El máximo premio de la literatura chilena se ha enaltecido con el reconocimiento a un escritor que ha tenido una trayectoria ejemplar, tanto lectores como escritores no podemos sino aplaudir. Una trayectoria que ha mostrado, por una parte, algo que es fundamental: la perseverancia, la valentía y el empeño para sacar adelante un proyecto de escritura personal. Sacrificándolo todo a veces. Trabajando con paciencia. Sin pelearse con nadie ni escupir al cielo. Ha mostrado también, es el caso de Ramón, una generosidad que los grandes autores no siempre prodigan en relación a sus pares, mayores y menores.
Buena parte de los que somos cultores del género policiaco y negro, contemporáneos de Ramón, podemos testimoniar, de una u otra manera, lo mucho que Ramón nos apoyó desde nuestros inicios. Recuerdo que cuando Eugenio Díaz y yo, firmando como Mauro Yberra, publicamos en los años 90 nuestra primera novela, ya Ramón era un autor reputado. Un amigo común, Hernán Soto Henríquez, que trabajaba en la revista Punto Final, nos puso en contacto. No puedo olvidar la alegría de Ramón cuando supo que había alguien más dándole al género. Aquel “tenemos que juntarnos”, se ha mantenido hasta el día de hoy. Creó una complicidad y una amistad. Oso decir que aquello hace diferencia con el medio escritural chilensis, bastante apegado a las voluptuosidades del ego y rara vez solidario con los compañeros de ruta.
Desde entonces fueron incontables las maneras en que Ramón nos apuntaló, como el autor bicéfalo Yberra que éramos, y luego a mí en lo personal, con reseñas en la prensa, artículos de análisis, prólogos, contratapas, lanzamientos, invitaciones a formar parte de antologías, recomendaciones a editoriales, en fin, diría que nos apañó en todo lo que significa empujar por el género. No puedo decir que se acoquinara ante algún pedido. A menudo fueron iniciativas suyas, muestras de amistad ajenas a mezquindades. Creo que somos muchos los autores en producción (o retirados prematuramente por la crisis editorial) a quienes de continuo respaldó. Atestiguo incluso que conmigo llegó a hacer esa tarea tan ingrata que es la revisión de algún manuscrito, para entregarme consejos y sugerencias que fueron importantes para avanzar en la mejora de mi propia escritura.
Destaco por añadidura la organización de encuentros de autores policiacos y negros, como los memorables Santiago Negro que Ramón dirigió con el apoyo del Centro Cultural de España, los cuales no solo nos sirvieron para conocer a grandes exponentes del género provenientes de España y países latinoamericanos, sino que dejó publicaciones que son hoy en día referentes para entender el género policiaco y negro en Chile; un testimonio para escuchar a los autores y leer muestras de su arte. Nuestro amigo se preocupó de que muchos de nosotros estuviéramos presentes en tales eventos. Esto sin pretender ejercer un liderazgo ni imponer una forma de escribir.
Por todo eso, nuestro agradecimiento va más allá de las palabras y nuestro afecto a hacia su persona. Puedo agregar incluso que cuando algún criticastrejo turbio (como solía decir Carlos Droguett) se ensañó con Yberra y conmigo, Ramón no dudó en escribir una refutación en el mismo medio, sin hacer referencia ni atacar a nadie, pero utilizando algo muy importante que falta entre nuestros módicos plumíferos remunerados: la especificidad de la crítica literaria del género policial y negro, que posee sus reglas, sus cánones y sus textos clásicos. Al respecto, no es ocioso citar a Cervantes por boca de Don Quijote: “Toma con discreción el pulso a lo que pudiere valer tu oficio, Sancho”; con lo cual quiero decir que la serie de Ramón es paradigmática en cuanto al oficio de la escritura de nuestro género, y no le va en zaga a otros hitos incuestionables de la novelística policiaca o negra a nivel mundial. En otras palabras, si es que predica también practica. Algo que procuramos no olvidar quienes seguimos aferrados, aperrados, al género.
Agrego un par de detalles puramente literarios. Uno, es la continuidad de su detective e investigador. Se trata un personaje central que no puede faltar en la mejor literatura policiaca. Es por cierto una forma de apearse en el género, hay otros que no ocupan ese recurso, pero una parte importante de la masa lectora es seguidora de algún personaje con el cual identificarse y seguirlo en sus venturas y desventuras. Por eso el longevo Heredia (literariamente, los grandes detectives raramente envejecen) representa para los chilenos el equivalente de un Maigret, un Philip Marlowe, un Pepe Carvalho, un Montalbano, por nombrar a unos pocos. Personaje que se mueve en los espejos más oscuros de nuestra sociedad, en múltiples planos, y nadie puede abrogarse el derecho de hacerlo caudal de sus fantasías políticas. Santiago amado y odiado es parte de Heredia… Las caminatas del personaje por las calles canallas de la ciudad, cavilando, configuran su bullente ethos.
Me permito agregar que el detective Heredia constituye además la posta de un Román Calvo (el Sherlock Holmes chileno) y un René Vergara, antepasados de un linaje que, por fin, en este 2025 con el Premio Nacional de Literatura a Ramón Diaz Eterovic, consigue una consagración que ubica a la expresión criolla del género en lo mejor de las letras de Chile.
El otro detalle que quisiera agregar es quizá secundario, aunque para mí es primordial. Esto es la belleza de los títulos que Ramón ha tenido la genialidad de poner a sus libros, desde su primera narración de la serie que es de 1987. Señalo los que más me gustan: La ciudad está triste, Solo en la oscuridad, Nadie sabe más que los muertos, Nunca enamores a un forastero… Y también:
El hombre que pregunta, El color de la piel, A la sombra del dinero, La oscura memoria de las armas… Y los más recientes: Imágenes de la muerte, Dejaré de pensar en el mañana.
Al leer los libros de Heredia, es difícil encontrar en otros una manera más poética, más sugerente, más aguda, de señalar desde el título alguna pista para meterse en el contenido central de cada entrega que, como en lo mejor del género, va más allá de una mera entretención (aunque por cierto también aporta de eso, y bastante), para constituir una saga, una comedia humana, un canon, que es el viaje físico y espiritual de un buscador incansable de la maldad y la injusticia en las últimas décadas de la vida nacional. Un faro para caminantes, se podría decir, por la pequeña historia de los comunes, los marginales, los que pelan el ajo. Habrá más, lo esperamos.
