En kioscos: Diciembre 2025
Suscripción Comprar
es | fr | en | +
Accéder au menu

Reflexión de una noche de verano, sobre el vino chileno. Por Sebastián Fuentes Germany

Como un penquista promedio Los Tres es de la música amada y referenciada cuando se habla de música chilena, de calidad y trascendental, una noche de verano en Santiago. Un lunes que se recuerda con desazón me explicaron que Los Tres siendo un gran grupo de música de nacionalidad chilena y penquista no completaba en general los requisitos para ser definida como música chilena. Esto sucedía entre cervezas japonesas y bayas de soya. El argumento de mi contraparte era la ausencia de elementos tales como mención a lugares chilenos, algunos instrumentos o ritmos típicos. En la conversa se vio la ausencia de los componentes para clasificar. Luego entrando al vino que nos convocaba a esa reunión queda claro que el vino chileno no podía ser Carmenere o Cabernet Sauvignon en roble francés, hecho por enólogos con estudios en el extranjero. Esta máxima es la idea de esta columna en el día del vino chileno.

La cultura del vino para nuestro país puede ser definida sin duda desde la herencia de las plantas traídas por los colonos españoles, en la usanza de traer consigo su lengua, religión y cultivos. El vino en la cultura española es central, heredada de su componente mediterránea y romana. El cultivo de la vid tuvo ribetes religiosos en aspectos como la misa y en el inconsciente nacional y sin duda los Jesuitas son custodios de dicho “Saber Ancestral”, el cual nos dejaron como cultura mestiza. Unos viñedos en su lugar hace 500 años inmóviles, entre terremotos, erupciones volcánicas, estados que nacen, se destruyen y un pueblo que no para de cambiar. Este primer punto pone en cuestión el excesivo rol de los enólogos para tener vinos que sean “buenos, bonitos y baratos”, premisa que pareciera ser el lema de nuestro país estos últimos 40 años. Estos vinos “nuevos” carecen de la magia propia de un conocimiento etéreo y heredado de la observación, del habitar el territorio; pero sobre todo sin un afán de agradar a los otros, el vino fue parte de lo cotidiano hace tiempo.

El vino chileno muchas veces se habla desde el Marga-Marga hasta el Bío-bío como su extensión antigua o clásica. Esto referente al territorio, donde son los asentamientos españoles los que traen esta cultura con sus plantas nuevas para los paisajes. En esta idea de límites sacamos a Coquimbo siendo uno de los primeros lugares conocidos con vino de aquella lejana capitanía general. Sin duda alguna Arica y Tacna tuvieron sus viñedos, de los cuales hoy existen ciertamente antecedentes de su existencia. Con el tiempo Mendoza será un punto clave y prolífico para la vid, recordemos que en aquella época esta ciudad era parte de ese proto-Chile. Es complejo entender muchas veces nuestras zonas vitivinícolas, pues la geología juega un rol importante en los suelos, morfologías, clima y sobre todo en el paisaje; sin duda Aconcagua no es similar a Bío-bío, ni Aconcagua Costa es similar a Aconcagua Andes. Esta complejidad nos ha empujado como industria a plantar durante muchos años para encontrar nuevos sabores.

Actualmente el resurgir de los valles antiguos de la mano del movimiento de vinos naturales dota de una idea de resistencia para muchos que siguen este movimiento de vino/filosófico. Es claramente una cosmovisión diferente del vino cuando se compara con la industria del vino, ambos representan visiones muy diferentes, pero sobre todo una tensión entre la modernidad y la tradición. Es importante mencionar que en ningún caso el vino natural es la única expresión de este vino patrimonial o cultural, pero sí es el grupo con mayor actividad, discurso y llegada a públicos masivos. Durante este 4 de septiembre celebramos la llegada de las parras a ese proto-Chile, celebramos la herencia española, ese cultivo que con los años nos pareció cotidiano, considerado como algo local, algunos de exportación, pero sobre todo parte de ser chileno. Los vinos están en tensión entre su vocación internacional y su visión local, así algunas viñas grandes han creado vino con estas cepas “antiguas”. Las mismas viajan kilómetros para comprar estas uvas con sabor a otro Chile, alejándose de las hileras, del riego tecnificado, de las cepas con selección clonal y sin viticultores en general. La vinificación ha buscado rescatar esos elementos como el uso de raulí, las levaduras nativas y hasta algunos conceptos de baja intervención. Por su parte, los enólogos salen de la industria para iniciar su proyecto de facto con prácticas de baja intervención, siendo éste el caso de Bodega Mariana, Agrícola Estación Yumbel, Tinta Tinto, por nombrar algunos ejemplos. En algunos casos se ven productores con estos conceptos en sus marcas personales las cuales expresan esta pulsión por un vino de baja intervención, donde se busca acercar estos sabores antiguos. Por otra parte, productores locales de saberes heredados salen “al mundo” a mostrarnos su historia y costumbres a través del sabor. Para mí el mejor ejemplo es Raíces de Chintú con José Luis Sepúlveda y su blanco (naranjo para otros) que exhibe sabores únicos, sensaciones inconfundibles. Pero sobre todo para el mismo productor es el vino de toda la vida, el vino de su familia que ahora logra ser “más estable” y puede ser enviado lejos de su origen.

La vocación de exportar actual no es un signo nuevo, menos cuando se revisan las crónicas de la época. Las idas y vueltas de los vinos del proto-chile durante la colonia nos llevaron a tener vinos prohibidos de vender dentro del imperio español, por atentar contra contra su industria local de España. Este hecho deja en evidencia un potencial de exportación para nuestro territorio que ha existido prácticamente desde los orígenes. En lo nacional es evidente que se trató el vino como un elemento cotidiano. No faltan en el registro las historias de carretas con pipas hacia las ciudades, y las historias de pipas río abajo del Biobío también son frecuentes. Crónicas de naturalistas como Claudio Gay probando y elogiando estos vinos en Coquimbo o Tomé nos demuestran un claro gusto vinculado al consumo interno. Con el tiempo y la independencia de Chile habría un giro hacia las cepas francesas en desmedro de las españolas, en el marco de dejar atrás los españoles como colonizadores y abrazar lo francés como origen de las repúblicas nacientes. De ahí la crónica de Álvaro Tello donde narra el posible origen del nombre de la uva País, el cual estaría asociado a un catastro hecho por el gobierno en esta nueva fase republicana, donde la uva de los viñedos de los pequeños productores fueron clasificadas como uva corriente del País. Con el tiempo lo anterior derivó casi naturalmente en uva País, la cual sin duda posee más de una genética en su mezcla. Ya doscientos años después, muchas cosas cambiaron. El vino es considerado un objeto de lujo, es de cepas francesas, es de sabor internacional. Al mismo tiempo lo chileno que ha sido anteriormente descrito parece desvanecerse, considerarse de nicho, arranques de hippies. Y en el intertanto se busca reescribir un vino campesino, local, de identidad rural. En fin, definitivamente esas cervezas japonesas nos hicieron soñar…

Sebastián Fuentes Germany
Máster vino, viña, terroir.

Compartir este artículo