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Recuperar el liceo. Por Mario Vega H.

Aunque la contingencia parezca a veces pasarlo por alto y el debate en torno a la educación se límite a la eventualidad del retorno a las clases presenciales, un noble actor de nuestro sistema escolar, yace casi olvidado, no obstante haber aportado su infraestructura y personal como punto de entrega de canastas de alimentos, albergue para migrantes que solicitaban retorno o, directamente para la distribución de material didáctico. Nos referimos al liceo, institución que por antonomasia representó el sentido de lo público en la sociedad chilena, especialmente durante el siglo XX y que hoy, desempeña un rol claramente menos protagónico que antaño.

      Así entonces, el que fuera el “hijo amado de la República”[1] ha experimentado un conjunto de oscilaciones respecto de las capacidades de que dispone para ser un instrumento de la igualación de las oportunidades y, por sobre todo, como lo fuera en el pasado, un elemento democratizador de la élites políticas y profesionales en Chile. Sin duda, en ello el proceso de municipalización de la enseñanza impuesto en 1986 ha sido un factor determinante en el deterioro experimentado por este.  

      Una primera mirada, nos sugeriría que se trata de una institución en crisis, dados los datos cuantitativos que se disponen y que refieren a la pérdida de matrícula, menores resultados en las evaluaciones nacionales estandarizadas y por la percepción subjetiva respecto de un complejo clima de convivencia escolar. Consideremos, de igual modo, que estos establecimientos no poseen mayores filtros de acceso pues, su matrícula es provista a través del Sistema de Admisión Escolar (SAE) que gestiona el Ministerio de Educación, y que por lo tanto, reciben a un estudiantado heterogéneo respecto de sus experiencias escolares previas y de su acceso al capital cultural.

En un reciente estudio, un destacado conjunto de investigadores de la Universidad de Chile[2] han demostrado a pesar de ello, el interesante potencial que este tipo de centro escolar tiene en diversos contextos sociales a lo largo del país, tanto en comunas populares en áreas metropolitanas, como en pequeñas comunidades, pasando por aquellos ejemplos que enfatizan en la inclusión, como en aquellos orientados hacia lo académico. Esa diversidad de sellos y modelos hoy en día constituye su principal valor, es decir, que su oferta es sensible a los requerimientos nacidos de su entorno.

      No obstante lo anterior, el liceo hoy en día requiere ser un eficaz elemento transformador en los espacios en donde se hace presente y ello, debe hacerlo de un modo tan marcadamente manifiesto que debe configurar una experiencia modélica de la calidad de los servicios que el Estado brinda a sus ciudadanos; primero por la naturaleza eminentemente social de su labor y segundo, por la naturaleza performativa que posee la educación respecto de nuestro destino colectivo como sociedad.

      Por contraposición, dos imágenes contradictorias han hecho que la imagen del liceo vuelva a la palestra pública: Una la del Internado Nacional Barros Arana (INBA) que ve limitadas las posibilidades de matricular nuevos estudiantes en tal condición, dada la georreferenciación que impide a estudiantes de otras regiones postular a él mediante el SAE[3] al no poder incluirlo como alternativa, asunto que requiere la indispensable intervención del Ministerio del ramo, el mismo que, por otra parte, lanza una nueva convocatoria para postular a la condición de “Liceos Bicentenario de Excelencia”[4] la que, en lo medular, establece aportes basales para el financiamiento de sus proyectos de acuerdo al cumplimiento de un conjunto de elevados estándares de desempeño.

      Sin desconocer el aporte que los mencionados centros educativos pueden realizar, tiene sentido preguntarse ¿cuáles son los soportes financieros basales y de gestión que el Estado puede brindar en aquellos ambientes más adversos para los procesos formativos? Lo anterior, no constituye una mera crítica pues, la situación económica y social del país, complejizada a partir de estos meses de pandemia, verá reaparecer problemáticas que imaginábamos superadas en nuestro país como la deserción y el ausentismo que, por supuesto, merman las posibilidades futuras de niños, niñas y adolescentes, lastrando dramáticamente sus opciones de futuro. Ante ello, se hace urgente potenciar nuevas herramientas pedagógicas y de gestión que tiendan a establecer efectivas políticas de inclusión escolar.  

      El mínimo criterio de equidad, implicaría la urgente necesidad de que se interviniera también en aquellas escuelas y liceos que presentan dificultades en su efectividad, manifestada en brechas de resultados y en la calidad de su oferta educativa. Lo anterior, principalmente, trabajando mancomunadamente con su comunidad escolar como, de igual modo, en dialogo con el territorio en donde se emplazan para permitir conexión entre sus requerimientos y lo que la educación pública les debe ofrecer.                

Todo lo anterior, significa asumir que en el liceo las complejidades  y  contradicciones  de nuestra sociedad, indudablemente se expresan en sus aulas y que para abordarlas, los actores involucrados deben recuperar su “imaginación democrática”[5] es  decir  su compromiso  con  la  búsqueda  de alternativas ante la desigualdad, como también a reclamar en su espacio “el poder transformador de la pedagogía.”[6]

En ello, es fundamental que se avance en la implementación de los Servicios Locales de Educación Pública (SLEP), modelo de administración descentralizado los que, sin embargo, solo se han constituido hasta ahora solo siete de un total de setenta entidades programadas, a pesar de que en 2021 se debería evaluar el funcionamiento de este sistema por parte de una comisión especializada.[7]  

Asimismo, sus estudiantes que han desempeñado un histórico rol en la expresión de demandas relacionadas con la necesidad de establecer plenas garantías para el ejercicio del derecho a la educación, deben recrear creativas y pacíficas formas de manifestación de sus legítimos anhelos que eviten el lugar común existente para cierta prensa, de que estos son solo espacios disruptivos y violentos, desplazando con ello el cotidiano esfuerzo que sus educadores realizan cada día. Sabemos que ello configura un trascendente desafío en lo referido a instalar la Formación Ciudadana como una intencionada experiencia en la atmósfera escolar para, desde ella, comenzar a recuperar el liceo.


[1] Serrano, S. (2018). El liceo. Relato, memoria, política, Taurus, Santiago, p.27.

[2] Bellei, C.; Contreras M.; Valenzuela, J.; Vanni, X. (Coords.) (2020). El liceo en tiempos turbulentos. Cómo ha cambiado la educación media chilena. Santiago, Chile, Lom Ediciones-Universidad de Chile.

[3] https://cooperativa.cl/noticias/pais/educacion/colegios/inba-lucha-para-evitar-su-cierre-solo-tiene-80-estudiantes-matriculados/2020-08-21/182112.html

[4] https://liceosbicentenario.mineduc.cl/

[5] Rodríguez, E. (Ed.) (2017). Re Imaginar la educación pública. Un desafío curricular y pedagógico. Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Santiago., p.62.

[6] Ibídem.

[7]https://educacionpublica.cl/wp-content/uploads/2018/01/Resumen-Ley-que-crea-el-Sistema-de-Educaci%C3%B3n-P%C3%BAblica.pdf

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