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Raíces sin voz. Por Esteban Calderón

Ius sanguinis, el concepto legal que proviene del Derecho Romano y cuyo significado es “derecho de sangre”, es un principio e vía legal fundamental en muchos lugares del mundo, para establecer una especifica nacionalidad. Concretamente, ius sanguinis significa que los nacidos de madre o padre de un país, recibirán la nacionalidad de dicho país por el mero hecho de ser hijos suyos, incluso aunque hayan nacidos en otro Estado. Por diversas razones históricas y culturales, el principio ha sido reconocido en gran parte del mundo actual donde se reconocen los fuertes lazos familiares y a la vez sus inherentes aspectos culturales e intergeneracionales, como base para una obtenida nacionalidad y, consecuentemente, para una otorgada ciudadanía formal.

Es importante tomar en cuenta la esencia del concepto ius sanguinis en el contexto constitucional actual donde se busca establecer distintas normas fundamentales para la futura Carta Magna de Chile. Su importancia se debe a que la nacionalidad otorgada, sea esta por el principio de sangre, de territorialidad u otro principio reconocido como base de ciudadanía formal, no solo ofrece un pasaporte y un reconocimiento nacional de pertenencia a un país sino que más aún, otorga importantes derechos inalienables a cada chileno y chilena.

Uno de estos derechos, los cuales la vigente Constitución de 1980 debiese proteger y amparar ante cualquier cuestionamiento (pero que obviamente no ha logrado hacer) es el derecho a sufragio universal el cual lamentablemente ha sido parcialmente ignorado durante el actual proceso constituyente, donde a centenares de miles de chilenos viviendo fuera de nuestra patria se nos ha negado una adecuada participación equitativa y justa en un proceso histórico, comparado con nuestros compatriotas en Chile, sean estos naturalizados o nativos.

El histórico proceso político que está atravesando nuestro país deja evidente el incumplimiento de Chile a las normas de derechos humanos asociadas a la participación política de los nacionales en el extranjero, algo que, contrastado con los derechos otorgados a personas naturalizadas en Chile, deja mucho por desear.

Es fundamental que el derecho a sufragio universal que hoy se les consagra a muchas y muchos chilenos legalmente nacionalizados después de haber inmigrado a Chile en busca de un mejor futuro, en la futura constitución también se le consagre a esos más de un millón de chilenos nativos que por diferentes razones históricas y actuales están radicados en el exterior.

Sin embargo, esta necesaria equidad constitucional no solo corresponde al contexto de legalidad. Más allá del carácter constitucional que la actualiza, debe también ser entendida y evaluada considerando los inalienables intereses y valores sociales, culturales y a la vez familiarmente heredados que conforman gran parte de la esencia de una identidad nacional entre la actual diáspora chilena, lo que nos obliga a preguntarnos como ciudadanía: que significa ser chileno/a?

Esta pregunta, aunque parezca banal, se hace necesaria porque para afinar el tema constitucional al sentido común, se hace indispensable entender que no es aceptable negar a una gran cantidad de chilenas y chilenos nativos que viven en el exterior los mismos derechos fundamentales y consagrados privilegios constitucionales que muy correctamente se les otorgan a nuevos compatriotas naturalizados que viven en Chile. Es un orden que no tiene sentido.

Nuestra historia estos últimos cincuentena años está llena de experiencias de dolor colectivo y eso también se refleja en el complejo proceso de identidad por el que atraviesa gran parte de la actual diáspora chilena, una comunidad la cual se ha visto obligada a no solo conciliarse con los efectos inescapables de un exilio permanente sino que a la vez, buscar maneras de mantener viva la memoria histórica, cultural, familiar y personal, por lo más triste que está sea, ya que esa memoria llena de penas y alegrías lleva la esencia de su altamente valorada chilenidad.

En este sentido, muchos compatriotas en el exterior nunca dejan de ser o sentirse chilenos “de tomo y lomo”, sea esto por deseo de honrar su origen, por su amor a la selección nacional de fútbol, su orgullo a las letras de Neruda, sensibilidad a la conmovedora música de Violeta, Víctor o Illapu, o por sus más que vividas memorias de esa gigante cordillera, de los cerros de Valparaíso o de esos danzantes y alegres recuerdos familiares de ya pasadas fiestas patrias, los asados entre amistades y esos eternos fines de año bailando cumbias con vecinos y seres queridos.

Eso y mucho más son agradables y para la numerosamente significativa comunidad chilena muy lindas y existencialmente necesarias memorias, las cuales para muchos compatriotas de la tercera edad contrarrestan los grandes traumas familiares y las muchas veces invisibles secuelas creadas por la dictadura y el consecuente desarraigo, tristezas que de una u otra manera siguen afectando a nuevas y jóvenes generaciones viviendo en el exterior.

Y aunque probablemente es entendible el mencionado proceso de identidad chilena en el exterior y ese inquebrantable anhelo por las raíces que reside en la gran mayoría de la diáspora chilena en el mundo, es importante también entender – más allá de cualquier aspecto cultural y emocional – el por qué se hace indispensable una equidad constitucional con respecto a los chilenos en el exterior y su principal (y para muchos única) manera de ejercer sus derechos; el derecho a sufragio universal.

Si bien indudablemente merecemos ser reconocidos como chilenos y como tales elegibles para los mismos derechos civiles y políticos que el resto de nuestros compatriotas, es urgente también reconocer el aporte concreto que nuestras acumuladas experiencias y perspectivas desde un diferente horizonte tienen para la evolución política, social y cultural de nuestra futura patria.

En este sentido cabe recalcar la quizás principal experiencia de la comunidad chilena en el exterior; la experiencia migratoria y sus múltiples fases y consecuencias, no todas positivas. Porque aunque es verdad que muchos hemos logrado formar un nuevo futuro en una sociedad culturalmente diferente, sea ese futuro temporal o prolongado, no hemos sido inmunes a las fricciones sociales que una migración crea dentro de estas nuevas tierras que nos acogen.

Haber presenciado durante mucho tiempo los comunes obstáculos para la integración, sean estos debidos a barreras culturales, idiomáticas o las existentes corrientes domésticas de intolerancia y xenofobia, los distintos efectos discriminatorios son experiencias de las cuales la diáspora chilena tiene bastante conocimiento, experiencias que sin duda servirán para navegar el nuevo panorama chileno con respecto a los desafíos de la reciente migración. Porque si bien hemos sido de una u otra forma víctimas de estos procesos migratorios en tierras lejanas, también hemos aprendido valuables lecciones de cómo superarlos en condición de minorías.

Otro importante aporte se debe a nuestras miradas políticas las cuales estando en el exterior nos dan un gran espectro de perspectivas diferentes y no siempre accesibles en Chile debido al actual y limitante régimen comunicacional (con una indebida concentración de medios). Esta pluralidad de experiencias y perspectivas, donde la comunidad chilena en su conjunto puede aportar con sus diferentes miradas, sean estas de Europa, Canadá, EEUU, Asía, Oceanía e incluso Africa, pueden servir de manera sustancial al desarrollo del pensamiento político y la evolución social en nuestra patria. No aprovechar esta oportunidad cosmopolita para agrandar y fortalecer a nuestro país que pasa por un periodo inédito de transformación social y probablemente también cultural es, como menos, un pésimo servicio.

Es por esto que el reconocimiento completo de nuestros derechos civiles y políticos no solo tienen que consagrarse de una manera adecuada que garantice una equidad constitucional a la gran comunidad chilena en el exterior, sino que también tiene que garantizarse la materialización de estos derechos a través de una posibilidad concreta para influir en el bienestar común y en a conducción política, social y cultural de nuestro país.

Por estas mencionadas razones resulta necesario y urgente garantizar una debida representación política a través de la formación constitucional de una Región Exterior la cual podría aportar políticamente con las acumuladas perspectivas ya nombradas, frutos de décadas de experiencias acumuladas por millones de compatriotas fuera de nuestro país pero que sin duda, por razones de origen cultural, de sangre y de un inagotable amor a nuestro pueblo, aún tenemos patria.

Esteban Calderón

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