gobernador de Chile derrotado y muerto en Curalava, Martín Oñez de Loyola, descendiente directo de Ignacio de Loyola, era casado con Beatriz Clara Colla, princesa incásica, descendiente directa de los Incas del Tawantinsuyo.

 

[5] Un monumento impresionante se ha construido al lado del rio Loira y asemeja la cubierta de un barco negrero. Se puede caminar por la supuesta cubierta y ver en las sombras de la cala del supuesto buque, los grilletes, los sonidos de los allí encerrados. El gobierno de la ciudad construyó un enorme Palacio de los Derechos Humanos, que realiza los Congresos mundiales cada cierto tiempo, orientado sobre todo al tema de la esclavitud.

 

[6] Ver sobre Antènor Firmin: https://www.theclinic.cl/2018/05/17/antenor-firmin-antropologo-haitiano-silenciado-150-anos/

 

[7] Escuela que contó con la participación del antropólogo francés Alfred Metraux.

 

[8] El antropólogo mexicano Juan Comas, fue uno de los más importantes intelectuales del período indigenista. Uno de sus escritos que acá seguiremos se titula: “Una vez más el racismo “científico””, este importante artículo apareció primero en la revista de la Universidad de Chicago, Current Anthropology. 1961 y luego en castellano en América Indígena 1961. A pesar del tiempo transcurrido las ideas racistas y sus acciones violentas sigue siendo corrientes.

 

[9] Comas. Página 131 de América Indígena.

[10] H.L. Shapiro The race question in modern society. 1956, citado por Juan Comas, en op cit. Página 125. Shapiro fue un conocido antropólogo forense ( o físico) que dirigió el Museo de Historia Natural de Nueva York durante décadas. Sobre el Motín del Bounty hay cuatro filmes, siendo la última de 1983. Son películas cargadas de estereotipos y no exentas de miradas raciales y racistas, ver en: https://www.youtube.com/watch?v=YU_yebNee08

 

[11]J. Millot. Biologie des races humaines. 1952, Citado por Comas, op cit, pág. 127

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